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La sordera se contagia

No, en serio. Se contagia.

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Sendero Luminoso

El Perú ilustrado (made in USA)

Este texto, en una versión algo distinta, apareció, si no recuerdo mal, en el número 11 de Velaverde. No aparece en la versión online de la revista porque todo ese número es un número fantasma en la red. Creo que es el único que no se llegó a subir. Entonces, ya que nuevamente los Simpson alborotaron el gallinero refiriéndose al Perú y tuvieron el buen gusto de no hablar de la papa a la huancaína, subo este texto sobre representaciones animadas gringas de ayer, hoy y siempre de nuestra bienodiada patria.

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Cantinflas en un globo aerostático en “La vuelta al mundo en ochenta días”, el Indio Fernández obsceno de poder en “La pandilla salvaje” o, ya pues, más cerquita, Tarantino bebiendo whisky del pie de Salma Hayek en “Del crepúsculo al amanecer”. Todas escenas en las que la más grande agencia de publicidad concebible representa a Latinomérica, así, en bloque mexa y sin rubor. Pero de esos filmes no escribiré. Ahora toca invertir tinta en huevos cuadrados, terroristas y mutantes, la amenaza de los cuyes, y en cómo el amigote panzón del norte ha dibujado al Perú desde que, mismo drones, los aviones secuestrados por Al Qaeda se estrellaron contra el World Trade Center. Ah, y también del más grande patriota que ha parido la tierra de Nixon, los Bushes, Clinton y Obama; un visionario que no podía perderse la fiesta: ese palmípedo tan neurótico, pero tan neurótico, que nunca entendió la costumbre de ponerse pantalones.

De palmípedos y huevos cuadrados

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Si con los huevos y gallinas comunes ya es de por sí complicado responder a la pregunta de cuál de los dos fue primero, imagínense los líos en que tendría que verse uno para intentar hacerlo si estos fueran cuadrados. Y mejor no empiezo a hablar de calzoncillos.
En 1949, Carl Barks, uno de los más importantes creadores de historietas de todos los tiempos no tuvo mejor idea que enviar al Pato Donald y sus incontrolables sobrinos en una aventura singular. La llamó Lost in the Andes.

Tras quebrar por accidente unos misteriosos huevos cuadrados provenientes de las exóticas tierras incas, Donald, conserje en un museo y responsable casual del hallazgo, es enviado como cuarto ayudante de la tripulación que tiene como misión encontrar el origen de estos huevos en tierras peruanas. Sus sobrinos Hugo, Paco y Luis tendrán la misión de calmar la siempre inclemente sed de autoridad del tío y lo ayudarán a salir bien parado de esta empresa. O algo así.

No obstante, las cosas no serán tan inocentes como parecen a primera vista.

andes 5El talento de Barks para la narración es indiscutible. Él es el responsable de buena parte de las mejores aventuras de Donald y de varios otros personajes de Disney. Sin embargo, el viejo Freud ya nos dijo que el inconsciente es más fiero que un recién nacido hambriento. Es así que, tras un atribulado viaje en barco y el arribo al Callao, la siguiente viñeta nos muestra a Donald y sobrinos andando por los Andes acompañados de una llama que más parece un huanaco. En sus primeros encuentros con los patos aventureros, nuestros paisanos de 1949 intentan embaucar, bien criollos ellos, a Donald, vendiéndole cuadrados de cemento o dados en lugar de huevos.

Leída ahora, en los tiempos en los que la carrera de Slavoj Zizek como comediante se asienta cada vez con más fuerza, los paralelos entre la manera en que se describe a los habitantes del Perú y aquella que se muestra en, no sé, los Diarios de Colón o las Cartas de Relación de Cortés no pueden dejar de parecer tiernos. Tras buen trajín, encuentran la ciudad perdida de “Plain Awful” (Simplemente Horrible), lugar de origen de las gallinas y huevos cuadrados. El hallazgo guarda muchas similitudes con el que habría hecho Hiram Bingham de Machu Picchu en 1911. La cuestión es que, muy a lo Colón o Cortés (es decir, bien colonizador, este pato sin pantalones), su primera reacción ante los habitantes de la ciudadela es pensar que son salvajes. Más tarde, al comprobar que, no solo no lo son, sino que hablan un singular inglés sureño, cambia de opinión y piensa que son (sí, acertó lector) caníbales. Como quien dice, el paquete completo.

Al final, Donald y los chicos salen victoriosos de su expedición científico/comercial (como debe ser toda empresa colonizadora que se respete) y con dos ejemplares de gallinas cuadradas listas para llenar el mercado de huevos cuadrados. Mala suerte, será para la próxima, querido pato impúdico: te llevaste de vuelta dos gallos y ni una gallina.

De senderistas y mutantes

cable1Imaginen que Sendero Luminoso recuperó fuerzas alrededor del 2001 o 2002 y pudo ejecutar un exitoso operativo para liberar a Abimael Guzmán. Lleven un poco más allá esta apocalíptica visión y regodéense con titulares acerca de senderistas mutantes. Les pido solo un poco más de inventiva: ahora, la única esperanza para derrotar a Sendero y enjaular de nuevo al Cachetón es un X-Men con poderes telekinéticos y telepáticos venido del futuro. ¿Demasiado? No para la Marvel post 11/9. Tal escenario existe y se puede hallar en “Cable Vol. I: The Shining Path”, escrito por David Tischman e ilustrado por Igor Kordey.

cable3El nombre de este soldado mutante es Nathan Summers, alias Cable, nada menos que hijo de Scott Summers, Cíclope. En su misión, sus objetivos son “terroristas, el Comunismo, la limpieza étnica y la opresión de cualquier minoría por parte de una mayoría tiránica… y Sendero Luminoso está a punto de convertirse en la primera baja en la brega de Cable por salvar el futuro cambiando el presente.” God bless Marvel.

Esta historia tiene escenas alucinantes que van desde el rescate de Ernesto Sanz, el líder de Sendero, por parte de un comando de senderistas mutantes al mando de Inza una atractiva mutante quien, no podría ser de otro modo, intentará seducir a Cable; hasta una en la que una voluptuosa militante, en Ayacucho, toma una despreocupada ducha en el campamento mientras canta What a Girl Wants de Christina Aguilera.

En el cómic, Sendero lucha contra la injusticia de un sistema a través de asesinatos políticos y atentados financiados por el narcotráfico y algunas buenas inversiones. Ernesto Sanz, el Guzmán de esta alucinada cable 2ficción, presenta muchos de los rasgos del terrorista oficial de la propaganda fujimorista: aparece rodeado de mujeres y con traje a rayas incluido.

Sin embargo, el delirio máximo se guarda para el final. En una conversación con su mayor financista, Sanz sostiene: “Si Sendero Luminoso no puede tomar el Perú por la Revolución, lo compraremos.” ¿Cómo lo hace? Vende las acciones que posee en varias empresas para comprar la deuda externa del país; y efectivamente la operación se realiza. Felizmente para nosotros, Cable llega a tiempo para recapturar a Sanz antes de que tome posesión de su recién adquirida companía y, suplantando al flamante CEO del Perú, le dice a una reportera norteamericana: “Dígale a la gente que Sendero Luminoso controla la deuda del Perú, pero no haremos nada con ella. Si vamos a gobernar, será por la voluntad del pueblo, no a través de la Revolución.” Misión cumplida, Cable. In Stan Lee We Trust.

De la Muerte Peluda

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Si Homero Simpson lo hizo, en algún momento, los chicos de South Park, Colorado, tenían que llegar al Perú. El encargado de pasearlos por acá fue Trey Parker, uno de los responsables de la corrosiva serie animada que no suele tener piedad al referirse a sus compatriotas y sus idiosincrasias. Porque, si bien “Pandemic”, el episodio doble en el que Cartman, Kyle, Stan y Kenny más Craig llegan hasta Machu Picchu, aborda estereotipos que superficialmente podrían ofender a algún desavisado compatriota, en realidad, el filo de estos dos episodios, a diferencia de los cómics de Barks y la Marvel, está en la forma en que con frecuencia se exotiza a otras culturas desde el vecino del norte, y en complejo de Rambo de sus gobernantes.

Los muchachos se dan cuenta de la cantidad de bandas folklóricas peruanas en su pueblo y del dinero que ganan vendiendo discos y deciden que es un trabajo fácil. Forman una banda, The Llama Brothers, con el dinero de Craig y debutan en un centro comercial con una versión en charangos y zampoñas de Mary Had a Little Lamb. Son un éxito inmediato. La gente se siente atraída al reconocer algo “cultural” en ellos. Al poco tiempo, el Departamento de Homeland Security declara a estas bandas una amenaza a la seguridad mundial y las envía a todas a un campo de concentración en Miami, con intenciones de enviarlas a Guantánamo. Pero hay algo más detrás de todo. Algo que nadie, salvo el Director de Homeland Security, sabe: estas bandas han invadido el mundo porque controlan una plaga que puede destruir el mundo y él está decidido a que esto ocurra de una vez. Es la plaga de la muerte peluda, la plaga de los cuyes. Y uno de los chicos es el único que puede impedirlo.

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En la segunda parte, la población es devorada por cuyes gigantes. Mientras tanto, el Director –que ha enviado a los muchachos a Perú con órdenes de destruir el gobierno de Lima, pero que en realidad los ha dejado varados en un valle de duraznos gigantes en medio de los Andes— vuela a Machu Picchu, seguro de su victoria final.

Sin embargo, los muchachos ya han descubierto todo al interior de unas antiguas ruinas. Existe una antigua profecía inca que narra todo lo acontecido hasta ese momento y predice el final: Craig será el encargado de restaurar el orden en un breve combate con el Director en Machu Picchu.

Este episodio, con todo lo absurdo que parece, le da algunos buenos golpes al afán de policía del mundo que el gobierno de Trey Parker y los chicos de South Park suele mostrar y disfrazar de diseminación de la democracia. También explica un poco por qué cada vez que uno viaja se encuentra con tantas bandas folklóricas. Lo que South Park no explica aún es la existencia de Gastón Acurio y el fenómeno gastronómico.

 

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La Violencia es una sola y tiene nombre de mujer: reseña de El dolor en los labios, de Carlos Rengifo

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Esta es una versión ligeramente diferente de la reseña que apareció en el número 8 de Casa de citas. Revista de literatura.

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En esta, su sexta novela, Carlos Rengifo intenta ir un poco más allá que el grueso de ficciones que han abordado el conflicto armado interno peruano en años recientes. Sin embargo, a pesar de poseer una competencia narrativa apreciable en anteriores publicaciones, en El dolor en los labios, Rengifo no llega a cumplir la ambiciosa tarea a la que apunta: escudriñar en los orígenes y razones de la violencia revolucionaria en el Perú.

Del mismo modo en que ya se lo había planteado hace dos décadas Miguel Gutiérrez en las más de mil páginas de La violencia del tiempo, El dolor busca respuestas a un orden social que es asumido y experimentado como esencialmente violento en un paradigma histórico. Así, la novela se estructura en función de tres ejes temporales: las primeras décadas del siglo XIX; los años de la violencia terrorista de fines del XX; y la segunda década del XXI. El elemento articulador de estas tres épocas lo conforman, en primer lugar, el espacio geográfico: las tres historias que constituyen la narración ocurren en Huamanga; en segundo, sus protagonistas son todas mujeres: María Parado de Bellido, heroína de la Independencia; Edith Lagos, militante de Sendero Luminoso muerta por la Guardia Republicana en 1982; y Evangelina, joven escolar ayacuchana.

El problema principal de la novela tiene que ver con las continuidades que, acríticamente, se plantean en función de brindarle coherencia al relato.

En primer lugar, la novela traza una línea bastante definida y vinculante entre la violencia ejercida durante el proceso independentista, el conflicto armado interno y los rezagos sociales del post conflicto. En ningún momento de la narración puede encontrarse una marca que diferencie la decisión de Parado de integrarse al ejército rebelde de aquellas que subyacen la voluntad de Lagos.

En el caso de Parado, se hace hincapié en, primero, la situación de violencia colonial que empuja a su esposo y dos hijos varones a combatir al ejército realista al lado del caudillo Cayetano Quiroz. Luego, se enfatiza la voluntad de ella misma (aunque siempre mediada por alguna entidad masculina o letrada, ya sea su esposo o su compadre, quien le escribía las cartas destinadas a Quiroz) de asumir como suyas esas mismas razones, añadirles el componente subjetivo de la pérdida familiar y colaborar con la causa independentista.

Sin embargo, cuando llega el turno de narrar la historia de Lagos, desde su infancia en Huamanga hasta su muerte en Andahuaylas, a pesar del más de siglo y medio de luchas políticas que hay entre ambas mujeres, las cosas no parecen haber variado mucho. En estos episodios, la novela sucumbe ante el mito de Lagos como la joven idealista que entregó su vida por la revolución: en El dolor, las razones que explican la militancia senderista se distraen en el lugar común que señala al habitante andino como explotado e indefenso, carente de cualquier tipo de agencia. Si bien existe una firme tradición que apuesta por la certeza de una afirmación tal, es innegable que un acercamiento de este tipo deja de lado un punto importante: Lagos habita Huamanga durante los años ochenta, pertenece a la pequeña burguesía y es militante de Sendero Luminoso. En este sentido, es necesario recordar que, como apuntó hace varios años ya Carlos Iván Degregori, Sendero, esa banda de criminales que inició su lucha armada en mayo de 1980, fue el resultado de la confluencia en la UNSCH, durante la década de 1960, de una élite intelectual mestiza provinciana y estudiantes universitarios así mismo provincianos, mestizos y andinos. Así, es claro que las violencias de Parado y Lagos, y las razones detrás de cada una, son radicalmente diferentes.

La historia que cumple la labor de solapar las costuras que intentan unir procesos histórica e ideológicamente apartados es la de Evangelina, escolar ayacuchana que está a pocos días de cumplir los trece años. En estos episodios, la niña es narrada a través del punto de vista de Daniel, joven estudiante universitario de la USMP quien ha llegado a Huamanga, acompañado de Octavio (también universitario y limeño), en una suerte de peregrinación personal en busca de la tumba de Edith Lagos.

Evangelina es presentada por el narrador como un individuo desfachatado, que muestra un exceso de confianza desde el momento en que conoce a Daniel y se ofrece a ser su guía por la ciudad. Poco a poco, su historia personal comienza a desgranarse y no sorprende que sea una en la cual el abuso familiar y la pobreza que suelen rondar las fantasías urbanas acerca del mundo andino asomen inmediatamente. Incluso, Daniel va más allá y se sorprende pensando en ella: “algo había en esta chiquilla que lo conmovía, que la volvía digna de atención, ‘una cierta madurez producto del sufrimiento’” (46) Es preciso recordar que Daniel se inscribe en un discurso urbano, de clase media, post conflicto, post CVR y, en buena parte, culposo. Por ello, la única manera en que ella puede encajar en su concepción del mundo es siendo pobre, sufrida, violentada, ignorante (Evangelina no sabe nada de Sendero, por ejemplo). Esta idea llega al extremo cuando, hacia el final de la novela, Daniel viola a Evangelina en el baño de su habitación de hotel. Un extremo que deja las cosas en orden: Daniel siente más culpa, asco de sí mismo y decide irse de Huamanga; Evangelina, violada, corporiza todo aquello que la novela señala como las razones detrás de las violencias de Parado y Lagos.

“[N]o permitiré que por culpa de otros yo me sienta mal’.” (125), se dice a sí misma la niña. De las palabras de Evangelina puede desprenderse una sensación de conformismo con su situación; pareciera que está destinada a tragarse el secreto de la violación. De este modo, la novela nos ofrece a una Evangelina lista para ser vengada, mas no para vengarse.

Rengifo, Carlos. El dolor en los labios. Lima: Ediciones Altazor, 2011. 126 pp.

Art Lima: De terror y censura

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Quiero partir de la premisa de que para todo el mundo es fastidioso hablar de censura, sea cual fuere el espacio en el que vaya a darse la discusión. Creo que lo es más aun cuando el terreno de discusión basa, fundamentalmente, su desempeño en el ejercicio de la libertad (por favor, no confundan estas últimas cuatro palabras con el discurso que incesantemente viene repitiendo Margaret Vargas Llosa desde mitad de los setenta). Con esto último me quiero referir, estrictamente, al ejercicio de las artes y humanidades en el Perú y a la confusa relación que ha sostenido con lo que se podría llamar libertad de ideas o pensamiento.

Ejemplos para esto no faltan. Sin embargo,  debido a una serie de factores que van desde el repudio justificado al terrorismo de Sendero Luminoso y el MRTA, la glorificación acrítica de las FF. AA., hasta la falaz bonanza económica de los últimos años, pasando por una fobia a todo lo que se desvíe un poco a la izquierda en el panorama ideológico; pues nos encontraremos con que, en las artes plásticas, la censura ha tenido bastante que ver con la guerra interna y la visión fuerte y crítica de los artistas frente a la acción no solo de SL y el MRTA, sino también de las FF. AA. y el Estado, agentes activos durante este periodo.

Hace algunos años, el dibujante Piero Quijano vio censurado, por el segundo gobierno de Alan García, uno de sus más interesantes dibujos, aquel que utiliza la celebre fotografía de los soldados norteamericanos en Iwo Jima como modelo y la subvierte. En ella, Quijano, bajo el seudónimo de Martín Ikeda, muestra a soldados peruanos no izando una bandera, sino clavando una bayoneta en un campesino quien reposa, lengua afuera, con el brazo extendido sobre una inscripción que reza: “La nación a sus héroes”.

El año pasado, en la varias veces cuestionada sala Miró Quesada de Miraflores, se montó la muestra “Vigilar y castigar: una breve historia sobre la censura en el Perú”. Lo curioso es que esta muestra sobre la censura presentó una pieza autocensurada de la artista Cristina Planas que consistía, en un inicio, de una representación de Abimael Guzmán, en su ya vuelto  icónico traje a rayas, como si fuera una wawa. Mientras se observaba la pieza uno escuchaba el tema, también icónico, de “Zorba, el griego”. En su espalda, la silueta de un cadáver. La muestra coincidió con el vigésimo aniversario del atentado de Tarata, ocurrido apenas a un par de cuadras de la sala. Entonces, hubo un problema y se decidió no sacar la pieza sino intervenirla colocando en la pared varias veces la palabra “asesino”. Autocensura o intervención en una muestra sobre la censura.

También el año pasado, se censuró, en Octubre, la muestra “20 años de la historia en el Perú”, curada por Karen Bernedo, planteada como homenaje a María Elena Moyano, a las víctimas de Tarata, a los participantes en la marcha por la paz en Villa El Salvador y como conmemoración de la captura de Guzmán. Esto sucedió incluso cuando el material exhibido había sido presentado y aprobado con antelación. “La muestra ha sido organizada junto con el CMAN (Comisión Multisectorial de Alto Nivel) y fue retirada por orden del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos. Es una orden sin ninguna explicación”, declaró entonces Bernedo a Diario 16. Los trabajos retirados pertenecían a los artistas Juan Acevedo, Jesús Cossío y Álvaro Portales.

Y, hace muy poco, volvió a suceder. El tríptico “Iconoclasia” del artista Alán Carrasco fue censurado en la feria internacional de arte Art Lima.

Art Lima es una de las dos ferias de arte que se vienen realizando desde hoy en simultáneo en Lima. (De la otra, Parc –Perú Arte Contemporáneo—, no me ocuparé porque el fin de ambas, abrir un mercado de arte inexistente en Lima, no es el punto de este post y no me parece criticable en sí mismo.) La singularidad de Art Lima es que los organizadores eligieron la Escuela Superior de Guerra del Perú como espacio para la feria. Cito la carta abierta que el artista Ángel Valdez circuló hace algunas semanas: “En la fachada de esta Escuela había una inscripción que por manida suena a parodia: Las ideas se exponen, no se imponen. Lo cierto es que en estas aulas estudiaron los oficiales que firmaron el acta de sujeción al capitán Vladimiro Montesinos. Por allí pasaron los generales que planearon las estrategias del Falso Paquisha durante el conflicto con el Ecuador. Es muy probable que el Manual de Lucha Antisubversiva, con el que se asesinó a gente inocente, fue [sic] un documento de consulta obligatoria de la Escuela durante la guerra interna. Probablemente los últimos golpes de estado se cocinaron aquí y en el Pentagonito. Hoy los oficiales del ejercito aplican torturas a los novatos y los quieren como carne de cañón en el VRAE al reimplantar el servicio militar obligatorio (¡?) para abandonarlos luego a su suerte.”

Cierto, todas las afirmaciones de Valdez pueden ser llamadas suposiciones. Lo que no es falso es la carga simbólica que no puede habérsele escapado a los curadores y consultores a quienes se acudió para armar este evento, tan largamente anunciado, y que es lo que resalta en el fragmento de la carta de Valdez citado en el párrafo anterior. ¿Es que acaso no había un espacio más conveniente para realizar la feria? El puericultorio Pérez Araníbar o el Hospital Larco Herrera me parecen edificios hermosos que ya han sido utilizados para otros eventos y que podrían haber aprovechado el dinero del alquiler mejor que el Ejército.

Ahora, llevando más allá la designación del local para el evento, me es difícil ver la censura a Carrasco fuera del discurso del negacionismo. Ese discurso que prefiere mandar callar a la ciudadanía antes que discutir asuntos irresueltos del pasado. Ese discurso que desde la política no quiere discutir con Sendero Luminoso por llamarlos desquiciados, cuando en realidad son débiles, incapaces de sostener un debate ideológico. Ese discurso que desde la academia es incapaz de enfrentarlo porque es tan soberbio que se oculta en la muletilla de “no bajar a su nivel” y quedarse en una producción intelectual que no combate nada ni a nadie. Ese discurso que desde el arte prefiere descolgar cuadros que interpelen a artistas, público o coleccionistas a que generen producción, discusión, pensamiento, debate.

Alfredo Márquez, quien pagó cárcel por su Mao con labios de Marilyn, le escribe a Carrasco en su muro de Facebook: “es fascinante como tus piezas intervenidas con el texto CENSURADO se resignifican… Estas imágenes cuyos textos ‘significantes’ han sido sustraídos evidencian lo rotundo de la ausencia, pero el hecho que la pieza sea retira es más elocuente que su propia exhibición… “.

Esa ausencia nos dice que a quien haya ordenado la censura no le interesa dialogar sobre los años de violencia. No le interesa hablar de su papel ni del papel de los otros ni de la ciudadanía ni de nada. Solo le interesa el silencio. Y el borrón y cuenta nueva. Tan bonito y limpio como una balada de Pandora.

This Is Hardcore: los que se irían al tacho si no hubiese pagado por ellos (1)

Se suponía que antes de llegar a esta lista iba a terminar con la anterior. A estas alturas ya no sé si concluiré alguna de ellas. Por eso decidí empezar de una vez con esta, la de los libros que durante el último año, diariamente, me hicieron dejar muy rezagada esa línea aceptable de dificultad auto-infligida que, con pasmosa normalidad, suelo alcanzar temprano en las mañanas.

Comienzo con dos libros que me fastidiaron por razones muy diferentes. Voy a intentar moderarme en la adjetivación y controlar un poco el mal humor. Cuando esto no sea posible, espero al menos generar un poco de simpatía, como cuando a Woodstock, el pájaro amigo de Snoopy, le entra una de esas rabietas que le hacen temblar hasta la última pluma entintada y dar de tumbos en el aire hasta acabar en el suelo.

Van un libro mediocre de crítica literaria; y un intercambio epistolar (que se cae a pedazos de puro artificial) entre dos de los más talentosos prosistas en lengua inglesa del siglo XX.

La verdad y la memoria: controversias en la imagen de Hildebrando Pérez Huarancca (Mark R. Cox)
Lima: Pasacalle, 2012

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Hildebrando Pérez Huarancca (HPH) no fue el más talentoso de los escritores que pasaron por Narración. Si alguien dice lo contrario, pues es un pésimo lector o simplemente busca algún fugaz nicho al interior de la famélica institución literaria peruana.

Al momento de abandonar la escritura por la lucha armada, entre los compañeros de HPH en el grupo Narración se contaban Miguel Gutiérrez Correa, Oswaldo Reynoso, Augusto Higa, Gregorio Martínez (por mencionar los nombres más reconocibles), todos ellos escritores clave para trazar un mapa de la narrativa peruana contemporánea. Todos ellos, también, unidos por una férrea convicción de izquierda, practicada durante una época bastante convulsa: los últimos años de la dictadura de Morales Bermúdez.

Sin embargo, HPH hizo lo que varios no: tomó las armas, fue miembro de Sendero Luminoso, desapareció. Ahí empieza, creo, la historia de HPH y la de este brevísimo ensayo de Mark R. Cox.

Empiezo diciendo que Los Ilegítimos, el único libro de HPH, está bien. Ni malo ni bueno. Bien. Si el narrador hubiese muerto anciano, tras sufridas décadas de carrera magisterial, alejado ya por completo de la escritura, dudo mucho que se estaría hablando de él fuera del ámbito judicial. El vínculo latente entre las armas y las letras puede ser fascinante, demasiado seductor.

El libro tiene una posición clara, aunque intenta matizarla. Para Cox, no hay pruebas suficientes, primero, para afirmar que HPH lideró (o siquiera estuvo presente en) la matanza de Lucanamarca; en segundo lugar, sostiene que tampoco es muy plausible asegurar que HPH fuera militante de SL antes del rescate de presos del CRAS de Huamanga en 1982. Para sostener estas arriesgadas afirmaciones, Cox echa mano de argumentos que sorprenden por lo débiles e improvisados.

Antes de seguir, me parece necesario hablar un poco de la carrera académica de Cox. Si bien no es un académico destacado, Cox tiene una carrera de varios años y textos publicados en la academia norteamericana. Su campo de especialidad es la literatura peruana contemporánea y, en ella, específicamente, la narrativa dedicada a la violencia política. Sin embargo, el trabajo de Cox no se ha caracterizado por su agudeza crítica ni rigurosidad. Sus textos más extensos corresponden a antologías de cuentos y ensayos sobre violencia política en el Perú que tienen el valor de apostar por escritores cuya presencia mediática no suele ser tan frecuente. Asimismo, es el compilador de una muy útil bibliografía sobre narrativa del conflicto armado interno, aparecida en el número 68 de la RCLL. Es decir, su trabajo puede ser mejor valorado como el de un facilitador más que como el de un observador crítico.

Hasta este punto no existe mayor problema. Las cosas se complican cuando se intenta pasar un texto sin solidez argumentativa como uno esclarecedor de malentendidos que se asumen generalizados. Sobre todo, en un asunto que implica deslindar culpabilidades en una de las matanzas más salvajes cometidas por Sendero Luminoso; y tomando en cuenta que quien escribe tiene años de experiencia en el manejo de la retórica.

Entre los argumentos más débiles están aquellos que provienen de la teoría literaria, campo que, se asume, debería manejar Cox. Según conviene a su argumentación, Cox recurre a las problematizaciones inherentes a los vínculos entre ficción y realidad; y las proyecta sobre la reelaboración narrativa de HPH, por ejemplo, en “Vísperas”, cuento de Lucho Nieto Degregori. En un momento, se critica la imagen de HPH en esta historia y se la descalifica, en tanto refleja la postura ideológica de Nieto, la cual deformaría el recuerdo acucioso de quienes conocieron al modelo del personaje de ficción.

Asimismo, para continuar con el alto grado de confusión frente a la identidad de HPH, Cox recapitula algunos episodios que considera relevantes para la difusión de las diversas historias sobre el paradero del senderista. La explicación más pueril es aquella que involucra al poeta Hildebrando Pérez Grande, quien, desde París, habría firmado una entrevista únicamente con su primer apellido, generando la leyenda de la presencia de HPH en Francia.

El principal testimonio para señalar a HPH como líder del destacamento de SL que atacó Lucanamarca es el Informe Final de la CVR. Cox desautoriza este y otros documentos previos en tanto estarían basados en una misma y única entrevista a un individuo que no estuvo presente en Lucanamarca. No obstante, él mismo usa una estrategia bastante más cuestionable al apelar a la opinión del escritor Dante Castro para deslizar la hipótesis de que HPH no era militante de SL hasta el rescate de presos del CRAS en 1982, penal al que habría llegado por una confusión. Según esta hipótesis, tras la operación, HPH no habría tenido otra opción más que unirse a SL (35 – 36).

Sin embargo, el argumento más incoherente es aquel que señala la inocencia de HPH en tanto su nombre no figura en ningún documento de SL al respecto. Es, por lo menos, curioso que Cox utilice la ausencia de HPH en documentación del PCP – SL sobre el caso como información relevante para desbaratar su culpabilidad.

Incluso pasando por alto los riesgos de la hipótesis desde la que parte, es imposible no sentir un disgusto frente a este libro de Cox. Mi problema con él no es uno ideológico, es uno de método. El libro ha sido publicado hace menos de un año en el Perú. Como pasa con frecuencia, las editoriales no cuentan con un comité de lectores especialistas que recomienden o rechacen la publicación. De este modo, la labor editorial muchas veces queda reducida a ofrecer un servicio de impresión. En el caso de ficción es grave; en crítica o ensayo, imperdonable.

Por su extensión, La verdad y la memoria podría haber sido enviado para publicación en cualquier peer-reviewed journal; no obstante, dudo mucho que alguien hubiese recomendado su publicación. Al menos yo no lo habría hecho.

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Me extendí y ya no tengo ganas de seguir con el otro libro. En unos días lo haré.

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