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La sordera se contagia

No, en serio. Se contagia.

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Art Lima: De terror y censura

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Quiero partir de la premisa de que para todo el mundo es fastidioso hablar de censura, sea cual fuere el espacio en el que vaya a darse la discusión. Creo que lo es más aun cuando el terreno de discusión basa, fundamentalmente, su desempeño en el ejercicio de la libertad (por favor, no confundan estas últimas cuatro palabras con el discurso que incesantemente viene repitiendo Margaret Vargas Llosa desde mitad de los setenta). Con esto último me quiero referir, estrictamente, al ejercicio de las artes y humanidades en el Perú y a la confusa relación que ha sostenido con lo que se podría llamar libertad de ideas o pensamiento.

Ejemplos para esto no faltan. Sin embargo,  debido a una serie de factores que van desde el repudio justificado al terrorismo de Sendero Luminoso y el MRTA, la glorificación acrítica de las FF. AA., hasta la falaz bonanza económica de los últimos años, pasando por una fobia a todo lo que se desvíe un poco a la izquierda en el panorama ideológico; pues nos encontraremos con que, en las artes plásticas, la censura ha tenido bastante que ver con la guerra interna y la visión fuerte y crítica de los artistas frente a la acción no solo de SL y el MRTA, sino también de las FF. AA. y el Estado, agentes activos durante este periodo.

Hace algunos años, el dibujante Piero Quijano vio censurado, por el segundo gobierno de Alan García, uno de sus más interesantes dibujos, aquel que utiliza la celebre fotografía de los soldados norteamericanos en Iwo Jima como modelo y la subvierte. En ella, Quijano, bajo el seudónimo de Martín Ikeda, muestra a soldados peruanos no izando una bandera, sino clavando una bayoneta en un campesino quien reposa, lengua afuera, con el brazo extendido sobre una inscripción que reza: “La nación a sus héroes”.

El año pasado, en la varias veces cuestionada sala Miró Quesada de Miraflores, se montó la muestra “Vigilar y castigar: una breve historia sobre la censura en el Perú”. Lo curioso es que esta muestra sobre la censura presentó una pieza autocensurada de la artista Cristina Planas que consistía, en un inicio, de una representación de Abimael Guzmán, en su ya vuelto  icónico traje a rayas, como si fuera una wawa. Mientras se observaba la pieza uno escuchaba el tema, también icónico, de “Zorba, el griego”. En su espalda, la silueta de un cadáver. La muestra coincidió con el vigésimo aniversario del atentado de Tarata, ocurrido apenas a un par de cuadras de la sala. Entonces, hubo un problema y se decidió no sacar la pieza sino intervenirla colocando en la pared varias veces la palabra “asesino”. Autocensura o intervención en una muestra sobre la censura.

También el año pasado, se censuró, en Octubre, la muestra “20 años de la historia en el Perú”, curada por Karen Bernedo, planteada como homenaje a María Elena Moyano, a las víctimas de Tarata, a los participantes en la marcha por la paz en Villa El Salvador y como conmemoración de la captura de Guzmán. Esto sucedió incluso cuando el material exhibido había sido presentado y aprobado con antelación. “La muestra ha sido organizada junto con el CMAN (Comisión Multisectorial de Alto Nivel) y fue retirada por orden del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos. Es una orden sin ninguna explicación”, declaró entonces Bernedo a Diario 16. Los trabajos retirados pertenecían a los artistas Juan Acevedo, Jesús Cossío y Álvaro Portales.

Y, hace muy poco, volvió a suceder. El tríptico “Iconoclasia” del artista Alán Carrasco fue censurado en la feria internacional de arte Art Lima.

Art Lima es una de las dos ferias de arte que se vienen realizando desde hoy en simultáneo en Lima. (De la otra, Parc –Perú Arte Contemporáneo—, no me ocuparé porque el fin de ambas, abrir un mercado de arte inexistente en Lima, no es el punto de este post y no me parece criticable en sí mismo.) La singularidad de Art Lima es que los organizadores eligieron la Escuela Superior de Guerra del Perú como espacio para la feria. Cito la carta abierta que el artista Ángel Valdez circuló hace algunas semanas: “En la fachada de esta Escuela había una inscripción que por manida suena a parodia: Las ideas se exponen, no se imponen. Lo cierto es que en estas aulas estudiaron los oficiales que firmaron el acta de sujeción al capitán Vladimiro Montesinos. Por allí pasaron los generales que planearon las estrategias del Falso Paquisha durante el conflicto con el Ecuador. Es muy probable que el Manual de Lucha Antisubversiva, con el que se asesinó a gente inocente, fue [sic] un documento de consulta obligatoria de la Escuela durante la guerra interna. Probablemente los últimos golpes de estado se cocinaron aquí y en el Pentagonito. Hoy los oficiales del ejercito aplican torturas a los novatos y los quieren como carne de cañón en el VRAE al reimplantar el servicio militar obligatorio (¡?) para abandonarlos luego a su suerte.”

Cierto, todas las afirmaciones de Valdez pueden ser llamadas suposiciones. Lo que no es falso es la carga simbólica que no puede habérsele escapado a los curadores y consultores a quienes se acudió para armar este evento, tan largamente anunciado, y que es lo que resalta en el fragmento de la carta de Valdez citado en el párrafo anterior. ¿Es que acaso no había un espacio más conveniente para realizar la feria? El puericultorio Pérez Araníbar o el Hospital Larco Herrera me parecen edificios hermosos que ya han sido utilizados para otros eventos y que podrían haber aprovechado el dinero del alquiler mejor que el Ejército.

Ahora, llevando más allá la designación del local para el evento, me es difícil ver la censura a Carrasco fuera del discurso del negacionismo. Ese discurso que prefiere mandar callar a la ciudadanía antes que discutir asuntos irresueltos del pasado. Ese discurso que desde la política no quiere discutir con Sendero Luminoso por llamarlos desquiciados, cuando en realidad son débiles, incapaces de sostener un debate ideológico. Ese discurso que desde la academia es incapaz de enfrentarlo porque es tan soberbio que se oculta en la muletilla de “no bajar a su nivel” y quedarse en una producción intelectual que no combate nada ni a nadie. Ese discurso que desde el arte prefiere descolgar cuadros que interpelen a artistas, público o coleccionistas a que generen producción, discusión, pensamiento, debate.

Alfredo Márquez, quien pagó cárcel por su Mao con labios de Marilyn, le escribe a Carrasco en su muro de Facebook: “es fascinante como tus piezas intervenidas con el texto CENSURADO se resignifican… Estas imágenes cuyos textos ‘significantes’ han sido sustraídos evidencian lo rotundo de la ausencia, pero el hecho que la pieza sea retira es más elocuente que su propia exhibición… “.

Esa ausencia nos dice que a quien haya ordenado la censura no le interesa dialogar sobre los años de violencia. No le interesa hablar de su papel ni del papel de los otros ni de la ciudadanía ni de nada. Solo le interesa el silencio. Y el borrón y cuenta nueva. Tan bonito y limpio como una balada de Pandora.

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El asqueroso prólogo de Armando Villanueva del Campo al libro de Víctor Polay Campos, alias Rolando

Muy breves palabras prologables a este libro de Víctor Polay Campos. Y tienen que ser breves porque tanto en el artículo del doctor Javier Valle-Riestra, uno de los más brillantes juristas contemporáneos, como en mis declaraciones formuladas como testigo en el proceso a Polay y al MRTA, está expresado todo lo que yo tendría que decir sobre esta causa que ya ha despertado interés de los tribunales, jueces, políticos y sociólogos del mundo.

Lo que quiero reiterar es mi pensamiento respecto a las imputaciones a Víctor Polay Campos de ser un terrorista. Polay fue un guerrillero, consecuencia de los momentos en que el Perú vivía un grave problema de confusión social -que todavía no ha desaparecido- derivado del proceso histórico latinoamericano y agudizado en regímenes anteriores al que se inauguró en 1985, problemas que determinaron movimientos sociopolíticos que anduvieron por caminos extraviados, incurriendo en acciones repudiables que nunca deben ser olvidadas, pero tampoco indebidamente interpretadas. Pero estas circunstancias no implican que todo el proceso en el que intervinieron miembros del MRTA, y por ende Polay, constituyera acciones terroristas. Tampoco debe confundirse al MRTA con el ‘polpoteano’ Sendero Luminoso. Podrá decirse que hay pruebas de crímenes. Es evidente. Sí, sí es evidente que los hubo, pero esto no puede significar que se acuse a todos los miembros de un movimiento guerrillero responsabilizándolo de acciones individuales o colectivas que merecieron y merecen justa sanción. Permítaseme repetirlo, justa sanción. En estos casos, la responsabilidad es personal tanto en una acción individual como en una acción de grupo y no se puede confundir las cosas. Que en el ejército norteamericano que injustamente ocupa Irak se haya encontrado violadores no condena a todos los soldados del Tío Sam: es, pues, menester distinguir. Y como producto de todo lo que yo he analizado y consultado, el caso Polay no implica responsabilidad criminal.

Por otra parte, no hay que olvidar que nuestro país ha sido pródigo en llamar terroristas a muchos de los que lucharon por la libertad y la justicia, teniendo algunas veces que responder con la violencia de los libertadores a la violencia de los tiranos. Lo digo yo, que hace décadas fui protagonista de esa lucha por la libertad en la que la heroicidad de mujeres y hombres del Perú se puso de manifiesto en cruzadas por la justicia social, ¡y también fuimos llamados terroristas! Recuérdense las “leyes” que pusieron fuera de la ley al Partido Aprista Peruano y las calumnias lanzadas contra su propio jefe, acusado también de terrorista: acusación que llegó hasta el Tribunal de La Haya que, en célebre juicio histórico, rechazó las imputaciones y las calumnias lanzadas por una dictadura contra el líder continental.

Quiero expresar algo que se deriva de mi manera de pensar sobre este caso. Estoy de acuerdo con Javier Valle-Riestra en preferir la amnistía al paredón, paredón del que son gonfaloneros quienes jamás lucharon contra las dictaduras. No hay que olvidar tampoco a los caídos enfrentando la guerrilla. Fueron patriotas. Pero también pudieron cometer graves errores. No hay que olvidar, pero hay que saber perdonar.

Amnistía para todos los que combatieron con dignidad es lo que necesita el Perú.

Armando Villanueva del Campo

En: Polay Campos, Víctor. En el banquillo. ¿Terrorista o rebelde? Lima: Canta Editores, 2007

Sólo un breve comentario: para quitarle el adjetivo de terrorista a Polay y condecorarlo con el de guerrillero, Villanueva utiliza los mismos argumentos que las FF. AA. repiten sin cansancio en un intento por evadir su responsabilidad en las matanzas y desapariciones de ciudadanos peruanos ocurridas durante la guerra interna. Ahora resulta que los crímenes que cometió el MRTA sólo fueron “acciones individuales” en las que la organización terrorista  y Rolando, su máximo dirigente (al igual que las FF. AA.), no tienen ninguna responsabilidad; ésta recaería (otra vez, igual al caso de las FF. AA.) en los individuos que las cometieron y no en la dirigencia.

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