Este texto, en una versión algo distinta, apareció, si no recuerdo mal, en el número 11 de Velaverde. No aparece en la versión online de la revista porque todo ese número es un número fantasma en la red. Creo que es el único que no se llegó a subir. Entonces, ya que nuevamente los Simpson alborotaron el gallinero refiriéndose al Perú y tuvieron el buen gusto de no hablar de la papa a la huancaína, subo este texto sobre representaciones animadas gringas de ayer, hoy y siempre de nuestra bienodiada patria.

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Cantinflas en un globo aerostático en “La vuelta al mundo en ochenta días”, el Indio Fernández obsceno de poder en “La pandilla salvaje” o, ya pues, más cerquita, Tarantino bebiendo whisky del pie de Salma Hayek en “Del crepúsculo al amanecer”. Todas escenas en las que la más grande agencia de publicidad concebible representa a Latinomérica, así, en bloque mexa y sin rubor. Pero de esos filmes no escribiré. Ahora toca invertir tinta en huevos cuadrados, terroristas y mutantes, la amenaza de los cuyes, y en cómo el amigote panzón del norte ha dibujado al Perú desde que, mismo drones, los aviones secuestrados por Al Qaeda se estrellaron contra el World Trade Center. Ah, y también del más grande patriota que ha parido la tierra de Nixon, los Bushes, Clinton y Obama; un visionario que no podía perderse la fiesta: ese palmípedo tan neurótico, pero tan neurótico, que nunca entendió la costumbre de ponerse pantalones.

De palmípedos y huevos cuadrados

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Si con los huevos y gallinas comunes ya es de por sí complicado responder a la pregunta de cuál de los dos fue primero, imagínense los líos en que tendría que verse uno para intentar hacerlo si estos fueran cuadrados. Y mejor no empiezo a hablar de calzoncillos.
En 1949, Carl Barks, uno de los más importantes creadores de historietas de todos los tiempos no tuvo mejor idea que enviar al Pato Donald y sus incontrolables sobrinos en una aventura singular. La llamó Lost in the Andes.

Tras quebrar por accidente unos misteriosos huevos cuadrados provenientes de las exóticas tierras incas, Donald, conserje en un museo y responsable casual del hallazgo, es enviado como cuarto ayudante de la tripulación que tiene como misión encontrar el origen de estos huevos en tierras peruanas. Sus sobrinos Hugo, Paco y Luis tendrán la misión de calmar la siempre inclemente sed de autoridad del tío y lo ayudarán a salir bien parado de esta empresa. O algo así.

No obstante, las cosas no serán tan inocentes como parecen a primera vista.

andes 5El talento de Barks para la narración es indiscutible. Él es el responsable de buena parte de las mejores aventuras de Donald y de varios otros personajes de Disney. Sin embargo, el viejo Freud ya nos dijo que el inconsciente es más fiero que un recién nacido hambriento. Es así que, tras un atribulado viaje en barco y el arribo al Callao, la siguiente viñeta nos muestra a Donald y sobrinos andando por los Andes acompañados de una llama que más parece un huanaco. En sus primeros encuentros con los patos aventureros, nuestros paisanos de 1949 intentan embaucar, bien criollos ellos, a Donald, vendiéndole cuadrados de cemento o dados en lugar de huevos.

Leída ahora, en los tiempos en los que la carrera de Slavoj Zizek como comediante se asienta cada vez con más fuerza, los paralelos entre la manera en que se describe a los habitantes del Perú y aquella que se muestra en, no sé, los Diarios de Colón o las Cartas de Relación de Cortés no pueden dejar de parecer tiernos. Tras buen trajín, encuentran la ciudad perdida de “Plain Awful” (Simplemente Horrible), lugar de origen de las gallinas y huevos cuadrados. El hallazgo guarda muchas similitudes con el que habría hecho Hiram Bingham de Machu Picchu en 1911. La cuestión es que, muy a lo Colón o Cortés (es decir, bien colonizador, este pato sin pantalones), su primera reacción ante los habitantes de la ciudadela es pensar que son salvajes. Más tarde, al comprobar que, no solo no lo son, sino que hablan un singular inglés sureño, cambia de opinión y piensa que son (sí, acertó lector) caníbales. Como quien dice, el paquete completo.

Al final, Donald y los chicos salen victoriosos de su expedición científico/comercial (como debe ser toda empresa colonizadora que se respete) y con dos ejemplares de gallinas cuadradas listas para llenar el mercado de huevos cuadrados. Mala suerte, será para la próxima, querido pato impúdico: te llevaste de vuelta dos gallos y ni una gallina.

De senderistas y mutantes

cable1Imaginen que Sendero Luminoso recuperó fuerzas alrededor del 2001 o 2002 y pudo ejecutar un exitoso operativo para liberar a Abimael Guzmán. Lleven un poco más allá esta apocalíptica visión y regodéense con titulares acerca de senderistas mutantes. Les pido solo un poco más de inventiva: ahora, la única esperanza para derrotar a Sendero y enjaular de nuevo al Cachetón es un X-Men con poderes telekinéticos y telepáticos venido del futuro. ¿Demasiado? No para la Marvel post 11/9. Tal escenario existe y se puede hallar en “Cable Vol. I: The Shining Path”, escrito por David Tischman e ilustrado por Igor Kordey.

cable3El nombre de este soldado mutante es Nathan Summers, alias Cable, nada menos que hijo de Scott Summers, Cíclope. En su misión, sus objetivos son “terroristas, el Comunismo, la limpieza étnica y la opresión de cualquier minoría por parte de una mayoría tiránica… y Sendero Luminoso está a punto de convertirse en la primera baja en la brega de Cable por salvar el futuro cambiando el presente.” God bless Marvel.

Esta historia tiene escenas alucinantes que van desde el rescate de Ernesto Sanz, el líder de Sendero, por parte de un comando de senderistas mutantes al mando de Inza una atractiva mutante quien, no podría ser de otro modo, intentará seducir a Cable; hasta una en la que una voluptuosa militante, en Ayacucho, toma una despreocupada ducha en el campamento mientras canta What a Girl Wants de Christina Aguilera.

En el cómic, Sendero lucha contra la injusticia de un sistema a través de asesinatos políticos y atentados financiados por el narcotráfico y algunas buenas inversiones. Ernesto Sanz, el Guzmán de esta alucinada cable 2ficción, presenta muchos de los rasgos del terrorista oficial de la propaganda fujimorista: aparece rodeado de mujeres y con traje a rayas incluido.

Sin embargo, el delirio máximo se guarda para el final. En una conversación con su mayor financista, Sanz sostiene: “Si Sendero Luminoso no puede tomar el Perú por la Revolución, lo compraremos.” ¿Cómo lo hace? Vende las acciones que posee en varias empresas para comprar la deuda externa del país; y efectivamente la operación se realiza. Felizmente para nosotros, Cable llega a tiempo para recapturar a Sanz antes de que tome posesión de su recién adquirida companía y, suplantando al flamante CEO del Perú, le dice a una reportera norteamericana: “Dígale a la gente que Sendero Luminoso controla la deuda del Perú, pero no haremos nada con ella. Si vamos a gobernar, será por la voluntad del pueblo, no a través de la Revolución.” Misión cumplida, Cable. In Stan Lee We Trust.

De la Muerte Peluda

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Si Homero Simpson lo hizo, en algún momento, los chicos de South Park, Colorado, tenían que llegar al Perú. El encargado de pasearlos por acá fue Trey Parker, uno de los responsables de la corrosiva serie animada que no suele tener piedad al referirse a sus compatriotas y sus idiosincrasias. Porque, si bien “Pandemic”, el episodio doble en el que Cartman, Kyle, Stan y Kenny más Craig llegan hasta Machu Picchu, aborda estereotipos que superficialmente podrían ofender a algún desavisado compatriota, en realidad, el filo de estos dos episodios, a diferencia de los cómics de Barks y la Marvel, está en la forma en que con frecuencia se exotiza a otras culturas desde el vecino del norte, y en complejo de Rambo de sus gobernantes.

Los muchachos se dan cuenta de la cantidad de bandas folklóricas peruanas en su pueblo y del dinero que ganan vendiendo discos y deciden que es un trabajo fácil. Forman una banda, The Llama Brothers, con el dinero de Craig y debutan en un centro comercial con una versión en charangos y zampoñas de Mary Had a Little Lamb. Son un éxito inmediato. La gente se siente atraída al reconocer algo “cultural” en ellos. Al poco tiempo, el Departamento de Homeland Security declara a estas bandas una amenaza a la seguridad mundial y las envía a todas a un campo de concentración en Miami, con intenciones de enviarlas a Guantánamo. Pero hay algo más detrás de todo. Algo que nadie, salvo el Director de Homeland Security, sabe: estas bandas han invadido el mundo porque controlan una plaga que puede destruir el mundo y él está decidido a que esto ocurra de una vez. Es la plaga de la muerte peluda, la plaga de los cuyes. Y uno de los chicos es el único que puede impedirlo.

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En la segunda parte, la población es devorada por cuyes gigantes. Mientras tanto, el Director –que ha enviado a los muchachos a Perú con órdenes de destruir el gobierno de Lima, pero que en realidad los ha dejado varados en un valle de duraznos gigantes en medio de los Andes— vuela a Machu Picchu, seguro de su victoria final.

Sin embargo, los muchachos ya han descubierto todo al interior de unas antiguas ruinas. Existe una antigua profecía inca que narra todo lo acontecido hasta ese momento y predice el final: Craig será el encargado de restaurar el orden en un breve combate con el Director en Machu Picchu.

Este episodio, con todo lo absurdo que parece, le da algunos buenos golpes al afán de policía del mundo que el gobierno de Trey Parker y los chicos de South Park suele mostrar y disfrazar de diseminación de la democracia. También explica un poco por qué cada vez que uno viaja se encuentra con tantas bandas folklóricas. Lo que South Park no explica aún es la existencia de Gastón Acurio y el fenómeno gastronómico.

 

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