pacifico

Hace pocas semanas, mientras firmaba una carta de renuncia más, me daba cuenta de un detalle curioso: últimamente, cada vez que dejaba un trabajo, El Aire, la ineludible banda de José Javier Castro, editaba un nuevo disco. De ese tipo de cartas, escribí, ya sea a patadas o carcajadas, cuatro en los tres últimos años. La vez anterior sucedió con la reedición de su primer álbum, cuando me largué de una universidad que me exigía ser más emprendedor;  ahora, me acaba de ocurrir con la reciente salida de ¡Pacífico!, una sólida colección de covers latinoamericanos.

Esta vez, el tanque sonoro comandado por J recurre a la memoria personal y entrega un conjunto de temas engendrado en la promiscuidad de los 45 de una rocola Wurlitzer, mostrándonos el sinuoso camino que lleva de la cantina al burdel. Por eso, no me extrañó leer en una nota que la banda quiso presentar el álbum en Las Cucardas. Aunque las negociaciones fracasaran por falta de interés de la administración del célebre establecimiento del cono norte, no puedo dejar de fantasear con una charla de negocios entre J, el tipo más buena onda de la escena local, y el chino de Las Cucardas, torcido de coca, respirando un vapor de trago rancio, la mano firme en el fierro sobre la mesa.

El álbum, cuenta J, se concibió a partir “del encargo de Don Franklin Cabrejos de hacer ‘El teléfono’, [quien], luego de escuchar ‘Cruel condena’, [nos] propuso el ejercicio de preparar una selección más amplia.” Ambos temas son conocidos por ustedes, queridos ganadores de cantina, en las voces de Segundo Rosero y Lucho Barrios.

La versión de “Cruel condena” que menciona J es la que aparece en otro disco de El Aire, titulado V, y la misma incluida en ¡Pacífico! En ningún otro tema la banda suena más compacta, lo que apuntaría a su rol en la concepción del disco. En esta versión, se deja oír una de las características del disco: la intensidad de los coros y el peso afectivo que proyectan. Al escucharlos, da la impresión de que la banda armoniza sentada alrededor de una mesa, los pies sobre una lámina pringosa de aserrín húmedo. Al respecto, resaltan las similitudes en los arreglos de coros con el sonido que ha desarrollado Cocaína, banda con la que El Aire comparte baterista, Jorge Ramírez.

El otro tema de Cabrejos, “El teléfono”, se deja oír de manera más íntima. La camaradería alcoholizada de “Cruel condena” ha desaparecido. Si en aquel tema la voz de J recibía el apoyo coral de sus compinches, en este uno puede imaginarse a un hombre solo frente a una botella a ¾, marcando un mismo número en un celular con la batería casi muerta, desesperado porque esa desgraciada conteste aunque sea para colgarle.

Aun antes de escucharlos, tres temas estimularon mi curiosidad. Cosa extraña, no vinculé ninguno (como sucedió con el resto que identifiqué) con mis caducos años en las cantinas. Más bien, los relacioné con mis años de infancia (cuatro, cinco años) cuando, en la cocina, acompañaba a mi madre durante los días que pasaba en casa luego de sus guardias en el Rebagliati. Esos días, la radio nunca se callaba: la música que, hacia la mitad de los ochenta ya empezaba a llamarse “del recuerdo”; boleros y valses; comienza la Feria del Hogar; los Shapis; Belaunde, Sendero, García y el pan popular. Así, aparece ese precursor de Hildemaro en lo que a relojear en el país se refiere: Leo Dan con “A la sombra de mi madre”. En esta versión, la voz de J apuesta por el dramatismo, mientras las guitarras le brindan al tema la velocidad justa para brillar. Recuerda a las mejores versiones de Los Trece Baladas, seguramente, por la época de la que proviene el original.

El segundo de estos temas es “Ausencia”, un boleraso del cantante de los cantantes que, tras pasar por el tamiz guitarrero y pop de la banda, termina pareciéndose a una balada nuevaolera. En este tema, J apela nuevamente a un registro dramático, enfatizando un recurso del tema original de Lavoe. En “Ausencia”, los coros suenan aplastantes, demoledores y repiten, como la letanía de un arrastrado, “No importa tu ausencia, te sigo esperando”. Brutal.

El último de este grupo es el éxito de los Shapis, “Corazón andino”. De chico no los escuché mucho, pero los recuerdo, sobre todo a su líder, Chapulín, el dulce, porque salían bastante en la tele, sobre todo, en Ferrando. Incluso, mi hermano y yo practicábamos el célebre saltito de 360° sobre su propio eje, sello y marca de Chapulín. Luego, serían la imagen del pan popular del gobierno aprista. En alguna entrevista, J declaró su admiración por los Shapis al contar que destruyó un caset de la banda de tanto escucharlo. Este tema es de los mejores y, sin querer, un reconocimiento a la apuesta de los Mojarras en los noventa. Nuevamente, el trabajo entre primera voz y coros es compacto y efectivo.

El tema con más punche de ¡Pacífico! es “Abrázame”, de Los York’s. Si en el original resaltaban la voz y performance desaforada de Pablo Luna, en esta versión se enfatizan una sensualidad vocal extraña en J y la versatilidad de Ramírez, combo que logra seducir con susurros marcados con marcialidad. Los coros deslumbran y le inyectan fuerza a otro de los buenos momentos del álbum.

Similar en sonido es “El guillatún”, tema de Violeta Parra escogido, como afirma J, por Ramírez. Ya he mencionado cómo los arreglos vocales refrescan y le dan fuerza a estas versiones. En este aspecto, este tema es el más logrado del álbum. Por su parte, las guitarras de Fernando Mora y Camilo Uriarte, y la batería seca y acompasada, marcan un ritmo perfecto, desencadenando un ambiente lúdico que invita a unirse al juego.

¡Pacífico! cierra con una de Raphael, el niño de Linares: “La canción del trabajo”. Por correo, le pregunté a J acerca de la grabación del álbum y la alineación de la banda durante las sesiones: “En realidad no es la alineación actual, cambia el bajo. En ¡Pacífico! el bajo lo toca, y soberbiamente, otro Aire, Kamilo Riveros, salvo por ‘La canción del trabajo’, que ya la toca Juan Francisco Ortega. Y con Juan Francisco hemos grabado El Aire II, nuestro próximo lanzamiento.” Así, en este tema aparece una versión más cercana a la formación actual. Además, la voz, en este caso, corre por cuenta de Víctor Hugo, vocalista de Mi Jardín Secreto. Por todo esto, el tema suena diferente, desde el nivel de volumen hasta la calidad del sonido. Pero lo que resalta es la buena adaptación de una canción cuyo original presenta melodías bastante ajenas al pop habitual en Víctor Hugo, logro  que constituye su aporte fundamental al tema.

Y eso fue ¡Pacífico! “Cuando crezcas pueblo mío” e “Indiferencia” merecerían desarrollo, pero el espacio, ya saben, es cruel como botella vacía o editor en cierre.

Para terminar, gracias a la banda por liberar el álbum a través de su cuenta en Bandcamp. Yo, en particular, agradeceré que, ya que anuncian El Aire II, me avisen un mes antes del lanzamiento para empezar a buscar chamba cuanto antes.

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