walser

A Robert Walser lo comencé a leer en serio durante las largas semanas que, de cuando en cuando, me arrebataban y depositaban jornadas enteras en la biblioteca de la universidad, en Pittsburgh. En esos periodos, quien me veía pensaba que estaba metido en una investigación fuerte, una de esas que nacen creyendo que van a solucionar problemas estructurales, mientras se deja escribir con una mano en el teclado y la otra en el cinnamon roll. Sin embargo, quien me conocía, se daba cuenta de que, en realidad, solo era un curioso y obsesivo lector al que le encantaba desordenar los anaqueles.

Y así leí a Walser.

Más allá del estigma de la enfermedad mental y su reclusión voluntaria, lo que me conectaba con Walser era (y es) su lucidez para ver la grandeza en los márgenes, en el rechazo a los grandes discursos que intentan explicarte desde el destino trágico de un país hasta, digamos, el IGV, IVA o como se llame en cada región.

La visión de Walser no es desencantada ni amargada ni resignada. Es una toma de posición frente a una interminable lista de discursos normalizadores. Su reclusión voluntaria en un hospital psiquiátrico responde, como sucedió con Martín Adán, a una opción radical por la búsqueda de la felicidad.

La lucidez de Walser (como la de Adán, Van Gogh, Salinger, DF Wallace, Syd Barrett o Daniel Johnston) jamás se sintió derrotada. El hecho de que su producción haya continuado (y se haya complejizado hasta ser críptica) desde una posición de rechazo radical a los discursos normalizadores (ya sean el médico, el legal, el letrado, el racional) habla muy bien del equilibrio al que había llegado Walser para, voluntariamente, extraerse, como una muela con caries, del mundo.

Para él, como para tantos que se enfrentan a la tarea de entender, darle sentido y explicar la cotidianeidad, la opción más efectiva era esa: revestirse de un aura anormal, de locura, inestabilidad, para, desde ese lugar solitario disparar y maltratar todo lo que aprendió que era normal.

Acá va una muestra de lo que hacía Walser.

El talento

Érase una vez un talento que se pasaba días enteros en su habitación, mirando por las ventanas y haciéndose el perezoso.

El talento sabía que era un talento, y este saber absurdo e inútil le daba que pensar todo el día.

Personas de alto rango le habían dicho muchas cosas lisonjeras al pobre y joven talento, y también le habían dado dinero. A la gente rica le gusta a veces, en su noble generosidad, ayudar a un talento, a cambio de lo cual esperan que el señor Gracia de Dios también sea debidamente agradecido y deferente.

Pero nuestro eximio talento no era en absoluto agradecido, cortés ni deferente, sino todo lo contrario, es decir, desfachatado.

Aceptar dinero porque se es un talento, y encima ser desfachatado es, realmente, el colmo de la desfachatez. Querido lector, yo te digo que semejante talento es un monstruo, y te ruego no contribuir nunca, de ningún modo, a promocionarlo.

Nuestro talento hubiera debido frecuentar graciosa y cortésmente la buena sociedad, para entretener a damas y caballeros con su ingenio y su donaire; pero renunciaba con sumo agrado a cumplir tan fatigoso deber y prefería quedarse en casa y disipar su aburrimiento con todo tipo de fantasías egoístas y caprichosas.

¡Miserable y monstruoso tunante! ¡Qué orgullo! ¡Cuánto desamor! ¡Qué falta de modestia tan grande!

Todo el que apoya talentos corre, tarde o temprano, el peligro de tener que poner sobre su mesa un revólver para poder rechazar eventuales agresiones con el arma cargada y el dedo en el gatillo.

Si no me equivoco, un buen día escribió cierto talento la siguiente carta a su benévolo mecenas, hombre de noble corazón:

“Usted sabe que soy un talento y, como tal, necesito ayuda permanente. ¿De dónde saca valor, señor mío, para dejarme en la estacada y, por consiguiente, permitir mi ruina? Creo tener derecho a nuevos pingües anticipos. Pobre de usted, desgraciadísimo, si no me envía en el acto la cantidad necesaria para poder seguir ganduleando. Aunque sé muy bien que no es usted un hombre temerario y, por lo tanto, no se atreverá a permanecer insensible ante mis infames y depredadoras exigencias”.

Cartas tan encantadoras como ésta pueden llegarle con el tiempo a todo amable mecenas o benefactor, por eso exclamo en voz alta: a un talento no hay que darle ni regalarle nada.

Nuestro talento se percató sin duda de que algo tendría que hacer, pero prefirió seguir vagando por calles y plazas y no hizo nada.

Un talento reconocido y elogiado hasta la saciedad se convierte con el tiempo en un señor muy comodón.

Por último, impulsado por ciertos remordimientos de conciencia, nuestro talento logró sacudirse de encima, como quien dice, su talentosísima rutina. Se lanzó al mundo, es decir, echó a andar sin rumbo fijo y, una vez alejado de cualquier tipo de apoyo, volvió a ser él mismo.

Y mientras aprendía a olvidar que hubiera alguien obligado a prestarle ayuda, se acostumbró a responsabilizarse otra vez de su vida y actividades.

Lo caracterizaron cierto impulso hacia la probidad y un profundo deseo de ser valiente, y se cree que sólo por eso no llegó a tener un final miserable.

En: Walser, Robert. Vida de poeta. Madrid: Siruela. 2010. pp. 105 – 107.

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