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Marcelo y Fernando Brodsky viajando por el Río de La Plata antes del golpe de 1976.

Este texto se publicó en julio del año pasado en el octavo número de Casa de citas. Revista de literatura.

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Prohibido permanecer en este lugar.

Cartel en una fotografía de Marcelo Brodsky.

El silencio es salud.

Frase tomada de A Lexicon of Terror

 

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 Dos epígrafes gobiernan este texto. El primero lo leí, hace algunos años, en una exposición titulada “Los Desaparecidos” en La Antigua, Guatemala. La sección más amplia estaba dedicada al trabajo del fotógrafo argentino Marcelo Brodsky. El material presentado consistía en fotografías extraídas de su propio archivo familiar; en ellas, se registran diversos momentos de su infancia y pubertad. En muchas de las fotos, aparece su hermano Fernando, desaparecido por la Junta Militar argentina durante la segunda mitad de la década de 1970. La frase a la que me refiero aparece en un díptico formado por situaciones muy semejantes. Al lado derecho, en una foto en blanco y negro, un familiar aparece en la borda de un barco que surca el Río de La Plata, de Montevideo a Buenos Aires; el hombre mira hacia el horizonte con una leve sonrisa que podría interpretarse como esperanzada. Al lado izquierdo, Marcelo y Fernando posan en una embarcación similar, haciendo el mismo camino que décadas atrás recorrió el hombre de la primera foto. Los dos hermanos se sostienen de la baranda, al lado de un inocente cartel que reza “Prohibido permanecer en este lugar”. Menos de diez años después, Fernando sería secuestrado y desaparecido por los militares. Por esos años también, el Río de La Plata se convertiría en una inmensa fosa común.

El segundo epígrafe lo tomé del informado libro de Marguerite Feitlowitz, A Lexicon of Terror. “El silencio es salud” fue el slogan de una campaña municipal contra el ruido innecesario de las bocinas de los autos en Buenos Aires, llevada a cabo en 1975, un año antes del golpe que llevaría a Videla al poder. No mucho más tarde, el silencio comenzaría a asegurar no sólo la salud de quien lo conservaba, sino incluso la existencia misma.

Elegí estos dos epígrafes porque señalan un aspecto esencial de lo que Michael Taussig llama “espacios de muerte”: la manipulación de significados como constitutiva y garante de la existencia de dichos espacios. En lo que sigue, me concentraré en el análisis de estos espacios y las dinámicas basadas en el uso y abuso del lenguaje que los configuran a partir de Preso sin nombre, celda sin número, de Jacobo Timerman.

En breve, el relato de Timerman da cuenta de las múltiples experiencias que atravesó el narrador en una cárcel clandestina durante la aterradora primera etapa de la Junta Militar argentina. Así, el libro se presenta como un recuento de las atrocidades a las que fue sometido, las causas o excusas para su encarcelamiento ilegal y las estrategias de supervivencia que empleó para sobrellevar el terror y el absurdo. Fernando Reati, en un artículo en el que se interesa por los testimonios publicados por ex prisioneros de la Junta Militar argentina, perfila algunas características comunes a los relatos testimoniales carcelarios, a saber,

la distorsión del tiempo y el espacio; la presencia abrumadora de la dimensión biológica del cuerpo y sus necesidades (sueño, hambre, sed, defecación, sexualidad); las referencias a múltiples técnicas de supervivencia física y psíquica; los sueños y fantasías acerca del mundo exterior; y la creación de nuevas reglas de socialización con los guardias y los demás detenidos, entre otros. (Reati: 209)

Todas estas características pueden ser encontradas, en mayor o menor medida, en Preso sin nombre, celda sin número. Sin embargo, lo que me interesará del relato de Timerman, será la forma en que estas características se superponen y vinculan en función del lenguaje –o, lo que es lo mismo, la ausencia de éste- para determinar el funcionamiento de los espacios de muerte en el texto. En este intento, puntualmente, me concentraré en la articulación de lenguaje y semántica, silencio e imaginación.

 1. Lenguaje y semántica

En Shamanism, Colonialism and the Wild Man, Taussig elabora, a partir de casos de explotación cauchera británica en el Putumayo a inicios del siglo XX, una sinuosa teoría de los espacios de muerte como lugares regidos por una cultura del terror, pero que, al mismo tiempo que engendran miedos y torturas, también generan la curación de estas heridas. Taussig concibe al espacio de muerte como uno de transformación, un espacio propio de lugares en los que la tortura y la cultura del terror son endémicos, en el cual se produce una articulación o, mejor, un permeado de la cultura de los victimarios por la de las víctimas y viceversa. De este modo, se producen narrativas capaces de crear realidades ficticias, lo que él llama “neblina epistémica”, cuyos efectos alegóricos y literales se presentan como una subversión de ciertas realidades para la confirmación de otras coloniales o, para lo que me interesa, dictatoriales.

Mujer indígena condenada a morir de hambre en el Putumayo durante la fiebre del caucho
Mujer indígena condenada a morir de hambre en el Putumayo durante la fiebre del caucho

Estos espacios, sostiene Taussig, responden a una necesidad de control de poblaciones masivas, clases sociales enteras, e incluso naciones a través de la elaboración cultural del miedo. (Taussig: 8) Esta elaboración cultural del miedo se logra, es obvio, a través de una conquista del lenguaje. Al respecto, Idelber Avelar, en “La práctica de la tortura y la historia de la verdad”, afirma que

la gran victoria del torturador es definir en cuál lengua se nombrará la atrocidad… en el abandono de los nombres ‘dictadura’ y ‘genocidio’, y en la adopción del nombre acuñado por el aparato torturador mismo (‘Proceso de reorganización nacional’), ya se experiencia una importante derrota. (Avelar 2001: 185 – 6)

En este mismo respecto, Feitlowitz consigna unas sintomáticas declaraciones de Renée Epelbaum, una de las Madres de Plaza de Mayo: “It made you psychotic…We could barely ‘read’, let alone ‘translate’ the world around us. And that was exactly what they wanted”. (Feitlowitz: 19) El lenguaje en poder de los torturadores anuncia una primera derrota en ese campo de batalla señalado por Avelar: el léxico (Avelar 2001: 186).

Al respecto, escribe Timerman:

La semántica corría paralela a una realidad que la contradecía todos los días. El gobierno del general Videla se esmeraba en producir hechos pacíficos, hablaba de paz y comprensión, sostenía que la revolución no se había hecho contra nadie en particular, contra ningún sector en especial. Pero los jefes militares organizaron rápidamente sus feudos, cada uno se convirtió en un señor de la guerra en la zona que estaba bajo su control, y se pasó del terrorismo caótico, anárquico, irracional de la guerrilla izquierdista y los escuadrones de la muerte fascistas, a un terrorismo sistematizado, orgánico, racionalmente planificado. (40)

El mismo sentimiento que se desprende de las palabras de Epelbaum destila de las de Timerman. La realidad oficial se esmeraba en presentar realidades evidentemente falseadas o ficcionalizadas. La ansiedad al no poder relacionar un lenguaje cercenado de su vínculo con la realidad es lo que ocasiona esa “psicosis” a la que se refiere Epelbaum y que en Timerman añade un componente de tensión estoicamente contenida. Y es precisamente en este quiebre entre lo que se podría llamar una “semántica oficial” y la realidad que aparece el rol del terror como agente configurador de los espacios de muerte. “With European –escribe Taussig– conquest and colonization, these spaces of death blend into a common pool of key signifiers binding the transforming culture of the conquerer with that of the conquered. But the signifiers are strategically out of joint with what they signify.” (Taussig: 5)

Los significantes articulan los dos extremos que habitan los espacios de muerte, pero estos ya no significan nada o refieren a otra realidad: “Prohibido permanecer en este lugar” o “El silencio es salud” son frases acuñadas antes de la llegada de los militares –aunque la violencia y la contrainsurgencia ya estaban presentes desde muchos años antes- y que luego de ellos y su desbordada verborrea de eufemismos y significantes “out of joint”, cobran un significado paralelo en una realidad palpable.

Es en este mismo sentido que se puede entender el empeño que pusieron los militares en aprehender el lenguaje de los “subversivos”, llegando al punto de dedicarse a estudiar a Gramsci en su afán de combatir la “subversión” y capturar sus significantes[1]. Lo mismo ocurre con algunos discursos de Emilio Massera, integrante de la primera Junta, transcritos por Feitlowitz, en los que –haciendo demostración de un impresionante “epistemic murk”- se produce una apropiación del lenguaje de la izquierda para convertirlo en el de la derecha, produciéndose el efecto perverso que conlleva el que te priven de tus palabras y, con ellas, del habla y la posibilidad de expresión. (Feitlowitz: 26 – 7) Este proceso mimético, también, arrastra un obvio componente de control; copiar es dominar una representación, controlarla. De modo similar, cuenta Feitlowitz, el Ministerio de Educación emprendió campañas destinadas a padres de familia para que reconocieran la “infiltración marxista en las escuelas”. Para ello, recomendaba estar pendiente del uso de un vocabulario determinado; palabras como “diálogo”, “burguesía”, “América Latina”, “explotación”, “cambio estructural”, “capitalismo”, “socialismo”, “popular”, “levantamiento”, “rebelión”, “revolución”, etc. eran el primer e innegable síntoma de la inflitración del lacroso marxismo. (Feitlowitz: 37)

2. Lenguaje y silencio

Y es así que aparece el silencio, el cual, del mismo modo que el lenguaje, ya ha sido ganado por los espacios de terror. Dice Timerman:

Yo fui pura pasividad. Como tenía los ojos vendados, me tomaban de la mano y me conducían. Yo iba. El silencio era parte del terror. Pero yo tampoco decía palabra. Me decían que me desvistiera, y lo hacía pasivamente. Me decían que me acostara cuando me sentaban en una cama, y yo lo hacía pasivamente. Esta pasividad, se me ocurre, ahorraba muchas energías, y dejaba todas las fuerzas para soportar la tortura. (Timerman: 49)

PRESO SIN NOMBRE. CELDA SIN NUMERODE LA FLOR“El silencio era parte del terror”. La pasividad y el silencio en el que cae el narrador de Timerman no son producto de la tortura factual a la que está siendo sometido, sino a una situación en la que el “epistemic murk” funciona y deja ver la entraña de los espacios de muerte, un juego de espejos en los que ya no se distingue bien qué es lo que sucede y en los que la víctima y el victimario se necesitan y requieren uno al otro. “Las víctimas y los victimarios, somos parte de una misma humanidad, colegas en un mismo esfuerzo por demostrar la existencia de las ideologías, los sentimientos, los heroísmos, las religiones, las obsesiones.” (Timerman 132). El narrador acepta la tortura como parte de la realidad, de la humanidad y ya no ofrece resistencia, sino, más bien, colabora y parece comprender. Esta comprensión y la pasividad y silencio ante una situación normalizada trae consigo una consecuencia importante en el funcionamiento de los espacios de muerte: la inefabilidad. “La producción forzada de lenguaje durante el acto de tortura prepara uno de sus efectos más odiosos, la prevención de un lenguaje postraumático, la producción en el sujeto de una imposibilidad básica de articular la experiencia en el lenguaje.”, sostiene Avelar (Avelar 2001: 183). Por su parte, Timerman, al hablar de las miradas de los condenados a muerte en las cárceles clandestinas, dice: “Están aquí hoy conmigo. Y aunque quiera hacerlo, no podría, no sabría cómo compartirlas con ustedes.”[2] (Timerman: 187) El dramatismo de éstas, las últimas líneas del libro, contrasta con la lucidez de su argumentación acerca de las intenciones del silencio: “Y preparaban, para la posguerra que seguramente también llegará a la Argentina, una situación idéntica a la Alemania de la posguerra: era difícil encontrar un alemán que admitiera haber sabido de la existencia de los campos de concentración, las cámaras de gas, los hornos crematorios.” (Timerman 120)[3]. El silencio, tanto como el habla, el terror o el miedo, son cuidadosamente generados y controlados por los espacios de muerte como consecuencia del funcionamiento del “epistemic murk”.

3. Lenguaje e imaginación

Sin embargo, no sólo la necesidad de control y administración de miedos, habla y silencio conforman el entramado de los espacios de muerte. También lo hace la imaginación.

Taussig cita a un juez peruano que califica de “enferma” a la imaginación de los empleados caucheros del Putumayo, quienes veían conspiraciones de indios, ataques, matanzas por todas partes. Como mecanismo de defensa ante dichas amenazas surgían las propias atrocidades de los caucheros:

The managers lived obsessed with death, Rómulo Paredes tells us. They saw danger everywhere. They thought solely of the fact that they live surrounded by vipers, tigers, and cannibals. It was these ideas of death, he wrote, that constantly struck their imagination, making them terrified and capable of any action. Like children they had nightmares of witches, evil, spirits, death, treason and blood. The only way they could live in such a terrifying world, he observed, was to inspire terror themselves. (Taussig: 122)

La construcción de mitos, de historias alrededor del terror, se devanea entre una inmotivada intencionalidad y la firme creencia en los presupuestos que sostienen esta misma intencionalidad. Nuevamente, víctimas y victimarios fusionan sus culturas y lenguajes y en el espacio de muerte, la diferencia a veces se borra –siempre, claro está,  en innegable vínculo con el lugar de observación. En el caso de Argentina, las descripciones que hace Timerman de las obsesiones, fobias y la concepción del mundo de los militares de los 70 ejemplifican el funcionamiento de este mecanismo:

La obsesión de la mente totalitaria es su necesidad de que el mundo resulte claro y nítido. Cualquier sutileza, o contradicción o complejidad la asusta y confunde, y se le hace insoportable. Trata entonces de superar lo insoportable, por la única vía que tiene en sus manos. (115, mis subrayados)

Estas fobias iban conformando la ideología de las Fuerzas Armadas y alimentaban a su vez la táctica operativa con una violencia tal que todos los sectores de la población, con muy escasas excepciones, prefirieron ignorar lo que ocurría, aun cuando de un modo o de otro todo trascendía. (119, mis subrayados)

Y a partir de este concepto de exterminio físico como solución final al problema de la concepción del mundo, es que en la Argentina el gobierno de las Fuerzas Armadas eliminó a miles de individuos que no tenían ninguna relación con la subversión pero que formaban parte, o representaban según los militares, ese mundo que se les hacía insoportable, incomprensible, inaccesible y, por lo tanto, constituía el enemigo. (116, mis subrayados)

Los caucheros del Putumayo se veían rodeados de amenazas y atrocidades, y quedaron envueltos en un espacio en el que ellos ejercían la violencia en propia y legítima defensa. Los militares argentinos –que respondían, dice Timerman, a la amenaza comunista, la conspiración judía mundial y un galopante anti argentinismo- respondieron de la misma manera. Al no poder escapar del pensamiento autoritario, ordenador de un mundo sin matices y fundado en la nitidez de la realidad, respondieron, en un primer momento, con una imaginación exacerbada, teñida de maccarthismo, nazismo y antisemitismo; y, en un segundo, con una furiosa reacción hacia aquellos elementos que ponían en peligro la claridad de las cosas. O a todo aquello que activara estas fobias y obsesiones.

En el caso de la Argentina de mitad de los setenta, esta reacción, esta violencia pasó de los cuerpos de individuos torturados a la tortura del cuerpo social argentino en la figura de los desaparecidos. “La imaginación enferma” de los militares facultó la existencia de este espacio de muerte y naturalizó las tecnologías de la tortura. Pensando en “En la colonia penitenciaria”, de Kafka, Avelar sostiene que

la tortura no nos aparece allí como algo que viene a destruir una domesticidad incontaminada, un hacer o construir hipostasiado y preexistente, sino que ya se ha convertido en fundamento mismo de lo doméstico. En Kafka la tortura no interrumpe la existencia de la civilización y de la domesticidad, sino que las hace y rehace a su imagen y semejanza.” (Avelar 2001: 183)

Estos mitos, así como lo que se silencia, ayudan a construir las culturas del terror en permanente vínculo con los espacios de muerte: “cultures of terror are nourished by the intermingling of silence and myth in which the fanatical stress on the mysterious side of the mysterious flourishes by means of rumor woven finely into webs of magical realism.” (Taussig: 8). La paranoia que persigue y obsesiona, a una vez, a la mente totalitaria hace un énfasis cargado de fanatismo en el lado oculto de lo misterioso. Así, aparece un elemento presente en la tortura desde sus inicios: la verdad[4]. En el caso que me interesa, la verdad que se busca obtener –el lado oculto- ya se sabe desde el inicio: es la verdad que el torturador espera obtener del torturado –lo misterioso, en tanto nunca se está seguro, por ejemplo, de que el terrorista es terrorista-. De este modo, otra vez, estamos de vuelta en el lenguaje.

 Bibliografía

Avelar, Idelber

(2001)              “La práctica de la tortura y la historia de la verdad”. Richard, Nelly y Alberto Moreiras (eds.). Pensar en/la postdictadura. Santiago: Editorial Cuarto Propio. 175 -195

(2004)              The Letter of Violence: Essays on Narrative, Ethics, and Politics. New York: Palgrave MacMillan

 DuBois, Page

(1991)                  Torture and Truth. New York, London: Routledge

Feitlowitz, Marguerite

(1998)              A Lexicon of Terror: Aregentina and the Legacies of Torture. New York: Oxford University Press

Osiel, Mark J.

(2001)              “Constructing Subversion in Argentina’s Dirty War”. Representations. No 75 (Summer) 119 – 158.

Reati, Fernando

(1997)              “De falsas culpas y confesiones: avatares de la memoria en los testimonios carcelarios de la guerra sucia”. Bergero, Adriana J. y Fernando Reati (eds.). Memoria colectiva y políticas de olvido: Argentina y Uruguay, 1970 – 1990. 209 -230

Reuter, Laurel y Rosina Cazali (curadoras)

(2008)              Los desaparecidos. Centro de Formación de la Cooperación Española en la Antigua. Antigua, Guatemala. Visitada el 12 de junio.

Taussig, Michael

(1987)              Shamanism, Colonialism, and the Wild Man: A Study in Terror and Healing. Chicago, London: The University of Chicago Press.

Timerman, Jacobo

(2000)              Preso sin nombre, celda sin número. Madison: The University of Wisconsin Press


[1] Al respecto, Mark Osiel sostiene que “the worldview of military ideologists came to converge, as in so much else, with that of those they viewed as their enemy. In the 1980s, as the Argentine left began to discover the ‘cultural Marxism’ of Antonio Gramsci, the far right began to read Gramsci too, finding in him considerable support for their view that the decisive political conflicts were now to be waged not with organized labor over the means of production, but rather with the intellectuals over culture and conceptions of the world.” (Osiel: 129)

[2] Es precisamente esta imposibilidad de articular narrativamente el trauma –y que se presenta como un sucedáneo de la necesidad de olvido indispensable, afirma Timerman, para sobrevivir en un espacio caracterizado por la ausencia de tiempo- la que lo impulsa, ya libre y dentro de una limosina llena de celebridades, a rechazar la “ternura” y articulación que destila Changing la autobiografía escrita por Liv Ullmann y que pudo leer en prisión: “Y yo la miro con odio. Pero soy sereno en mi voz, desapasionado en mis tonos, quizás hasta indiferente… Porque creo que no le digo a Liv Ullmann que la odio, sino que me hizo daño su libro. Porque alguien llevó ese libro a mi celda, cuando ya me habían levantado la incomunicación y veía a mi familia todos los días por cinco minutos… Y entonces solamente le digo a Liv Ullmann que en ese desolado lugar donde todo puede ser suplantado de algún modo, con algún subterfugio sicológico… lo que es irremplazable es la ternura… Y a ese lugar vino ese libro de Liv Ullmann a mofarse de nosotros, con la impúdica omnipotencia de quien puede dar y recibir ternura; con la insolencia de quien puede gozar de la ternura y sufrir con la ternura sin que el placer y el dolor tengan patetismo.” (105 – 108)

[3] Pensando en los prisioneros torturados, Reati afrima que “el secuestro y el encarcelamiento forman parte de un doble proceso, por el cual se busca primero quebrar el silencio del prisionero para producer una confesión, y luego reinstalar en él el silencio a través de amenazas físicas e inducciones sociales tras su liberación para que no revele lo sucedido.” (Reati: 213)

[4] En Torture and Truth, Page Dubois sostiene que la idea de verdad, en la tradición de Occidente, siempre ha estado íntimamente ligada a la inflicción de dolor y sufrimiento en el cuerpo humano. Centrando el análisis en la polis ateniense, muestra el proceso por el cual el cuerpo del esclavo es convertido en territorio de inflicción de tortura y consecuente producción de verdad. Dubois reconstruye la genealogía del término a partir del estudio de diversos textos, desde  la etimología de la palabra “tortura”, hasta la historiografía, retórica y drama clásicos.

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