VirgilioPiñera

Hace algunos años, en la Hillman Library de Pitt, tras leer la bomba corporal que es La carne de René, busqué y encontré este texto de Virgilio Piñera. Me parece que es básico para entender la particular relación de Piñera con el cuerpo. Creo que no está por ningún lado en la red o por lo menos está muy escondido. O yo soy muy inepto y no lo encuentro. Pensé que lo había perdido, pero hoy, buscando papeles en mi desordenado archivo me di de frente con una copia algo arrugada. Aquí va una transcripción.

*

Discurso a mi cuerpo

Virgilio Piñera

A José Lezama Lima

Como en el suceso criminal te digo ahora, mi cuerpo: “Al fin te tengo…” Tú sabes de estas largas persecuciones; en verdad el discurso de mis años ha resultado ser una persecución estremecida de ti, de ti, cuerpo que escapas siempre a este momento supremo. Recuerdo que la cosa comenzó a complicarse en la escuela. ¿No recuerdas tú? El maestro decía: “Enumere las partes del cuerpo…” Y seguidamente, como en un tiempo de salmodia, mascullaba conmigo: “Un cráneo, un cuello, una región toráxica…” Y así continuábamos descendiendo hasta los huesecillos de los pies. Entonces, con un ronquido de gato destripado me aseveraba, mientras te zarandeaba: “La suma de todas tus regiones forman tu cuerpo.” –Y añadía como para apuntalarte más en mí: “Tu cuerpo tuyo”.

Pero todo aquello era una farsa; sentía que nadie me era más ajeno, extraño e insoportable que tú; que tenía que padecer todas las horas y minutos de la existencia; asisitir cruzado de brazos a tu yantar, a tu yacer; a tus gástricas o pulmonares calenturas. En casa se armaba gran confusión cuando me oían exclamar: “Lo voy a bañar…” por “me voy a bañar…”; o “Tiene fiebre…” por “tengo fiebre…” Entonces me preguntaban quién tenía fiebre o a quién bañaría, pero yo me limitaba a repetir la frase sin más explicaciones. Sí, porque todo te lo llevabas tú; todo te pertenecía y hasta tenías tus sacerdotes en los oficiantes médicos y cirujanos que sobre ti se inclinaban. Y todo esto a ti, que aparecías limitado por dos frases lapidarias: “Dar del cuerpo; dar de cuerpo…”

¡Qué profundo desprecio sentía por cierto escritor que describía el baño de unos adolescentes en el río! Comenzaba: “Y sus elásticos cuerpos entregados a las ondas…”. Y quería decir que aquellos cuerpos pertenecían a los muchachos; y que éstos podían disponer de los mismos como disponemos del cuerpo de un condenado o del de un amante o el de un pobre caballo de mercaderías. Pero, ¿les pertenecía esa arquitectura carnal? ¿Esa carnación que se rebelaba en miriadas de amotinados impulsos? En verdad, no sabría decir si estos seres de la novela y aquellos otros que me rodeaban y los que estaban en una lejanía, sordos a mi voz y ciegos a mi vista, participaban de mi terrible sentimiento, o si por el contrario, disfrutaban de la gustosidad de sus cuerpos. Eras tú el inguiable, el intraducible, el refractario; asomarme a ti era como asomarme a una negra superficie que no me reflejaría; llamarte supondría llamar al silencio que jamás desciende a escuchar la voz de los mortales.

Y el problema no lo era de enemistad, porque nunca antes hubiéramos participado de amistad; tampoco desligamiento. Sí creo que seamos la contradicción que necesita contradecirse. La pregunta era: ¿Hasta qué punto, límite o frontera me extendía yo? ¿De ti provenía la armonía o eras el desconcierto? ¿Era yo alguna de ellas? Flotando entre tales interrogaciones crecía cada vez más, como un desmesurado aerostato, la distancia y la indiferencia. Esta era la verdad. Recuerda las múltiples ocasiones en que te abandonara a tu suerte: aquella vez en la rápida corriente del río provinciano; y aquella otra en que, desprendido de una alta rama, diste contigo en tierra. Y tú, por tu parte hacías igual cosa conmigo: siempre recordaré que en mis tribulaciones amorosas y cuando más indefenso y débil me sentía, te ingeniabas para irte de paseo a la montaña carnal donde se rompe la unidad de la vida. Así, hemos practicado entre ambos un boquete aislador que impide toda comunicación humana.

Ahora mismo gozo, viéndote padecer ante el próximo acontecimiento que sobre tu geografía representará el bisturí, mientras yo, plácidamente, me hallaré viajando por regiones donde lo consistente, lo tactible, eso que tú eres, se traduce en ausencias; por regiones que podrían compararse a la tremulación.

Entretanto, eres tan soberbio, que como el luciferino arcángel, te rodeas de una costra de sordera ejemplar. A veces doy en cavilar si esa especial conformación de las plantas de tus pies no es sino una grave advertencia que impide que sea olvidado el principio de que todos vosotros estáis atados al sentido de la tierra; y que vuestra sordera sea la sordera de la tierra. Porque la voz me pertenece a mí enteramente. ‘as que la voz en su acepción de trueno o silbido o lo que tú quieras, lo que de ella se desprende; lo que ella inflama, convoca o determina: La palabra, y puedo probártelo al decirte enfáticamente que eso eres túa; una palabra; la palabra Cuerpo. Y me harás caer en el artilugio de que soy yo también otra palabra; la palabra Yo. Es en este punto donde se produce la hecatombe; tú eres una palabra y yo soy otra palabra, y así de nuestro matrimonio, sólo engendramos un hijo maldito que se llama la Contradicción: tercera palabra de la vida.

Hablaba de un artilugio y artilugio fue cuando te anunciaba que al fin te tenía… Pero la verdad es que ni te tengo ni te has escapado; estás en tu estado midiendo tu soledad por la mía; tu sordera por mi alarido; tu desconocimiento por el mío. Y no hagas esperanza de una segunda cópula porque ya estamos divorciados.

En Unión 10/III (abril-junio 1990): 35-36

Anuncios