buck

Esta es la versión sin editar de la  última (en la amplitud de esta palabra que, a veces, se presenta un tanto enana) columna que escribí para Velaverde. Fue realmente muy divertido escribir las cosas que escribí para la revista y agradezco enormemente a César Bedón, el anterior editor de Cultura, por darme espacio para publicar tanta barrabasada junta (tanto en la columna como en las notas) con impunidad e incluso fomentando ese impulso que me sale tan natural. Me sentí muy cómodo escribiendo en esa sección. Gracias, César. Y, sí, unas chelas, cuando sea.

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Shiny happy people  que lee Velaverde, paren de sufrir: ya no hay R.E.M., pero hay Peter Buck. El guitarrista de la banda de Athens sacó el año pasado el primer disco solista de un ex R.E.M. Que Michael Stipe siga dejándose crecer la barba en compensación; nosotros escuchemos al guitarrista del perfil bajo.

Cuando movía hasta el último cartílago en el escenario de R.E.M., medio mundo quedaba fascinado con Michael Stipe. Sin embargo, algo que con frecuencia pasaba desapercibido era que Stipe sin Mills y, sobre todo, sin Buck, sin la Rickenbacker de Peter Buck, no es nadie. Durante los casi treinta años de vida de la banda, Buck fue el miembro que se mantuvo más activo. Habría que acordarse de las bandas paralelas en las que el guitarrista ha tocado a lo largo de su carrera: Tuatara, Robyn Hitchcock & The Venus 3, The Minus 5, The Baseball Project. Mientras tanto, Stipe se dedicaba más a seguirle los pasos al manganzón ese de Paul Hewson. Ah, y a pintar loncheras.

Peter Buck tiene algunas particularidades. Buck acababa de salir de la separación de su banda principal y no tenía ninguna presión al producir el disco. Entonces, decidió grabarlo y mezclarlo en analógico, en cinta magnetofónica; y sacarlo a la venta en edición limitada de 2000 vinilos de 180 gramos.

Si hay una sensación al escuchar el debut solista de Buck es la de pasar la tarde en una tienda escuchando discos. Hace muchos años, en las tiendas de discos pedías que te pusieran un disco: había cabinas de escucha y te quedabas ahí, solo. La experiencia con este álbum, de algún modo, es similar a entrar a una de estas viejas tiendas e importunar al vendedor cada cinco minutos con un nuevo disco. Uno de la Velvet; otro de los Stooges; R.E.M., claro; los Dolls; en fin…

Peter Buck abre con “10 Million BC” un tema que, si bien no marca el estilo del álbum, sí señala su espíritu. Es un tema garage y que recuerda un poco a The Cramps. En este, quizá por primera vez, se puede escuchar la voz de Buck: canta como si estuviera en el cuarto día de borrachera. Todo el tema tiene un aura sucia y alucinada que es responsabilidad directa de la voz de Buck; esta característica aparecerá cada vez que él tome la voz principal, pero acompañará, en líneas generales, al disco.

En la línea del tema anterior, con una vena corrosiva, resaltan  “So long Johnny”, que recuerda a los Stooges y en la que Buck armoniza con Mills; y “Vaso loco”, el tema más directo de todos, construido sobre power chords, en el que las voces son compartidas con Scott McCaughey.

Y, claro, para el fan eventual de R.E.M. también hay. Incluso, se pudo haber armado un single con b-side y todo. El sencillo sería “Nothing means nothing”. El tema comienza con un riff que remite a 1987 y a algunas fotos con más pelo. Fácilmente pudo haber sido un outtake del Document. Incluso la melodía recuerda al trabajo de Stipe durante esos años. La cantante en el tema es Corin Tucker de Sleater-Keaney. El lado b sería “Nothing matters”. Tiene el aire de algunos de los temas incluidos en In the Attic y en Dead Letter Office, discos que recopilan rarezas y b sides de la banda de Athens.

El disco, también, incluye un homenaje a la Velvet Underground titulado “Some kind of velvet morning” y un par de incursiones de género en el 12-bar blues (“Hard old world”) y la americana (“Nowhere no way”)

Este álbum concluye con “I´m alive” un tema en clave de psicodelia en el cual Buck vuelve a compartir voces con Mills. La aguardientosa voz de Buck es la que sienta las bases para construir un cierre en el mismo tono con el que se abrió el álbum: con fuerza, suciedad y en un estado algo narcotizado. Porque si algún mérito vocal tiene Buck es que logra transmitir una sensación de crudeza y descuido que seduce.

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