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Esta es una versión ligeramente diferente de la reseña que apareció en el número 8 de Casa de citas. Revista de literatura.

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En esta, su sexta novela, Carlos Rengifo intenta ir un poco más allá que el grueso de ficciones que han abordado el conflicto armado interno peruano en años recientes. Sin embargo, a pesar de poseer una competencia narrativa apreciable en anteriores publicaciones, en El dolor en los labios, Rengifo no llega a cumplir la ambiciosa tarea a la que apunta: escudriñar en los orígenes y razones de la violencia revolucionaria en el Perú.

Del mismo modo en que ya se lo había planteado hace dos décadas Miguel Gutiérrez en las más de mil páginas de La violencia del tiempo, El dolor busca respuestas a un orden social que es asumido y experimentado como esencialmente violento en un paradigma histórico. Así, la novela se estructura en función de tres ejes temporales: las primeras décadas del siglo XIX; los años de la violencia terrorista de fines del XX; y la segunda década del XXI. El elemento articulador de estas tres épocas lo conforman, en primer lugar, el espacio geográfico: las tres historias que constituyen la narración ocurren en Huamanga; en segundo, sus protagonistas son todas mujeres: María Parado de Bellido, heroína de la Independencia; Edith Lagos, militante de Sendero Luminoso muerta por la Guardia Republicana en 1982; y Evangelina, joven escolar ayacuchana.

El problema principal de la novela tiene que ver con las continuidades que, acríticamente, se plantean en función de brindarle coherencia al relato.

En primer lugar, la novela traza una línea bastante definida y vinculante entre la violencia ejercida durante el proceso independentista, el conflicto armado interno y los rezagos sociales del post conflicto. En ningún momento de la narración puede encontrarse una marca que diferencie la decisión de Parado de integrarse al ejército rebelde de aquellas que subyacen la voluntad de Lagos.

En el caso de Parado, se hace hincapié en, primero, la situación de violencia colonial que empuja a su esposo y dos hijos varones a combatir al ejército realista al lado del caudillo Cayetano Quiroz. Luego, se enfatiza la voluntad de ella misma (aunque siempre mediada por alguna entidad masculina o letrada, ya sea su esposo o su compadre, quien le escribía las cartas destinadas a Quiroz) de asumir como suyas esas mismas razones, añadirles el componente subjetivo de la pérdida familiar y colaborar con la causa independentista.

Sin embargo, cuando llega el turno de narrar la historia de Lagos, desde su infancia en Huamanga hasta su muerte en Andahuaylas, a pesar del más de siglo y medio de luchas políticas que hay entre ambas mujeres, las cosas no parecen haber variado mucho. En estos episodios, la novela sucumbe ante el mito de Lagos como la joven idealista que entregó su vida por la revolución: en El dolor, las razones que explican la militancia senderista se distraen en el lugar común que señala al habitante andino como explotado e indefenso, carente de cualquier tipo de agencia. Si bien existe una firme tradición que apuesta por la certeza de una afirmación tal, es innegable que un acercamiento de este tipo deja de lado un punto importante: Lagos habita Huamanga durante los años ochenta, pertenece a la pequeña burguesía y es militante de Sendero Luminoso. En este sentido, es necesario recordar que, como apuntó hace varios años ya Carlos Iván Degregori, Sendero, esa banda de criminales que inició su lucha armada en mayo de 1980, fue el resultado de la confluencia en la UNSCH, durante la década de 1960, de una élite intelectual mestiza provinciana y estudiantes universitarios así mismo provincianos, mestizos y andinos. Así, es claro que las violencias de Parado y Lagos, y las razones detrás de cada una, son radicalmente diferentes.

La historia que cumple la labor de solapar las costuras que intentan unir procesos histórica e ideológicamente apartados es la de Evangelina, escolar ayacuchana que está a pocos días de cumplir los trece años. En estos episodios, la niña es narrada a través del punto de vista de Daniel, joven estudiante universitario de la USMP quien ha llegado a Huamanga, acompañado de Octavio (también universitario y limeño), en una suerte de peregrinación personal en busca de la tumba de Edith Lagos.

Evangelina es presentada por el narrador como un individuo desfachatado, que muestra un exceso de confianza desde el momento en que conoce a Daniel y se ofrece a ser su guía por la ciudad. Poco a poco, su historia personal comienza a desgranarse y no sorprende que sea una en la cual el abuso familiar y la pobreza que suelen rondar las fantasías urbanas acerca del mundo andino asomen inmediatamente. Incluso, Daniel va más allá y se sorprende pensando en ella: “algo había en esta chiquilla que lo conmovía, que la volvía digna de atención, ‘una cierta madurez producto del sufrimiento’” (46) Es preciso recordar que Daniel se inscribe en un discurso urbano, de clase media, post conflicto, post CVR y, en buena parte, culposo. Por ello, la única manera en que ella puede encajar en su concepción del mundo es siendo pobre, sufrida, violentada, ignorante (Evangelina no sabe nada de Sendero, por ejemplo). Esta idea llega al extremo cuando, hacia el final de la novela, Daniel viola a Evangelina en el baño de su habitación de hotel. Un extremo que deja las cosas en orden: Daniel siente más culpa, asco de sí mismo y decide irse de Huamanga; Evangelina, violada, corporiza todo aquello que la novela señala como las razones detrás de las violencias de Parado y Lagos.

“[N]o permitiré que por culpa de otros yo me sienta mal’.” (125), se dice a sí misma la niña. De las palabras de Evangelina puede desprenderse una sensación de conformismo con su situación; pareciera que está destinada a tragarse el secreto de la violación. De este modo, la novela nos ofrece a una Evangelina lista para ser vengada, mas no para vengarse.

Rengifo, Carlos. El dolor en los labios. Lima: Ediciones Altazor, 2011. 126 pp.

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