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La sordera se contagia

No, en serio. Se contagia.

Autor

fernando

“Discurso a mi cuerpo”, de Virgilio Piñera

VirgilioPiñera

Hace algunos años, en la Hillman Library de Pitt, tras leer la bomba corporal que es La carne de René, busqué y encontré este texto de Virgilio Piñera. Me parece que es básico para entender la particular relación de Piñera con el cuerpo. Creo que no está por ningún lado en la red o por lo menos está muy escondido. O yo soy muy inepto y no lo encuentro. Pensé que lo había perdido, pero hoy, buscando papeles en mi desordenado archivo me di de frente con una copia algo arrugada. Aquí va una transcripción.

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Discurso a mi cuerpo

Virgilio Piñera

A José Lezama Lima

Como en el suceso criminal te digo ahora, mi cuerpo: “Al fin te tengo…” Tú sabes de estas largas persecuciones; en verdad el discurso de mis años ha resultado ser una persecución estremecida de ti, de ti, cuerpo que escapas siempre a este momento supremo. Recuerdo que la cosa comenzó a complicarse en la escuela. ¿No recuerdas tú? El maestro decía: “Enumere las partes del cuerpo…” Y seguidamente, como en un tiempo de salmodia, mascullaba conmigo: “Un cráneo, un cuello, una región toráxica…” Y así continuábamos descendiendo hasta los huesecillos de los pies. Entonces, con un ronquido de gato destripado me aseveraba, mientras te zarandeaba: “La suma de todas tus regiones forman tu cuerpo.” –Y añadía como para apuntalarte más en mí: “Tu cuerpo tuyo”.

Pero todo aquello era una farsa; sentía que nadie me era más ajeno, extraño e insoportable que tú; que tenía que padecer todas las horas y minutos de la existencia; asisitir cruzado de brazos a tu yantar, a tu yacer; a tus gástricas o pulmonares calenturas. En casa se armaba gran confusión cuando me oían exclamar: “Lo voy a bañar…” por “me voy a bañar…”; o “Tiene fiebre…” por “tengo fiebre…” Entonces me preguntaban quién tenía fiebre o a quién bañaría, pero yo me limitaba a repetir la frase sin más explicaciones. Sí, porque todo te lo llevabas tú; todo te pertenecía y hasta tenías tus sacerdotes en los oficiantes médicos y cirujanos que sobre ti se inclinaban. Y todo esto a ti, que aparecías limitado por dos frases lapidarias: “Dar del cuerpo; dar de cuerpo…”

¡Qué profundo desprecio sentía por cierto escritor que describía el baño de unos adolescentes en el río! Comenzaba: “Y sus elásticos cuerpos entregados a las ondas…”. Y quería decir que aquellos cuerpos pertenecían a los muchachos; y que éstos podían disponer de los mismos como disponemos del cuerpo de un condenado o del de un amante o el de un pobre caballo de mercaderías. Pero, ¿les pertenecía esa arquitectura carnal? ¿Esa carnación que se rebelaba en miriadas de amotinados impulsos? En verdad, no sabría decir si estos seres de la novela y aquellos otros que me rodeaban y los que estaban en una lejanía, sordos a mi voz y ciegos a mi vista, participaban de mi terrible sentimiento, o si por el contrario, disfrutaban de la gustosidad de sus cuerpos. Eras tú el inguiable, el intraducible, el refractario; asomarme a ti era como asomarme a una negra superficie que no me reflejaría; llamarte supondría llamar al silencio que jamás desciende a escuchar la voz de los mortales.

Y el problema no lo era de enemistad, porque nunca antes hubiéramos participado de amistad; tampoco desligamiento. Sí creo que seamos la contradicción que necesita contradecirse. La pregunta era: ¿Hasta qué punto, límite o frontera me extendía yo? ¿De ti provenía la armonía o eras el desconcierto? ¿Era yo alguna de ellas? Flotando entre tales interrogaciones crecía cada vez más, como un desmesurado aerostato, la distancia y la indiferencia. Esta era la verdad. Recuerda las múltiples ocasiones en que te abandonara a tu suerte: aquella vez en la rápida corriente del río provinciano; y aquella otra en que, desprendido de una alta rama, diste contigo en tierra. Y tú, por tu parte hacías igual cosa conmigo: siempre recordaré que en mis tribulaciones amorosas y cuando más indefenso y débil me sentía, te ingeniabas para irte de paseo a la montaña carnal donde se rompe la unidad de la vida. Así, hemos practicado entre ambos un boquete aislador que impide toda comunicación humana.

Ahora mismo gozo, viéndote padecer ante el próximo acontecimiento que sobre tu geografía representará el bisturí, mientras yo, plácidamente, me hallaré viajando por regiones donde lo consistente, lo tactible, eso que tú eres, se traduce en ausencias; por regiones que podrían compararse a la tremulación.

Entretanto, eres tan soberbio, que como el luciferino arcángel, te rodeas de una costra de sordera ejemplar. A veces doy en cavilar si esa especial conformación de las plantas de tus pies no es sino una grave advertencia que impide que sea olvidado el principio de que todos vosotros estáis atados al sentido de la tierra; y que vuestra sordera sea la sordera de la tierra. Porque la voz me pertenece a mí enteramente. ‘as que la voz en su acepción de trueno o silbido o lo que tú quieras, lo que de ella se desprende; lo que ella inflama, convoca o determina: La palabra, y puedo probártelo al decirte enfáticamente que eso eres túa; una palabra; la palabra Cuerpo. Y me harás caer en el artilugio de que soy yo también otra palabra; la palabra Yo. Es en este punto donde se produce la hecatombe; tú eres una palabra y yo soy otra palabra, y así de nuestro matrimonio, sólo engendramos un hijo maldito que se llama la Contradicción: tercera palabra de la vida.

Hablaba de un artilugio y artilugio fue cuando te anunciaba que al fin te tenía… Pero la verdad es que ni te tengo ni te has escapado; estás en tu estado midiendo tu soledad por la mía; tu sordera por mi alarido; tu desconocimiento por el mío. Y no hagas esperanza de una segunda cópula porque ya estamos divorciados.

En Unión 10/III (abril-junio 1990): 35-36

¡Peter Buck Dignidad!

buck

Esta es la versión sin editar de la  última (en la amplitud de esta palabra que, a veces, se presenta un tanto enana) columna que escribí para Velaverde. Fue realmente muy divertido escribir las cosas que escribí para la revista y agradezco enormemente a César Bedón, el anterior editor de Cultura, por darme espacio para publicar tanta barrabasada junta (tanto en la columna como en las notas) con impunidad e incluso fomentando ese impulso que me sale tan natural. Me sentí muy cómodo escribiendo en esa sección. Gracias, César. Y, sí, unas chelas, cuando sea.

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Shiny happy people  que lee Velaverde, paren de sufrir: ya no hay R.E.M., pero hay Peter Buck. El guitarrista de la banda de Athens sacó el año pasado el primer disco solista de un ex R.E.M. Que Michael Stipe siga dejándose crecer la barba en compensación; nosotros escuchemos al guitarrista del perfil bajo.

Cuando movía hasta el último cartílago en el escenario de R.E.M., medio mundo quedaba fascinado con Michael Stipe. Sin embargo, algo que con frecuencia pasaba desapercibido era que Stipe sin Mills y, sobre todo, sin Buck, sin la Rickenbacker de Peter Buck, no es nadie. Durante los casi treinta años de vida de la banda, Buck fue el miembro que se mantuvo más activo. Habría que acordarse de las bandas paralelas en las que el guitarrista ha tocado a lo largo de su carrera: Tuatara, Robyn Hitchcock & The Venus 3, The Minus 5, The Baseball Project. Mientras tanto, Stipe se dedicaba más a seguirle los pasos al manganzón ese de Paul Hewson. Ah, y a pintar loncheras.

Peter Buck tiene algunas particularidades. Buck acababa de salir de la separación de su banda principal y no tenía ninguna presión al producir el disco. Entonces, decidió grabarlo y mezclarlo en analógico, en cinta magnetofónica; y sacarlo a la venta en edición limitada de 2000 vinilos de 180 gramos.

Si hay una sensación al escuchar el debut solista de Buck es la de pasar la tarde en una tienda escuchando discos. Hace muchos años, en las tiendas de discos pedías que te pusieran un disco: había cabinas de escucha y te quedabas ahí, solo. La experiencia con este álbum, de algún modo, es similar a entrar a una de estas viejas tiendas e importunar al vendedor cada cinco minutos con un nuevo disco. Uno de la Velvet; otro de los Stooges; R.E.M., claro; los Dolls; en fin…

Peter Buck abre con “10 Million BC” un tema que, si bien no marca el estilo del álbum, sí señala su espíritu. Es un tema garage y que recuerda un poco a The Cramps. En este, quizá por primera vez, se puede escuchar la voz de Buck: canta como si estuviera en el cuarto día de borrachera. Todo el tema tiene un aura sucia y alucinada que es responsabilidad directa de la voz de Buck; esta característica aparecerá cada vez que él tome la voz principal, pero acompañará, en líneas generales, al disco.

En la línea del tema anterior, con una vena corrosiva, resaltan  “So long Johnny”, que recuerda a los Stooges y en la que Buck armoniza con Mills; y “Vaso loco”, el tema más directo de todos, construido sobre power chords, en el que las voces son compartidas con Scott McCaughey.

Y, claro, para el fan eventual de R.E.M. también hay. Incluso, se pudo haber armado un single con b-side y todo. El sencillo sería “Nothing means nothing”. El tema comienza con un riff que remite a 1987 y a algunas fotos con más pelo. Fácilmente pudo haber sido un outtake del Document. Incluso la melodía recuerda al trabajo de Stipe durante esos años. La cantante en el tema es Corin Tucker de Sleater-Keaney. El lado b sería “Nothing matters”. Tiene el aire de algunos de los temas incluidos en In the Attic y en Dead Letter Office, discos que recopilan rarezas y b sides de la banda de Athens.

El disco, también, incluye un homenaje a la Velvet Underground titulado “Some kind of velvet morning” y un par de incursiones de género en el 12-bar blues (“Hard old world”) y la americana (“Nowhere no way”)

Este álbum concluye con “I´m alive” un tema en clave de psicodelia en el cual Buck vuelve a compartir voces con Mills. La aguardientosa voz de Buck es la que sienta las bases para construir un cierre en el mismo tono con el que se abrió el álbum: con fuerza, suciedad y en un estado algo narcotizado. Porque si algún mérito vocal tiene Buck es que logra transmitir una sensación de crudeza y descuido que seduce.

Buñuel y la memoria

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Todos tenemos algo de fisgones. En mi caso, esto se expresa en la compulsión por leer memorias, diarios, correspondencias… No sé en qué momento me volví adicto al género autobiográfico. El mío, es seguro, no es un interés académico: no tengo ni media página escrita acerca de estos textos. Mi acercamiento es uno afectivo, interesado por los pliegues en las vidas de individuos, notables o no, que en algún momento se sentaron a estructurar su existencia a partir de la escritura. Cada detalle, en estas vidas, es responsable de alguna explosión subjetiva que, en los textos, es inmensa en sus repercusiones individuales, aun cuando estas sean nimias a un nivel más amplio. La correspondencia entre Proust y su madre puede ser un ejemplo de lo que menciono. Asimismo, el caso contario puede ser el encuentro casual en un diner entre Patti Smith y Robert Mapplethorpe en Just Kids.

Supongo que esta enfermedad autobiográfica empezó en mí cuando leí los diarios de Ribeyro en la edición de Campodónico que presté y perdí (ahora solo la tengo en la de Seix Barral). Esos diarios están entre los libros de los cuales nunca me alejo. A partir de ellos he llegado a otros muy alejados unos de otros: la correspondencia de Proust con su madre; Reborn de Sontag; las Antimemorias de Malraux; Chronicles, Volume 1, de Dylan; las Memorias de la Guerra con Chile de Cáceres (muy recomendables); los diarios de Musil; Sobre mi propia vida, el diario de Juan Ríos; las cartas de Joseph Roth; La ruptura, el diario íntimo de Ricardo Letts; los diarios de Mansfield; Habla, memoria de Nabokov; los Relatos autobiográficos de Bernhard; Mi misión en Chile en 1879 de Lavalle… En fin.

Hace un par de días vi de nuevo Los olvidados de Buñuel y la película me hizo releer algunos capítulos de sus memorias, Mi último suspiro. El libro es muy bueno. Buñuel no lo escribió solo. Es más, está basado en entrevistas realizadas durante dieciocho años entre el director español y su colaborador y amigo Jean-Claude Carrière. Hay episodios muy divertidos (como su paso por la MGM como aprendiz –en realidad, sólo se dedicó a cobrar el cheque cada sábado) y otros muy dramáticos (como  aquellos en los que se narra el inicio de la Guerra Civil). De otro lado, el tránsito de Buñuel por las vanguardias estéticas (el ultraísmo, el surrealismo y después ya solo él) y tendencias políticas (oscila entre el anarquismo y el comunismo para terminar en un cinismo lúcido) es más que interesante y no carece de humor.

Aquí va el primer capítulo del libro, que me parece una reflexión muy sugerente acerca de lo que es la memoria y sus mecanismos.

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Memoria

Durante los diez últimos años de su vida, mi madre fue perdiendo poco a poco la memoria. A veces, cuando iba a verla a Zaragoza, donde ella vivía con mis hermanos, le dábamos una revista que ella miraba atentamente, de la primera página a la última. Luego, se la quitábamos para darle otra que, en realidad, era la misma. Ella se ponía a hojearla con idéntico interés. Llegó a no reconocer ni a sus hijos, a no saber quiénes éramos ni quién era ella. Yo entraba, le daba un beso, me sentaba un rato a su lado —físicamente, mi madre gozaba de muy buena salud y hasta estaba bastante ágil para su edad—; luego salía y volvía a entrar. Ella me recibía con la misma sonrisa y me invitaba a sentarme como si me viera por primera vez y sin saber ni cómo me llamaba.

Cuando yo iba al colegio, en Zaragoza, me sabía de memoria la lista de los reyes godos, la superficie y población de cada Estado europeo y un montón de cosas inútiles. En general, en los colegios se mira con desprecio este tipo de ejercicio mecánico de memoria y a quien lo practica suele llamársele despectivamente memorión. Yo, aunque memorión, no sentía sino desprecio para estas exhibiciones baratas.

Pero, a medida que van pasando los años, esta memoria, en un tiempo desdeñada, se nos hace más y más preciosa. Insensiblemente, van amontonándose los recuerdos y un día, de pronto, buscamos en vano el nombre de un amigo o de un pariente. Se nos ha olvidado. A veces, nos desespera no dar con una palabra que sabemos, que tenemos en la punta de la lengua y que nos rehúye obstinadamente.

Ante este olvido, y los otros olvidos que no tardarán en llegar, empezamos a comprender y reconocer la importancia de la memoria. La amnesia —que yo empecé a sufrir hacia los setenta años— comienza por los nombres propios y los recuerdos más recientes: ¿Dónde he puesto el encendedor que tenía hace cinco minutos? ¿Qué quería yo decir al empezar esta frase? Ésta es la llamada amnesia anterógrada. Le sigue la amnesia anteroretrógada que afecta a los recuerdos de los últimos meses y años: ¿Cómo se llamaba el hotel en el que paré cuando estuve en Madrid en mayo de 1980? ¿Cuál era el título de aquel libro que me interesaba hace seis meses? Ya no me acuerdo. Busco afanosamente, pero es inútil. Viene por fin la amnesia retrógada, que puede borrar toda una vida, como le sucedió a mi madre.

Yo todavía no he sentido la acometida de esta tercera forma de amnesia. Guardo de mi pasado lejano, de mi infancia, de mi juventud, múltiples y níti-dos recuerdos y también profusión de caras y de nombres. Si, a veces, se me olvida alguno, no me preocupa excesivamente. Sé que voy a recuperarlo en el momento menos pensado, por uno de esos azares del subconsciente que trabaja incansablemente en la oscuridad.

Por el contrario, siento viva inquietud y hasta angustia cuando no consigo recordar un hecho reciente qué he vivido o el nombre de una persona conocida en los últimos meses, o incluso de un objeto. De pronto, toda mi personalidad se desmorona, se desarticula. Soy incapaz de pensar en otra cosa, por más que todos mis esfuerzos y rabietas son inútiles. ¿Será esto el comienzo de la desaparición total? Es atroz tener que recurrir a una metáfora para decir «una mesa». Y la angustia más horrenda ha de ser la de estar vivo y no reconocerte a ti mismo, haber olvidado quién eres. Hay que haber empezado a perder la memoria, aunque sea sólo a retazos, para darse cuenta de que esta memoria es lo que constituye toda nuestra vida. Una vida sin memoria no sería vida, como una inteligencia sin posibilidad de expresarse no sería inteligencia. Nuestra memoria es nuestra coherencia, nuestra razón, nuestra acción, nuestro sentimiento, Sin ella no somos nada.

Con frecuencia, he pensado introducir en una película una escena en la que un hombre trata de contar una historia a un amigo; pero olvida una palabra de cada cuatro, generalmente, una palabra muy simple: coche, calle, guardia… El hombre farfulla, titubea, gesticula, busca equivalencias patéticas, hasta que el amigo, furioso, le da un bofetón y se va. A veces, para defenderme de mis propios terrores con la risa, me da por contar el cuento del hombre que va al psiquiatra porque sufre pérdida de memoria, lagunas. El psiquiatra le hace un par de preguntas de rutina y luego le dice:

—Bien, ¿y esas lagunas?

—¿Qué lagunas? —pregunta el hombre.

La memoria, indispensable y portentosa, es también frágil y vulnerable. No está amenazada sólo por el olvido, su viejo enemigo, sino también por los falsos recuerdos que van invadiéndola día tras día. Un ejemplo: durante mucho tiempo, conté a mis amigos (y la cito también en este libro) la boda de Paul Nizan, brillante intelectual marxista de los años treinta. Cada vez, me parecía estar viendo la iglesia de Saint-Germain-des-Prés, la concurrencia, entre la que me encontraba yo, el altar, el cura, Jean-Paul Sartre, testigo del novio. Un día, el año pasado, me dije de pronto: ¡Imposible! Paul Nizan, marxista convencido y su mujer, hija de una familia de agnósticos, nunca se hubieran casado por la Iglesia. Totalmente inimaginable. Entonces, ¿había yo transformado un recuerdo? ¿Se trataba de un recuerdo inventado? ¿De una confusión? ¿Puse un marco familiar de iglesia a una escena que alguien me describió? Todavía no lo sé.

La memoria es invadida constantemente por la imaginación y el ensueño y, puesto que existe la tentación de creer en la realidad de lo imaginario, acabamos por hacer una verdad de nuestra mentira. Lo cual, por otra parte, no tiene sino una importancia relativa, ya que tan vital y personal es la una como la otra.

En este libro semibiográfico, en el que de vez en cuando me extravío como en una novela picaresca, dejándome arrastrar por el encanto irresistible del relato inesperado, tal vez subsista, a pesar de mi vigilancia, algún que otro falso recuerdo. Lo repito, esto no tiene mayor importancia. Mis errores y mis dudas forman parte de mí tanto como mis certidumbres. Como no soy historiador, no me he ayudado de notas ni de libros y, de todos modos, el retrato que presento es el mío, con mis convicciones, mis vacilaciones, mis reiteraciones y mis lagunas, con mis verdades y mis mentiras, en una palabra: mi memoria.

Buñuel, Luis. Mi último suspiro. Ana María de la Fuente, trad. Barcelona: DeBolsillo, 2012 pp. 13 – 16.

Toda bala tiene nombre: violencia reciclada en la novela latinoamericana contemporánea

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A partir del 2 de julio estaré dictando este seminario en la UARM. Acá va una descripción un poco más detallada.

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El curso partirá de una hipótesis que sostiene que la desideologización de la violencia es uno de los productos del fin (así, a carpetazo) de la Guerra Fría y la instauración de políticas de mercado en América Latina a partir de la caída del Muro de Berlín en 1989 y la posterior instauración de radicales políticas neoliberales, para lo que concierne al curso, en América Latina.

La violencia política y de las guerrillas, históricamente, ha estado presente en Latinoamérica. Si se observa con atención la historia de las independencias y de afianzamiento de las repúblicas, esta se mostrará marcada por la presencia continua de guerras civiles y guerrillas.

Luego del triunfo de la Revolución cubana a mediados del siglo XX, la presencia de guerrillas y el componente político de la violencia en América Latina se hizo más evidente y esto condicionó las largas guerras civiles en Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua o Colombia; y la esporádica presencia de guerrillas urbanas y guevaristas en Argentina, Chile, Uruguay, Bolivia o Perú.

Sin embargo, tras las caídas del Muro de Berlín y la Unión Soviética, y el fin de la Guerra Fría, en algunos países comienza a operarse un cambio en las dinámicas de la violencia. El ejercicio de la violencia no terminó; su presencia había permeado de tal modo el entramado social que no fue posible librarse de ella ni plantear tipo alguno de negociación. Entonces, solo se recicló: se pasó de una violencia política a una violencia criminal. De este modo, se produjo el paulatino tránsito de una guerra de guerrillas, de una violencia política, de una guerra por el poder contra el Imperialismo, a una guerra de narcos, de sicarios, de maras.

Este curso intenta rastrear este recorrido a través de la lectura de cuatro novelas latinoamericanas contemporáneas que han tenido muy poca difusión en el Perú: Un asesino solitario, de Élmer Mendoza (México); El material humano, de Rodrigo Rey Rosa (Guatemala); El arma en el hombre, de Horacio Castellanos Moya (El  Salvador); y La virgen de los sicarios, de Fernando Vallejo (Colombia).

En cada una de estas novelas (y en el orden en que serán expuestas) se observará un camino en el cual la idea es problematizar el desprendimiento del componente político que da paso a la mera criminalidad y a la supervivencia dentro de los márgenes de una lógica de mercado que ha incorporado a la violencia como uno de sus elementos de control más efectivos, pero menos reconocidos.

El curso terminará con una visión de cómo este trato globalizado de la violencia ha empezado a abrirse paso en el Perú.

“La Historia está llena de violencia”: entrevista a Miguel Gutiérrez (20.01.06)

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Esta entrevista apareció, originalmente, en el tercer número de Casa de citas. Revista de literatura. La entrevista se realizó en el Dominó de la plaza San Martín el 20 de enero del 2006.

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Una obra extensa y muy sólida, y una decidida apuesta por las ideas de izquierda son las características más resaltantes de Miguel Gutiérrez (Piura, 1940). Cuestionado y atacado, desde sus inicios con el grupo Narración hasta la reciente y poco constructiva polémica entre escritores peruanos, Gutiérrez nunca dejó de afirmar su compromiso, antes que con sus ideas políticas, con la novela como género. En esta entrevista, habla de su paso por Narración, la representación de la guerra interna en la novela y esa obra mayor de la literatura peruana, La violencia del tiempo (1991). La entrevista tuvo lugar el veinte de enero de este año en un café de la Plaza san Martín.

Narración

 Fernando Toledo: Narración era un grupo que tenía una marcada línea ideológica. Incluso, como editorial publicaron algunas crónicas de levantamientos populares, como es el caso de Cobriza, Cobriza. ¿Qué se buscaba con este grupo y la revista del mismo nombre?

Miguel Gutiérrez: Esa revista está ligada a una época del país. Una de las cosas que buscábamos era llegar al público, puesto que los medios de comunicación, en esa época, mucho más que ahora, estaban copados por sectores de escritores muy vinculados a estos medios. Queríamos encontrar un espacio propio y, también, contribuir a las luchas políticas de esos años, pero como escritores. Hacíamos un distingo entre lo que era literatura y las crónicas, con las que pensábamos llegar a un público de obreros y campesinos, como efectivamente lo hicimos, escribiendo sobre sus luchas, pero sin confundir eso con literatura. Esas eran crónicas, no era ficción.

FT: ¿Tenía algo que ver con la narrativa de no ficción que aparece en Estados Unidos?

MG: Algo de eso teníamos en cuenta. En las crónicas, nosotros aplicábamos las técnicas de la narrativa moderna: cambios de punto de vista, fragmentación de tiempos, etc. Pero se diferenciaba, tal vez, de la novela no ficticia en que teníamos una línea ideológica, política, que generalmente estaba ligada al marxismo. Sin embargo, dentro del grupo había, por supuesto, diferentes posiciones; no todos pensábamos igual. En el año 74, se dieron por cancelados esa revista y el grupo porque la gente viajó al interior y fuera del país a trabajar. Cuando retornamos, nos encontramos con un panorama completamente diferente,  marcado por la guerra interna. Las crónicas que nosotros hacíamos estaban enmarcadas dentro de una lucha legal. Nos dimos cuenta de que esa etapa había terminado y que, en todo caso, las luchas en el país habían pasado a otra. No sé qué balance se puede hacer de Narración; en todo caso, respondió a un reto, al encargo social que asumimos con la mejor buena voluntad y, probablemente, con ingenuidad también. En esa época, nos hicieron muchísimas críticas; nos dijeron que éramos escritores mediocres, acomplejados, resentidos. No obstante, hubo una crítica que sí era válida: la mayoría de nosotros no publicaba creación. En especial a mí, porque yo, en esos años, por los compromisos asumidos, me orientaba más hacia la crítica.

FT: ¿En los años de Narración, cómo veía usted la literatura dentro del marco mayor de un proyecto político? ¿Qué función, qué valor le daba?

MG: Ninguno de nosotros pensaba que haciendo literatura se iba a lograr cambiar el país. Lo que sí podíamos lograr era llegar a un público que no fuera el de la pequeña burguesía. En efecto, cuando salieron esas crónicas campesinas y sindicalistas, yo viajé a diferentes sindicatos de centros mineros, a congresos de campesinos. Sabía que debía hacer eso porque me lo había propuesto, pero no estaba muy seguro de si era algo eficaz. En todo caso, tratábamos de ser coherentes.

La violencia del tiempo

FT: Usted publicó El viejo saurio se retira (1968) y no volvió a publicar una novela hasta Hombres de caminos (1988). ¿Qué sucedió durante estos veinte años?

MG: Yo nunca dejé de escribir, pero dictaba clases en la Universidad de Huamanga, entre otras cosas. Mientras tanto, escribía historias procurando hacer un tipo de novela que estuviera de acuerdo con las concepciones que yo había asumido. Eso es muy difícil. Después de algunos años, comprendí que, por lo menos el género novelesco no se presta para este tipo de literatura de buenas intenciones, pedagógica. Se ha hecho mucho, pero eso no es novela. Comencé muchas novelas; estaba angustiado porque las empezaba y quedaban inconclusas. Entonces, decidí salir del país un tiempo, evaluar todo lo que había hecho, sacudir mi propia mente y escribir sobre las cosas que a mí verdaderamente me interesaban vitalmente, moralmente, humanamente. Se ha criticado que La violencia del tiempo [LVT] es una novela demasiado extensa. Eso se debe a que he tratado de suplir tantos años y tantas historias que rondaban por la cabeza.

FT: Incluso, se ha dicho que dentro de LVT coexisten varias novelas.

MG: Hay muchas novelas ahí. Algunas de esas novelas las había empezado, pero no podía continuarlas, hasta que, con LVT todo se desató. A mí me interesaba, en esa novela, reflexionar narrativamente, no sociológicamente ni políticamente, sobre las formas de conciencia de los hombres del Perú. Para empezar, conté la historia de una familia, pero tenía otras historias. Otro problema que me interesaba era la relación de los hombres con la Historia y con los movimientos revolucionarios.

FT: Usted ha mencionado que una forma de reelaborar los años de violencia en el Perú fue escribir sobre bandoleros en Hombres de caminos; sobre la Comuna de París o la Semana trágica de Barcelona en LVT; y, en cierta medida, también en La destrucción del reino (1992), en la que retoma las historias de bandoleros. ¿Podría explicar cómo se produce este proceso?

La Violencia del tiempo-novela-Miguel Gutierrez

MG: La Historia está llena de violencia y hay diferentes tipos de ella. Yo he querido, en esa novela [LVT], retratar, mostrar las diferentes formas de violencia que existen: la privada y la pública. También quería hablar de la violencia que tiene que ver con la lucha revolucionaria. Por eso escribí sobre la Comuna de París y la Semana trágica de Barcelona. Para mí, el reto era justificar la presencia de estas historias dentro de la novela. La inclusión de la Comuna tiene su origen en una historia que ocurrió en Piura: el levantamiento de los chalacos. Cuando yo era chiquillo, era parte de la mitología popular. A mí comenzó a interesarme verdaderamente la historia porque siempre se había contado desde el punto de vista de los terratenientes. Me interesó más cuando hice una pequeña investigación. Uno de los artículos a los que tuve acceso decía que este levantamiento se debió a un francés maldito llamado Bauman de Metz, que soliviantó a la indiada. Yo no sabía de la existencia de este personaje y le pregunté a un amigo historiador, piurano que vivía en Lima, qu había de cierto, si realmente había existido.Él me dijo: “Sí, existió y está enterrado acá en el cementerio Baquíjano del Callao. Vamos, que yo te enseño la tumba.” Entonces, hice una relación. El levantamiento en Piura se produjo en 1883, doce años después de la Comuna de París, y ocurrió dentro del contexto de la Guerra con Chile. Además, leyendo las memorias de Andrés Avelino Cáceres, supe de otro que había trabajado políticamente, ideológicamente por las rutas de Cerro de Pasco. Y, en las cartas que le dirige Ricardo Palma al general Piérola, se cuenta lo que ocurrió en Lima después de la derrota en Miraflores: la plebe, como se decía, saqueó las mansiones y hubo una atmósfera de miedo y de terror. A este movimiento le llamaron “Los comuneros”. Como el ejército estaba derrotado, se formó una Guardia Nacional con gente de las embajadas y una noche, en San Bartolomé, fusilaron a trescientas personas. Entonces, esto que sucedió en Piura también ocurrió en otros lados y, de todas maneras, pensé, debía estar ligado con la Comuna de París. Así, le inventé una historia a Bauman de Metz.

Para justificar la historia de la Comuna en una novela sobre los Villar, leí un poco sobre su historia, pero no mucho. Yo creo que el novelista no debe competir con el historiador. Hay que leer, pero solo lo suficiente. Leí otras cosas sobre el tema; también me sirvió mucho la correspondencia entre Marx y Engels, y otros líderes de la Primera Internacional. También leí mucho a los simbolistas, a los escritores malditos. El resto fue invención. Yo habré estado en París, en total, dos meses. Tengo una hermana que trabaja allá y le dije: “Consígueme un mapa de París del año 1870.” Revisé el mapa calle por calle porque yo no conocía. Cuando estás contando una historia, crees que tienes cualidades y, de repente, que no tienes otras, pero si la historia realmente te interesa, te llena y te conmueve, vas a solucionar el problema. Por ejemplo, a mí me aburría describir; no sabía describir. Yo, más bien, me concentro en la mirada interior, pero, por necesidad tuve que describir la ciudad.

Así pasó, también, con la Semana trágica de Barcelona. Como anécdota, el modelo del padre Azcárate es el mismo modelo del padre García de Vargas Llosa en La casa verde. Yo estudié en el colegio Salesiano. Al frente, quedaba el colegio San Miguel y, al costado, la Iglesia del Carmen. El padre García era párroco en esta iglesia. Un día, hubo un problema con un armonio y me mandaron a la Iglesia del Carmen para que el padre nos prestara el suyo. Fui, entré en su cuarto y vi que el cura estaba leyendo una obra de Unamuno, La agonía del cristianismo. Me quedé pensando que no podía ser un cura folclórico, era un cura ilustrado. Dijo algunas cosas de Unamuno. Entonces, quise hacer de este cura, un cura de la época, de la Generación del 98. Esto me llevó a abordar la Semana trágica de Barcelona porque uno de los temas era la violencia en la Historia.

FT: En 1999, la revista Debate publicó una encuesta en relación a los mejores libros de narrativa de la década de 1990. Los tres primeros lugares fueron ocupados por País de Jauja, de Edgardo Rivera Martínez; LVT; y Ximena de dos caminos, de Laura Riesco. Siempre me pareció bastante curioso que estas tres novelas se pregunten por la identidad nacional, ocupen esos lugares y presenten concepciones, al respecto, opuestas. País de Jauja y Ximena de dos caminos apuestan por un mestizaje armónico, celebratorio; por otro lado, LVT prefiere no hablar de mestizaje y sí de bastardía. ¿Qué entiende por bastardía en un contexto histórico como el peruano?  

MG: Yo parto de lo que he vivido. Piura era una ciudad atroz. Yo quiero mucho a Piura, pero era horrenda: una sociedad machista, conservadora, terriblemente racista. Esto es una característica del Perú en general, pero mi experiencia era con Piura. Me di cuenta de que ese tal mestizaje no era una cosa armónica, ya cumplido y en el que hay un equilibrio entre los diferentes aportes. Lo que sucede es que se maneja la idea de mestizaje de Riva Agüero, que pone como paradigma de un mestizaje logrado al Inca Garcilaso de la Vega, y que sostiene que ahora somos una nación. Pero eso es falso. No es que me lo propusiera, sino porque quise contar la historia del linaje de una familia popular en cuyo origen estuviera la violencia y que, en cierta forma, repitiera, en pequeño, toda la historia del país.

FT: Claro, LVT es una alegoría de la historia nacional.

MG: Cuando terminé la novela eran muchas páginas y no sabía exactamente qué era. Entonces, le entregué el manuscrito a un amigo psicólogo, profesor de San Marcos, y lo leyó. Le pregunté de qué trataba mi libro. Y él me dijo: “Es la historia de un agravio que es familiar y nacional”. En una línea dijo lo que yo no podía decir en 1600 páginas. Daba en el clavo, por lo menos en las partes esenciales. Yo partí de esas experiencias, de esas vivencias que uno tiene de niño: humillaciones, no solo personales, sino de los demás. Entonces, contando la historia de esta familia que repite todo el problema de una familia mestiza. Además el que funda el linaje es un derrotado que viene a juntarse con una india.


FT: En la novela, se elabora una imagen opuesta a la que se le ha otorgado al héroe español. Miguel Villar es un delincuente, un cobarde.

MG: En una tradición de Ricardo Palma, se dice que cuando comienza la Emancipación acá en el Perú, las Cortes de Cádiz mandan varias naves. Una de esas se llamaba Venganza, en la que se transportaban criminales para castigar al pueblo, a los insurrectos de América. Eran delincuentes y pertenecían al ejército; en general, así son los ejércitos hasta ahora. De acuerdo a sus patrones, la narrativa señorial siempre busca una genealogía gloriosa; yo, más bien, hice lo contrario. No estaba de acuerdo con eso, incluso antes de un discurso racional, a nivel de vivencia. Eso no era cierto. Hay gente para la cual ya se ha logrado ese mestizaje armónico. Arguedas decía que en las comunidades del Mantaro se había logrado ya un mestizaje con predominancia andina. Eso sucedió, decía, entre otras cosas, porque, en esa zona del Mantaro no hubo haciendas; fue el privilegio de las comunidades huancas por haber colaborado con el Rey.

FT: LVT plantea una crítica frontal al orden criollo. Sin embargo, hacia el final de la novela, Martín Villar, en la convivencia con Zoila Chira, repite el ciclo iniciado por Miguel Villar. En ese sentido, ¿cómo se puede entender la decisión de Martín de no tener descendencia? ¿Implica cancelar la bastardía o es un resabio de la violencia que siempre existió en la familia Villar, desde que este soldado español violenta a Sacramento Chira?

MG: Yo pienso que todo ese tipo de cosas entra en la mente de este muchacho confundido y antipático. Recuerdo que me contaron que mi amigpo, el finado Antonio Cornejo Polar, cuando yo publiqué la novela, decía que él no comprendía por qué Miguel Gutiérrez maltrataba tanto al pueblo peruano. No es eso. Lo que pasa es que no idealizo. En el resto de linajes también hay gente ruin; no hay una idealización de nadie. Detrás de la novela está presente un discurso que sostiene que si se tiene que exaltar, se exalta, pero desde otra perspectiva, no de esa forma. ¿Cuándo les das, finalmente, dignidad a estos personajes? Pues al hacerlos partícipes de la condición humana. Es decir, mostrando que su drama es tan importante, tan vital como el de un intelectual o de un terrateniente. Ahí adquieren dignidad, no idealizándolos ni haciéndolos buenos.

Guerra y literatura

FT:¿Cómo ve usted la representación de la guerra interna en la literatura peruana? ¿Debemos esperar una gran novela o, más bien, un mosaico con distintos ángulos y visiones que demuestre que, en realidad, la gran novela de esos años se empezó a escribir casi desde el inicio de las acciones terroristas?

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MG: Un acontecimiento como la guerra interna del país no es solamente revolucionario sino traumático, por la dureza de la guerra. Pienso que va a dar temas a varias generaciones. Probablemente, escriba una gran novela un chiquillo que todavía no ha nacido. Por ejemplo, se creía que la Guerra civil española ya había terminado de producir, y, de repente, viene Javier Cercas y escribe una novela formidable, Soldados de Salamina. Si tú tomas unos diez textos, vas a ver los diferentes momentos de la guerra. En primer lugar, están aquellos que escriben, sobre todo, los hechos militares, violentos, con muchos cuchillos, balazos y mucha sangre; a Dante Castro le gusta eso. También, cómo repercute la guerra en la vida cotidiana, en las gentes. Hay un cuento muy bueno de Pilar Dughi, “El cazador”, que desarrolla, diríamos, la última etapa de la guerra, cuando Sendero Luminoso ha sido ya fundamentalmente vencido. Hay

una novela, también muy buena, de José de Piérola [Un beso de invierno]. Está escrita como una novela de aventuras. En ella, un grupo de amigos se va a hacer camping por Huarochirí. Fuera de Lima hay zonas muy inhóspitas, muy solitarias; aparentemente están muy cerca de Lima, pero son terribles. En el grupo hay dos chicas, me parece, y, al día siguiente, una amanece muerta. Llevan al cadáver al puesto policial que queda muy lejos, se quedan dos en el campamento y, a la hora de tomar el café, encuentran una bala. Se dan cuenta de que hay un francotirador que los tiene como el gato y el ratón, y que no aparece. Esa novela es muy cinematográfica, me gustó muchísimo. Esa es una etapa en la que ya terminó la guerra, pero este hombre alienado, que es un soldado, odia terriblemente a los terroristas, aparte de cometer atrocidades. Eso también es narrativa de la guerra.

Avancemos un poco, hasta Alonso Cueto y La hora azul, y Julián Pérez y su novela Retablo. Los dos tratan, finalmente, de la reconciliación nacional. En eso se parecen, porque son novelas completamente distintas. El protagonista de la novela de Pérez vuelve después de algunos años a Huamanga; va reconstruyendo la historia de la familia y, sobre todo, la de su hermano, que ha muerto en combate con el ejército dentro de las filas de Sendero. El narrador tiene una visión crítica frente a los sucesos. Esa novela también trata sobre la guerra, pero en una etapa posterior. Lo mismo sucede con la novela de Cueto: hay una reconciliación. El personaje principal es un abogado que pertenece a las clases medias altas y que gana nueve mil dólares. Resulta que el protagonista es hijo de un comandante de la Marina que ha estado en Huanta y que ha sido uno de los grandes torturadores. Está separado de la madre, ya que este tiene un origen más plebeyo y aquella uno más aristocrático. Cuando muere la madre, el hijo encuentra una carta y se da cuenta de que su madre había estado siendo extorsionada por la supuesta tía de una muchacha que había sido violada por los militares en Huanta. La cuestión es que este va a solucionar el misterio. Entonces va a investigar si existía esta mujer o no; si es verdad que fue secuestrada y violada por su padre o no. El padre, en su agonía, le dijo que la busque porque, de alguna forma, se enamoró de esta muchacha. Ahí está, pues: el verdugo con la víctima. Muy parecido a Portero de medianoche, esa película con Dirk Bogarde. El abogado llega a encontrar a la chica, una chica muy linda que tiene un hijo, y el narrador cree que es su hermano. La cuestión es que la reivindicación se produce cuando el hijo de torturador se enamora de la chica. Finalmente, y felizmente para la novela, la muchacha muere de un infarto cardiaco. Entonces, el protagonista se hace cargo del chico, que es una víctima de la guerra: la reconciliación nacional. Y no solamente eso sino que, además, el niño le agradece. Es como si le dijera: “gracias, papá”. Vemos cómo las diferentes etapas de la guerra se van reflejando en la literatura. Y todavía hay muchas cosas por decir. Cuando el escritor ya no quiera condenar ni hacer apología, de repente podrá salir una gran novela.

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FT: Hace poco, se volvió a hablar de su libro La generación del 50. Un mundo dividido. Historia y balance (1988). En ese libro, usted sostiene que los alcances de la guerra que se estaba desarrollando en ese momento solo podrían evaluarse cuando llegase al final del conflicto. Usted escribió eso hace dieciocho años y hace veintiséis que se inició la guerra. ¿Cómo evalúa usted ese proceso?

MG: No voy a hablar del proceso. En todo caso, la Universidad Católica publicó un libro[1] y en él aparece una entrevista que me hizo el profesor de filosofía Dante Dávila: ahí yo creo que fijo mis posiciones sobre el tema. Yo voy a hablar del libro. Escribí ese libro en un determinado contexto, muy difícil para todos los peruanos, y que a mí me tocaba, además, familiarmente[2]. Dentro de esa atmósfera escribí ese libro y lo hice muy rápido. Recuerdo que asusté a un amigo porque le di el libro casi sin puntos aparte. Lo curioso es que, cuando se publica, no aparece una sola línea ni para atacarlo ni para denigrarlo. Más curioso aun es que, muchos años después, en el contexto de una polémica que no tenía nada que ver con el asunto, se sacan a colación ciertas frases de este libro. Entonces, me doy cuenta de que durante todos estos años se habían guardado muchas cosas. La coyuntura cambió y se utilizó ese libro para atacarme en un debate que no tenía por qué llegar a ese tema. Eso te revela las grandes pasiones que hay.

El viejo saurio aún no se retira

FT: Hace algún tiempo, no sé si en una entrevista o en un texto suyo, leí que usted estaba trabajando sobre un personaje llamado Kymper. Incluso, en una entrevista reciente, menciona el título de la novela, Kymper perseguido. ¿Cómo va el trabajo de esa novela y qué proyectos tiene para después?

MG: Tengo ya ocho capítulos. El problema es que el año pasado me vi envuelto en una serie de compromisos y tuve que dejar de lado la novela. Hace un mes la releí con cierto temor, porque a veces uno lee y ya no le gusta. Creo que la novela se sostiene. Ahora tengo una novela casi terminada que se llama Confesiones de Tamara Fiol; inmediatamente retomo Kymper perseguido, junto con una nueva edición de Celebración de la novela (1996) que se va a llamar Nueva celebración de la novela. El libro original tiene dos partes muy marcadas: la primera es una cosa muy didáctica sobre la narrativa del s. XX; la segunda parte es un texto más personal: es autobiográfica y sobre mi relación con la novela. En cada uno de los ensayos de la segunda sección (“El descubrimiento de la novela”, “Años de aprendizaje” y “Celebración de la novela”), se cuenta la historia de cada uno de mis libros. “Celebración de la novela” es, digamos, la historia secreta de LVT. Después, publiqué un lensayo llamado “El revés de El mundo sin Xóchitl”[3]. Ese ensayo va a salir en la nueva edición; y, además, voy a escribir un texto que vendría a ser el trasfondo de Babel, el paraíso (1993). Va a ser, para mí, una oportunidad para hacer un balance de mi estancia en China. Todo eso tiene que ver con el país, finalmente. Además, una de las cosas que me interesa, en este momento, es tratar de novelar lo ocurrido en el país desde mi perspectiva. Una de esas novelas es Kymper perseguido, que es la historia de un sujeto que es perseguido por Sendero, por un grupo paramilitar y por su mujer. Confesiones de Tamara Fiol pertenece a un ciclo de tres novelas sobre mujeres que, en algún momento, abrigaron una militancia. Primero es esta, luego viene otra novela que se llama Diario de Elena y la otra es Cartas de Deyanira Urribarri, en la que voy a tratar de abordar el problema de Norah[4], la mujer de Abimael Guzmán. Creo que esas tres novelas, más Kymper perseguido, serán lo que yo pueda decir de este hecho.

FT: ¿Podría comentar un poco más sobre este ciclo de novelas?

MG: La anécdota de Confesiones de Tamara Fiol es la siguiente: un periodista de guerra, que vive en Nueva York, está desocupado, conoce a unos peruanos y se interesa por la guerra que está ocurriendo en el país. Estamos en el 92, meses antes de la matanza de Canto Grande. Entonces, él viene a hacer un reportaje sobre las mujeres de Sendero y quiere llegar a la intimidad, a los universos privados de estas mujeres, y se encuentra con que no puede porque hay una especie de blindaje ideológico. Se publica su reportaje, tiene algún éxito, pero se siente insatisfecho porque no ha logrado verdaderamente calar en la vida, en el espíritu de estas mujeres. Mientras está haciendo este reportaje conoce a Tamara Fiol y le interesa porque es una mujer que también tuvo una militancia años atrás. Ya que no ha podido llegar a la intimidad de estas mujeres quiere llegar a la intimidad de esta mujer. El intento de esta novela es abarcar, con el mayor celo posible, las distintas facetas de la personalidad de una mujer. El otro personaje, Norah, sí es una mujer entregada absolutamente a la militancia y a la revolución. Además, estas mujeres, aun cuando no fueron mujeres muy simpáticas, fueron muy fuertes, muy violentas y arriesgaron sus vidas tremendamente. Mi intento es mostrar, suspendiendo mi juicio moral, a esas mujeres y sus historias. Pienso que con estas cuatro novelas, salvo que salga alguna otra por ahí, terminaría este ciclo. No lo sé. Uno siempre vuelve sobre ciertos temas.


[1] Monteagudo, Cecilia y Víctor Vich, eds. Del Viento, el Poder y la Memoria. Materiales para una lectura crítica de Miguel Gutiérrez. Lima: Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú, 2002.

[2] El hijastro de Gutiérrez murió durante la matanza de presos por terrorismo en el penal de El Frontón ocurrida el 19 de abril de 1986, durante el gobierno de Alan García. Años después, en mayo de 1992, su esposa fue asesinada, en circunstancias similares, durante la matanza del penal de Canto Grande, pocas semanas después del autogolpe de Alberto Fujimori.

[3] Incluido en: Gutiérrez, Miguel. La novela en dos textos. Lima: Derrama Magisterial, 2002.

[4] Alias por el que se conocía a Augusta La Torre, fundadora y número dos de Sendero Luminoso hasta su muerte en 1991.

Semáforos de madrugada

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Voy a empezar a colgar ficción de cuando en cuando por acá. Primero, va un cuento que tiene demasiado tiempo de escrito.

Semáforos de madrugada

Es probable que para alguien más no sean un problema, pero yo jamás he soportado los semáforos. Si alguno de mis colegas, alguno de esos miles de taxistas que recorren la ciudad como si fueran un espesa corriente de sangre cargada de colesterol, me escuchara, se reiría y empezaría a hacer burlas acerca mi nula disposición para el trabajo real y apoyaría su sentencia en un veloz repaso de mis labios inexistentes, casi cortados con gilette, mi nariz recta y los ojos que heredé de mi madre. (Aunque no lo diría, se lo leería en la mirada y en alguna de las comisuras de la boca, levantándose apenas como para señalar, en breve, que no, pues, Miguelito, tu culo es muy rosado como para que estés esperando.)

Si se diera ese caso, me vería obligado a repetir lo que siempre le digo a mi mujer acerca de esas luces que estructuran cada uno de mis días desde hace más de quince años: cuando está en rojo –y yo inmóvil—, el semáforo, aunque por pocos segundos, me expulsa de la inercia que produce conducir interminablemente por las calles de Lima en busca de pasajeros o de alguna dirección a la cual, a pesar del tiempo que llevo en esto y que la experiencia me diga que las esquivas probabilidades con frecuencia se estrellan con las coincidencias, estoy seguro de que nunca regresaré. En esos segundos, que sumados por días, meses y años acumulan un tiempo respetable, pienso. Más que pensar, recuerdo las circunstancias que me depositaron en este asiento, frente a este volante, el mismo lugar que ocupaba mi padre al llevarnos a Chaclacayo en invierno, o al sur, en verano, para un fin de semana en una playa tranquila, a muchas horas del desorden de Lima, ese caos en el que, desde el 93, es en lo único que me puedo sumergir. Por eso, luego de intentar todos los horarios posibles, decidí que las madrugadas eran lo mejor: en ellas, los semáforos están en un permanente oscilar rojo que no significa nada más que es muy tarde y que, a estas horas, la ley puede permitirse un descanso.

Como ahora, que manejo por Javier Prado y doblo a la izquierda en Camino Real siguiendo rumbo hacia Miraflores, al encuentro de los bares, primero, del Óvalo Gutiérrez y, si no hay suerte, hacia Comandante Espinar, para luego doblar en Pardo y llegar al Parque Central, en busca de muchachos y muchachas que, como yo hace ya varios años, dilapidan su tiempo, afectos y dinero en los establecimientos de Berlín y Larco. Ahora las cosas ya no van tan bien como hace un tiempo, cuando empecé en este negocio y el flamante auto de mi padre inspiraba una incuestionable confianza en los clientes de esos años: un delincuente, pensarían, no puede permitirse un auto así; debe ser buena gente, de confianza. Por estos días, las cosas ya no son tanto así. Luego de algunos choques que afearon su fisonomía, el mío es un taxi más que ha absorbido los olores que suelen emanar los clientes de madrugada. Y ya se sabe: cuando algo huele mal, la confianza no es posible.

Sí, ahora necesito mucha suerte. En estos días, ella, y ya no Cristo, es mi copiloto. Sobre todo ahora que no quiero volver a casa.

Hay suerte. Un brazo de mujer se estira en la esquina del Bohemia y Comandante Espinar. Me detengo y la pareja (recién ahora reconozco a un hombre al lado) se acerca un tanto vacilante.

“¿Cuánto hasta Las Casuarinas y de ahí una carrera a San Borja Sur?”, dice el hombre, relajando las erres y estirando las eses hasta que casi suenan a zumbido.

“Todo, cincuenta soles.”, contesto mientras trato de ver su rostro y encontrar un gesto que me permita, a mí también, distinguir algo de tranquilidad en un ebrio de madrugada.

“Mucho ,maestro.”, responde tratando de mostrar una calle que a toda evidencia no posee.

“Es lo justo, hermano. Está un poco lejos y mira la hora que es.”

“30 está bien”, interviene la mujer desde un rincón de la ventanilla. No la veo, pero su voz queda resonándome en la cabeza e intento darme una idea de su rostro –su cuerpo, pude apreciarlo al verla detener el taxi en esa esquina pobremente iluminada, parece ser delgado y conserva (aunque no podría decirse que es una jovencita) firmes los músculos de los muslos y brazos.

“No, ni hablar. 40 y quedamos así.”

Intercambian unas miradas y el hombre le contesta que lo tomen, está cansado y sólo quiere echarse a dormir. Finalmente aceptan y entran al taxi. Segundos después, rodeo el Óvalo y ya estamos en camino.

Una de las mayores curiosidades que uno desarrolla en este oficio es la de tratar de reconocer los gestos de los pasajeros por el retrovisor. La carrera de hoy no es una excepción y lo hago con sigilo, un curioso roedor rondando los restos que alguien, con descuido, dejó en el piso de la cocina. De primera impresión, no son tan diferentes a los pasajeros que a estas horas y por esta zona recojo habitualmente. No se les ve con claridad, pero sé que su piel es tan blanca como la mía. Y en ese instante, cuando me siento más cerca de ellos, aunque separado por el par de asientos que se levantan como una muralla que selecciona y coloca a cada uno en su lugar, la reconozco.

Al principio no me di cuenta de que era ella, total, la última vez que la vi fue pocos días antes de la mudanza, hace más de quince años. Mi padre había perdido pocos meses atrás el empleo que nos mantenía muy cómodos a todos y no había sido capaz de obtener otro. Los ahorros que habían logrado que sobreviviéramos con el mismo ritmo de vida y gastos habían llegado a un punto en el cual se hacía impostergable la mudanza a una casa más chica, sin lujos y que nos permitiera seguir viviendo juntos. El inicio, para mí, fue duro. Dejar la universidad apenas habiéndola comenzado y tener que subirme al auto familiar para llevar un  poco de dinero a casa de mis padres no estaba en mis planes de egresado del Markham: como sucedió con muchos de mis compañeros de colegio, mi destino estaba en una gran oficina en la gerencia de un banco, desde la cual tomaría decisiones que afectarían la vida de la gente que, como yo ahora, trabajaba todo el día para ganar lo que yo iba a pagar por un almuerzo.

Pero sí, era ella, Sofía, la muchacha de grandes ojos café y piel acariciable y blanca, dueña de ese par de piernas que se apoderaron de muchos de los sueños de los jóvenes herederos del barrio  de clase alta en el que vivimos casi uno al lado del otro por tantos años. Sí, era Sofía. Los recuerdos no podían estarme jugando una pasada. Era ella, en el lugar donde siempre la quise, en ese asiento de atrás abrazada a mí y siempre hablando con esa voz –claro, la voz, ahí estaba la clave— que arrullaba aún cuando insultaba.

Pero aquél no era yo.

Yo soy un taxista y ella la que me paga. Me convertí en otra persona, un sujeto que trabaja día a día para sobrevivir y, al parecer, ella no; ella seguía igual, sin los surcos en la cara que son la señal de tantas horas de mala noche llevando de aquí para allá a gente que se despreocupa de sus labores en las madrugadas y se entrega al torrente nocturno de reacciones impulsadas por el alcohol y esa otra embriaguez, más permanente que la alcohólica, aquella que viene sólo con una buena posición en una empresa grande o de un marido que ocupa el confortable sillón en el que yo, si las cosas no se hubieran quebrado con tanta radicalidad desde ese 1992, debería estar tomando decisiones más importantes que la ruta menos larga para llegar de un punto a otro de la ciudad.

Continúo observándola desde el pequeño espejo. A él lo escucho en un concierto de consonantes resbalando con fricción desde su boca, a cada cual más delirante. Que la empresa va bien, que una nueva casa, más grande que la que habitaba y más moderna, con al menos tres autos en una cochera para cinco; ese era el siguiente paso en su carrera iluminada por billetes que ya no se devalúan, como en el 92, con una feroz velocidad. Hasta ahora no ha sucedido, pero es inevitable que ocurra: nuestros ojos se encontrarán y sé que ella me mirará con reproche.

Es entonces que decido emprender el juego y la llamo como lo hacía en ese entonces, cuando, al igual que los otros chicos del barrio y del Markham, su cuerpo joven, de piernas blancas con un leve matiz rosa, me quitaba el sueño y convertía mis noches en un agitado insomnio.

“Sofi”, llamo su atención. “¿Eres tú, Sofi?”

Sofía se queda con la mirada prendida de esos ojos que, ella no lo sabe pero así ha sido, la vienen mirando desde que ella y su alcoholizado acompañante decidieron subir a mi taxi.

“Soy Miguel, Urdanivia. Fuimos vecinos hace mucho tiempo. ¿Vivías en Las Lomas, no?”

Se toma un tiempo breve, en el cual no pestañea. Finalmente contesta.

“¿Miguel? ¿Miki? ¡Dios santo, no te reconocí!”

“Si, bueno –río–, he cambiado un poco”, le respondo y guardo un silencio que me incomoda. “Pero tú estás igualita.”

“¡Qué dices! He cambiado mucho. Ya casi no puedo comer nada porque me engordo como no tienes idea. ¡Ay, que malcriada!” –exclama y deja de verme por el espejo para fijar los ojos en el borracho que lleva al lado. “Te presento a Alfredo, mi novio. Mi amor, Miki y yo crecimos en el mismo barrio, allá en Las Lomas, ¿te acuerdas cuando empezamos?”

“Ah. Mucho gusto.”, responde con sequedad.

“Qué tal, Alfredo.”

“Alfredo vive en Las Casuarinas, en esa casa grandota que era de los Stucchi, ¿te acuerdas?”

“Claro, muy linda era.”

“Ahora lo llevo para allá porque así como está no puede manejar.”, deja soltar una sonrisa coqueta. Luego vuelve a dirigirse a Alfredo.

“¿Ves, mi amor, que ya puedes irte tranquilo sin que me pase nada? Miki me va a llevar muy segura a casa. ¿No es verdad?”

“Por supuesto. Es una suerte que haya sido yo y no otro, uno de esos que asaltan a la gente y venden borrachos en las madrugadas.”

“¡Ay, qué cosas dices, Miki! Así lo vas a volver a asustar.”

“No, en serio, es para tranquilizarlo. Conozco este negocio y sé que hay peligros. Sobre todo a estas horas.”

Durante todo el tiempo que hablamos he mirado su rostro, intermitentemente, en la semi penumbra del asiento de atrás. No he dejado de pensar en Sofi y cuánto de ella, es una lástima, no ha cambiado. Esas pequeñas exclamaciones, las risas de niña. No voy a negar que sigue siendo muy linda, pero hay algo en esa forma de perennizar el pasado que me incomoda hasta ponerme de mal humor. Debe ser, pienso, que me recuerda a mi padre diciendo que tenemos que vender la casa y mudarnos a otra más pequeña, en uno de esos distritos con la población más concentrada. O tal vez a los gritos de mi madre al enterarse de que mi padre había perdido el dinero de la venta de la casa, lo último que nos quedaba, en una mala jugada en la bolsa. O, mejor, el día en que le pedí a mi padre las llaves del auto, no para salir con alguna chica, sino para debutar en este oficio en el que me he mantenido más de quince años, y pude descubrir un relámpago de fracaso en su manera de descomponerse mientras buscaba el llavero en cada uno de los bolsillos del traje, para encontrarlo, finalmente, donde siempre lo llevaba, en el bolsillo derecho del pantalón.

Lima es una ciudad muy particular; en cuestión de minutos –y esto lo sé gracias al oficio que tengo— puede pasar de una impactante hermosura a una sordidez que atrae a la gente como una vela a los zancudos en verano. Transcurrimos varios kilómetros de la ciudad en silencio. En realidad, no es silencio, sino más bien ese vacío que aparece como consecuencia de conversar sobre trivialidades. “Cómo ha cambiado la ciudad, Miki. Ya no es como antes, tú lo debes saber.” “Sí, así es, pero ya sabes, uno se las ingenia y sigue vivo.” Tras mucho de esta cháchara llegamos finalmente a la puerta de esa gran urbanización en que se ha convertido Las Casuarinas. Está protegida por rejas en cada una de sus entradas principales. A la que llego la protegen dos guardias de seguridad armados. Uno de ellos, bajo pero fornido, me pregunta hacia dónde nos dirigimos.

“Hola, López.”, dice Alfredo inclinándose hacia mi ventanilla desde el asiento de atrás.

“Ah, señor Marcone, como está.”, contesta el guardia cambiando el tono; luego, se dirige a Sofi, acompañando el saludo con un respetuoso movimiento de cabeza, “Señorita…”

Después de este intercambio, avanzo y, tras unos diez minutos recorriendo las sinuosas calles de la urbanización –guiado sin necesidad por las confusas direcciones de Alfredo— llegamos a la antigua residencia de los Stucchi, en la que pasé varias tardes felices, comiendo helado y tortas, primero, durante las fiestas de cumpleaños; y bebiendo los tragos de don Augusto Stucchi, después, durante los últimos años en que asistí a esas mismas fiestas de los gemelos.

Al detenernos, Alfredo besa a Sofi con la pasión etílica propia de estas horas. Después se dirige a mí.

“Gracias, flaco”, dice a la vez que me entrega un billete de 50. “Te la encargo mucho, ¿eh?”

Hago el gesto de buscar el cambio en el monedero que llevo detrás del volante.

“No, no, no te preocupes por el vuelto. Sólo llévamela tranquila y a salvo.”

“Gracias.”, le contesto para luego seguir observando, por algunos segundos más, el beso desaforado que le encaja a Sofi, casi haciéndola desaparecer del retrovisor, cubierta por el enorme cuerpo de Alfredo Marcone.

Desciende del auto y camina tambaleante hacia una puerta tras la cual desaparece luego de probar varias de las llaves que lleva en el bolsillo. Arranco y, segundos después, le pregunto a Sofi:

“¿Y hace cuánto que están juntos?”

“¡Uyyy! Hace cinco años más o menos.”

“Eso es casi un record. Cinco años sin casarse y seguir de novios es de respetarse, por lo menos para los que vivimos acá, ¿no?”

Sofía se ríe y dice:

“¿Sí, no?

Luego hace una pausa que se quiebra con una pregunta que, por el tono de su voz, parece que le ha estado rondando la cabeza desde que supo quién era el taxista que la estaba llevando a casa.

“¿Qué pasó contigo, Miki? Cuando regresé a Lima la primera vez, tú ya no estabas en el barrio.”

Suelto una risotada y le cuento todo: mi padre trabajaba en una importante sociedad de auditoría. Si bien no era el dueño, era parte de la gerencia y sus decisiones afectaban visiblemente el desempeño de todos y las ganancias de la compañía. El problema es que la mayoría de esas decisiones –y, en consecuencia, los trabajos que obtenía la sociedad— tenían que ver con empresas del Estado. Y entonces llegó el golpe del 92  y, entre muchas más cosas que sucedieron, la Contraloría fue intervenida. Después de eso no hubo mucho trabajo, ni dinero, ni puestos. La sociedad se disolvió y mi padre quedó sin empleo. Nunca más volvió a trabajar.

No tengo ninguna seguridad de que me esté escuchando, pero Sofi trata de mostrar (“Qué triste, Miki. Cuánto lo siento.”) una despreocupada empatía, eso sí, sin dejar de retocarse frente a un pequeño espejo dorado.

“Sí, fue duro. Pero al menos no me morí.”

Recorremos un tramo extenso en silencio. Ella abstraída en no llegar menos bella de lo que salió a casa; yo pensando cada vez menos en la Sofi de mi adolescencia y, progresivamente, más en la mujer que, si bien no espera por mí –eso lo tengo claro—, al menos sigue compartiendo la misma cama que yo.

“Oye, Miki, ¿te puedo pedir un favor?”, me dice luego de devolver el espejito a su bolso.

“Mientras no sea dinero, todo bien.”

“No, no es eso, tonto, cómo podría… En vez de ir a San Borja Sur, vamos a Javier Prado con la Arequipa. Es más cerca y no vas a gastar más gasolina.”

“Claro, tú eres la cliente.”

“Gracias, Miki, eres lo máximo.”

El resto del camino hacia la nueva dirección lo hicimos hablando tonterías. De vez en cuando en la radio sonaba alguna canción que estuvo de moda durante el tiempo que compartimos espacios y experiencias, dentro de esa gran burbuja que nuestros padres compusieron para nosotros. Y las cantamos.

Finalmente llegamos al cruce.

En la esquina del Banco de la Nación reconozco la silueta de un hombre, un cigarrillo encendido en la mano.

“Aquí nomás déjame, Miki.”

Obedezco y me detengo. El hombre se acerca a mi viejo auto y abre la puerta. Sofi desciende y le da un enorme beso, cargado de la misma fuerza que el que le acababa de dar a Alfredo Marcone hacía unos pocos minutos. Luego, ella se acerca a la ventanilla y me mira detenidamente antes de despedirse.

“Chau, Miki. Qué bueno encontrarte. Tal vez te vea de nuevo alguna otra noche.”

Miro sus ojos y sé que es mentira. Que los sonidos que emite son sólo unas palabras de compromiso, aquellas que se le dan, como limosna, a alguien que no puede evitar sentirse en picada desde hace mucho tiempo, sin visos de que un piso de mármol lo detenga. Le contestó con un “Claro, Sofi, ya sabes por dónde y a qué hora encontrarme.” Ella sonríe y vuelve a despedirse.

En ese instante, cuando sus ojos ya no me ven y su sonrisa, ahora, se dirige hacia la persona que la espera en la esquina, me decido.

“Flaco”, le digo al hombre que fuma. “Todavía no me han cancelado la carrera.”

El hombre se acerca y con mirada inquisitiva pide que le repita lo que dije.

“La señorita”, la señalo con un movimiento de cabeza, “todavía no me ha cancelado.”

El tipo voltea a verla. Ella dirige su mirada hacia el auto –por la oscuridad es imposible que lo haga hacia mí—. Luego se acerca y me dice unas cuantas palabras en voz baja. Su mirada se vuelve cruel y me increpa lo que estoy haciendo.

“No me ha pagado, señorita. Y venimos desde muy lejos”, digo en una voz más alta de lo normal, como para que él me escuche. Ella sigue sin creer lo que digo y, sin apartar sus ojos de los míos, también levanta un poco la voz. Finalmente, voltea y escucho que le dice, con una voz envuelta en mimos de niña que, a su edad, ya dan un poco de vergüenza:

“Págale, mi amor. Son 30 soles.”

Al escucharla, me asomo más hacia la ventanilla del copiloto.

“No, señorita, es el doble. ¿Se acuerda que fueron dos carreras?”

Sofi no voltea. Sólo le dice que sí, mi amor, ya sabes cuán despistada soy a veces, son 60 soles.

El tipo me paga, regresa hacia ella y, juntos, emprenden, abrazados, el camino hacia Miraflores por la Arequipa. Los veo caminar y pienso que con esto ya puedo ir a dormir más temprano a casa. Continúo un rato más viendo sus siluetas deshacerse en la noche.

Arranco.

“Viéndola bien, es una pena que de espaldas ahora se parezca tanto a su madre.”, pienso.
 

El gobierno del genocida Efraín Ríos Montt en caricaturas

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Ayer, en Guatemala, condenaron a Efraín Ríos Montt a ochenta años de prisión por genocidio. Más allá de la cantidad de años y de que vaya a morir en prisión, el hecho de que el militar evangelista haya sido condenado por genocidio es algo importante.

En este enlace, se puede leer el primer capítulo del informe presentado en 1999 por la Comisión para el Esclarecimiento Histórico de Guatemala, equivalente a la CVR peruana; la sección que se refiere al gobierno de Ríos Montt va de la página 193 a la 201. Todo el informe se encuentra online y es de los más fuertes que he podido leer.

En Perú, tenemos varios ex jefes de Estado que deberían ser juzgados por genocidio, vivos y muertos, no solo Alberto Fujimori. En esa lista también deberían acompañarlo Alan García por casos como el de la matanza de Cayara y alguien a quien poca gente menciona, Fernando Belaunde, celebrado casi unánimemente como “patricio de la democracia”, cuando, durante su primer gobierno ametralló y bombardeó con napalm a los indígenas mayoruna en nombre de “la conquista del Perú por los peruanos”.

A propósito de la condena a Ríos Montt, cuelgo las páginas del libro de historia gráfica “La otra Historia (De los Mayas al Informe de la ‘Comisión de la Verdad’) de José Manuel Chacón, Filóchofo, referidas al año y medio ( 1982 – 1983) de “El General”, desde el golpe que lo llevó al poder hasta el que lo derrocó, y que sirvieron para disfrazar una limpieza étnica con eufemismos tan asquerosos como “mejor control de la población indígena”.

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Filóchofo. La otra Historia (De los Mayas al Informe de la “Comisión de la Verdad”). 10ª ed. Ciudad de Guatemala: Edición de autor, 1999, pp. 140 – 146.

El nervio de la soledad

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Paolo Giordano y sus adultos jóvenes freaks me dejaron casi bizco por soplarme tres centenares de páginas de autocomplacencia sin pizca de emoción. (Además de haber sido tan imbécil de no haberme dado cuenta de que, al ladito de la edición que compré, estaba la de bolsillo a un tercio de lo que pagué por una novela que se deprecia a la quinta parte ni bien se pisa la calle con la factura en el bolsillo.) Y mejor no empiezo con Zambra a quien todavía me resisto a coger de punching bag por ser una persona decente y escribir con medida y clemencia.

Pero esta semana leí una novela que me encantó, italiana, contemporánea, sobre parejas, nada pretenciosa y excelentemente escrita: Nadie se salva solo, de Margaret Mazzantini.

La historia es muy sencilla: Gaetano y Delia son un matrimonio separado que comparten dos hijos pequeños. Están compartiendo una incómoda cena a partir de la cual se desarrolla su historia, cómo llegaron a separarse y los pequeños detalles que destruyeron su relación. Nada más. Gaetano es un escritor de guiones para TV; Delia, una nutricionista ex anoréxica.

El punto fuerte de la novela es el desarrollo de los personajes y la atención a los detalles que presta Mazzantini para construirlos. Gaetano se presenta lleno de estereotipos de escritor wannabe que recala en un trabajo de ganapán para mantener a la familia que construyó con Delia, de quien se enamoró por verla quebrada, dañada.

El título de la novela insiste en la necesidad de algo o alguien para sobrellevar las crisis personales o de cualquier tipo; sin embargo, esta es una novela que acaricia la soledad a cada renglón. Durante toda la cena, en la que entre Gaetano y Delia hay una tensión liberada por puyazos y un helado estrellado en la cara de él, hay un contrapunto con una pareja anciana en otra mesa. El anciano está por morir y se los dice, pidiéndoles que recen por él, hacia el final de la novela. Esta es una novela sobre la soledad inherente al matrimonio y que se soslaya en la pantomima de las alianzas. Los matrimonios están destinados a estrellarse con la muerte o con la ley civil y a terminar en soledad.

Esta novela no es Kramer vs Kramer o Husbands and Wives. Esta novela es el limbo en el que se queda luego de una separación, el más duro y neblinoso de una relación afectiva. Mazzantini narra esos momentos en los que la confusión se convierte en guía y la razón tan sólo en un estorbo.

A pesar de reflexionar sobre relaciones y matrimonios, tal vez precisamente por ello, esta es una historia en la que el miedo a la soledad es el nervio. Me hizo pensar mucho acerca del momento en el que me golpeó la soledad. Uno no se da cuenta ni lo siente. Sólo lo experimenta . Y siente los efectos. Y luego se cura.

Nadie se salva solo también fue un best-seller por eso llegué a ella y la leí. Pero que diferencia con el mamarracho de Giordano. Y mejor no empiezo con Zambra.

Mazzantini, Margaret. Nadie se salva solo. México DF: Alfaguara, 2012

Art Lima: De terror y censura

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Quiero partir de la premisa de que para todo el mundo es fastidioso hablar de censura, sea cual fuere el espacio en el que vaya a darse la discusión. Creo que lo es más aun cuando el terreno de discusión basa, fundamentalmente, su desempeño en el ejercicio de la libertad (por favor, no confundan estas últimas cuatro palabras con el discurso que incesantemente viene repitiendo Margaret Vargas Llosa desde mitad de los setenta). Con esto último me quiero referir, estrictamente, al ejercicio de las artes y humanidades en el Perú y a la confusa relación que ha sostenido con lo que se podría llamar libertad de ideas o pensamiento.

Ejemplos para esto no faltan. Sin embargo,  debido a una serie de factores que van desde el repudio justificado al terrorismo de Sendero Luminoso y el MRTA, la glorificación acrítica de las FF. AA., hasta la falaz bonanza económica de los últimos años, pasando por una fobia a todo lo que se desvíe un poco a la izquierda en el panorama ideológico; pues nos encontraremos con que, en las artes plásticas, la censura ha tenido bastante que ver con la guerra interna y la visión fuerte y crítica de los artistas frente a la acción no solo de SL y el MRTA, sino también de las FF. AA. y el Estado, agentes activos durante este periodo.

Hace algunos años, el dibujante Piero Quijano vio censurado, por el segundo gobierno de Alan García, uno de sus más interesantes dibujos, aquel que utiliza la celebre fotografía de los soldados norteamericanos en Iwo Jima como modelo y la subvierte. En ella, Quijano, bajo el seudónimo de Martín Ikeda, muestra a soldados peruanos no izando una bandera, sino clavando una bayoneta en un campesino quien reposa, lengua afuera, con el brazo extendido sobre una inscripción que reza: “La nación a sus héroes”.

El año pasado, en la varias veces cuestionada sala Miró Quesada de Miraflores, se montó la muestra “Vigilar y castigar: una breve historia sobre la censura en el Perú”. Lo curioso es que esta muestra sobre la censura presentó una pieza autocensurada de la artista Cristina Planas que consistía, en un inicio, de una representación de Abimael Guzmán, en su ya vuelto  icónico traje a rayas, como si fuera una wawa. Mientras se observaba la pieza uno escuchaba el tema, también icónico, de “Zorba, el griego”. En su espalda, la silueta de un cadáver. La muestra coincidió con el vigésimo aniversario del atentado de Tarata, ocurrido apenas a un par de cuadras de la sala. Entonces, hubo un problema y se decidió no sacar la pieza sino intervenirla colocando en la pared varias veces la palabra “asesino”. Autocensura o intervención en una muestra sobre la censura.

También el año pasado, se censuró, en Octubre, la muestra “20 años de la historia en el Perú”, curada por Karen Bernedo, planteada como homenaje a María Elena Moyano, a las víctimas de Tarata, a los participantes en la marcha por la paz en Villa El Salvador y como conmemoración de la captura de Guzmán. Esto sucedió incluso cuando el material exhibido había sido presentado y aprobado con antelación. “La muestra ha sido organizada junto con el CMAN (Comisión Multisectorial de Alto Nivel) y fue retirada por orden del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos. Es una orden sin ninguna explicación”, declaró entonces Bernedo a Diario 16. Los trabajos retirados pertenecían a los artistas Juan Acevedo, Jesús Cossío y Álvaro Portales.

Y, hace muy poco, volvió a suceder. El tríptico “Iconoclasia” del artista Alán Carrasco fue censurado en la feria internacional de arte Art Lima.

Art Lima es una de las dos ferias de arte que se vienen realizando desde hoy en simultáneo en Lima. (De la otra, Parc –Perú Arte Contemporáneo—, no me ocuparé porque el fin de ambas, abrir un mercado de arte inexistente en Lima, no es el punto de este post y no me parece criticable en sí mismo.) La singularidad de Art Lima es que los organizadores eligieron la Escuela Superior de Guerra del Perú como espacio para la feria. Cito la carta abierta que el artista Ángel Valdez circuló hace algunas semanas: “En la fachada de esta Escuela había una inscripción que por manida suena a parodia: Las ideas se exponen, no se imponen. Lo cierto es que en estas aulas estudiaron los oficiales que firmaron el acta de sujeción al capitán Vladimiro Montesinos. Por allí pasaron los generales que planearon las estrategias del Falso Paquisha durante el conflicto con el Ecuador. Es muy probable que el Manual de Lucha Antisubversiva, con el que se asesinó a gente inocente, fue [sic] un documento de consulta obligatoria de la Escuela durante la guerra interna. Probablemente los últimos golpes de estado se cocinaron aquí y en el Pentagonito. Hoy los oficiales del ejercito aplican torturas a los novatos y los quieren como carne de cañón en el VRAE al reimplantar el servicio militar obligatorio (¡?) para abandonarlos luego a su suerte.”

Cierto, todas las afirmaciones de Valdez pueden ser llamadas suposiciones. Lo que no es falso es la carga simbólica que no puede habérsele escapado a los curadores y consultores a quienes se acudió para armar este evento, tan largamente anunciado, y que es lo que resalta en el fragmento de la carta de Valdez citado en el párrafo anterior. ¿Es que acaso no había un espacio más conveniente para realizar la feria? El puericultorio Pérez Araníbar o el Hospital Larco Herrera me parecen edificios hermosos que ya han sido utilizados para otros eventos y que podrían haber aprovechado el dinero del alquiler mejor que el Ejército.

Ahora, llevando más allá la designación del local para el evento, me es difícil ver la censura a Carrasco fuera del discurso del negacionismo. Ese discurso que prefiere mandar callar a la ciudadanía antes que discutir asuntos irresueltos del pasado. Ese discurso que desde la política no quiere discutir con Sendero Luminoso por llamarlos desquiciados, cuando en realidad son débiles, incapaces de sostener un debate ideológico. Ese discurso que desde la academia es incapaz de enfrentarlo porque es tan soberbio que se oculta en la muletilla de “no bajar a su nivel” y quedarse en una producción intelectual que no combate nada ni a nadie. Ese discurso que desde el arte prefiere descolgar cuadros que interpelen a artistas, público o coleccionistas a que generen producción, discusión, pensamiento, debate.

Alfredo Márquez, quien pagó cárcel por su Mao con labios de Marilyn, le escribe a Carrasco en su muro de Facebook: “es fascinante como tus piezas intervenidas con el texto CENSURADO se resignifican… Estas imágenes cuyos textos ‘significantes’ han sido sustraídos evidencian lo rotundo de la ausencia, pero el hecho que la pieza sea retira es más elocuente que su propia exhibición… “.

Esa ausencia nos dice que a quien haya ordenado la censura no le interesa dialogar sobre los años de violencia. No le interesa hablar de su papel ni del papel de los otros ni de la ciudadanía ni de nada. Solo le interesa el silencio. Y el borrón y cuenta nueva. Tan bonito y limpio como una balada de Pandora.

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