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Todos tenemos algo de fisgones. En mi caso, esto se expresa en la compulsión por leer memorias, diarios, correspondencias… No sé en qué momento me volví adicto al género autobiográfico. El mío, es seguro, no es un interés académico: no tengo ni media página escrita acerca de estos textos. Mi acercamiento es uno afectivo, interesado por los pliegues en las vidas de individuos, notables o no, que en algún momento se sentaron a estructurar su existencia a partir de la escritura. Cada detalle, en estas vidas, es responsable de alguna explosión subjetiva que, en los textos, es inmensa en sus repercusiones individuales, aun cuando estas sean nimias a un nivel más amplio. La correspondencia entre Proust y su madre puede ser un ejemplo de lo que menciono. Asimismo, el caso contario puede ser el encuentro casual en un diner entre Patti Smith y Robert Mapplethorpe en Just Kids.

Supongo que esta enfermedad autobiográfica empezó en mí cuando leí los diarios de Ribeyro en la edición de Campodónico que presté y perdí (ahora solo la tengo en la de Seix Barral). Esos diarios están entre los libros de los cuales nunca me alejo. A partir de ellos he llegado a otros muy alejados unos de otros: la correspondencia de Proust con su madre; Reborn de Sontag; las Antimemorias de Malraux; Chronicles, Volume 1, de Dylan; las Memorias de la Guerra con Chile de Cáceres (muy recomendables); los diarios de Musil; Sobre mi propia vida, el diario de Juan Ríos; las cartas de Joseph Roth; La ruptura, el diario íntimo de Ricardo Letts; los diarios de Mansfield; Habla, memoria de Nabokov; los Relatos autobiográficos de Bernhard; Mi misión en Chile en 1879 de Lavalle… En fin.

Hace un par de días vi de nuevo Los olvidados de Buñuel y la película me hizo releer algunos capítulos de sus memorias, Mi último suspiro. El libro es muy bueno. Buñuel no lo escribió solo. Es más, está basado en entrevistas realizadas durante dieciocho años entre el director español y su colaborador y amigo Jean-Claude Carrière. Hay episodios muy divertidos (como su paso por la MGM como aprendiz –en realidad, sólo se dedicó a cobrar el cheque cada sábado) y otros muy dramáticos (como  aquellos en los que se narra el inicio de la Guerra Civil). De otro lado, el tránsito de Buñuel por las vanguardias estéticas (el ultraísmo, el surrealismo y después ya solo él) y tendencias políticas (oscila entre el anarquismo y el comunismo para terminar en un cinismo lúcido) es más que interesante y no carece de humor.

Aquí va el primer capítulo del libro, que me parece una reflexión muy sugerente acerca de lo que es la memoria y sus mecanismos.

***

Memoria

Durante los diez últimos años de su vida, mi madre fue perdiendo poco a poco la memoria. A veces, cuando iba a verla a Zaragoza, donde ella vivía con mis hermanos, le dábamos una revista que ella miraba atentamente, de la primera página a la última. Luego, se la quitábamos para darle otra que, en realidad, era la misma. Ella se ponía a hojearla con idéntico interés. Llegó a no reconocer ni a sus hijos, a no saber quiénes éramos ni quién era ella. Yo entraba, le daba un beso, me sentaba un rato a su lado —físicamente, mi madre gozaba de muy buena salud y hasta estaba bastante ágil para su edad—; luego salía y volvía a entrar. Ella me recibía con la misma sonrisa y me invitaba a sentarme como si me viera por primera vez y sin saber ni cómo me llamaba.

Cuando yo iba al colegio, en Zaragoza, me sabía de memoria la lista de los reyes godos, la superficie y población de cada Estado europeo y un montón de cosas inútiles. En general, en los colegios se mira con desprecio este tipo de ejercicio mecánico de memoria y a quien lo practica suele llamársele despectivamente memorión. Yo, aunque memorión, no sentía sino desprecio para estas exhibiciones baratas.

Pero, a medida que van pasando los años, esta memoria, en un tiempo desdeñada, se nos hace más y más preciosa. Insensiblemente, van amontonándose los recuerdos y un día, de pronto, buscamos en vano el nombre de un amigo o de un pariente. Se nos ha olvidado. A veces, nos desespera no dar con una palabra que sabemos, que tenemos en la punta de la lengua y que nos rehúye obstinadamente.

Ante este olvido, y los otros olvidos que no tardarán en llegar, empezamos a comprender y reconocer la importancia de la memoria. La amnesia —que yo empecé a sufrir hacia los setenta años— comienza por los nombres propios y los recuerdos más recientes: ¿Dónde he puesto el encendedor que tenía hace cinco minutos? ¿Qué quería yo decir al empezar esta frase? Ésta es la llamada amnesia anterógrada. Le sigue la amnesia anteroretrógada que afecta a los recuerdos de los últimos meses y años: ¿Cómo se llamaba el hotel en el que paré cuando estuve en Madrid en mayo de 1980? ¿Cuál era el título de aquel libro que me interesaba hace seis meses? Ya no me acuerdo. Busco afanosamente, pero es inútil. Viene por fin la amnesia retrógada, que puede borrar toda una vida, como le sucedió a mi madre.

Yo todavía no he sentido la acometida de esta tercera forma de amnesia. Guardo de mi pasado lejano, de mi infancia, de mi juventud, múltiples y níti-dos recuerdos y también profusión de caras y de nombres. Si, a veces, se me olvida alguno, no me preocupa excesivamente. Sé que voy a recuperarlo en el momento menos pensado, por uno de esos azares del subconsciente que trabaja incansablemente en la oscuridad.

Por el contrario, siento viva inquietud y hasta angustia cuando no consigo recordar un hecho reciente qué he vivido o el nombre de una persona conocida en los últimos meses, o incluso de un objeto. De pronto, toda mi personalidad se desmorona, se desarticula. Soy incapaz de pensar en otra cosa, por más que todos mis esfuerzos y rabietas son inútiles. ¿Será esto el comienzo de la desaparición total? Es atroz tener que recurrir a una metáfora para decir «una mesa». Y la angustia más horrenda ha de ser la de estar vivo y no reconocerte a ti mismo, haber olvidado quién eres. Hay que haber empezado a perder la memoria, aunque sea sólo a retazos, para darse cuenta de que esta memoria es lo que constituye toda nuestra vida. Una vida sin memoria no sería vida, como una inteligencia sin posibilidad de expresarse no sería inteligencia. Nuestra memoria es nuestra coherencia, nuestra razón, nuestra acción, nuestro sentimiento, Sin ella no somos nada.

Con frecuencia, he pensado introducir en una película una escena en la que un hombre trata de contar una historia a un amigo; pero olvida una palabra de cada cuatro, generalmente, una palabra muy simple: coche, calle, guardia… El hombre farfulla, titubea, gesticula, busca equivalencias patéticas, hasta que el amigo, furioso, le da un bofetón y se va. A veces, para defenderme de mis propios terrores con la risa, me da por contar el cuento del hombre que va al psiquiatra porque sufre pérdida de memoria, lagunas. El psiquiatra le hace un par de preguntas de rutina y luego le dice:

—Bien, ¿y esas lagunas?

—¿Qué lagunas? —pregunta el hombre.

La memoria, indispensable y portentosa, es también frágil y vulnerable. No está amenazada sólo por el olvido, su viejo enemigo, sino también por los falsos recuerdos que van invadiéndola día tras día. Un ejemplo: durante mucho tiempo, conté a mis amigos (y la cito también en este libro) la boda de Paul Nizan, brillante intelectual marxista de los años treinta. Cada vez, me parecía estar viendo la iglesia de Saint-Germain-des-Prés, la concurrencia, entre la que me encontraba yo, el altar, el cura, Jean-Paul Sartre, testigo del novio. Un día, el año pasado, me dije de pronto: ¡Imposible! Paul Nizan, marxista convencido y su mujer, hija de una familia de agnósticos, nunca se hubieran casado por la Iglesia. Totalmente inimaginable. Entonces, ¿había yo transformado un recuerdo? ¿Se trataba de un recuerdo inventado? ¿De una confusión? ¿Puse un marco familiar de iglesia a una escena que alguien me describió? Todavía no lo sé.

La memoria es invadida constantemente por la imaginación y el ensueño y, puesto que existe la tentación de creer en la realidad de lo imaginario, acabamos por hacer una verdad de nuestra mentira. Lo cual, por otra parte, no tiene sino una importancia relativa, ya que tan vital y personal es la una como la otra.

En este libro semibiográfico, en el que de vez en cuando me extravío como en una novela picaresca, dejándome arrastrar por el encanto irresistible del relato inesperado, tal vez subsista, a pesar de mi vigilancia, algún que otro falso recuerdo. Lo repito, esto no tiene mayor importancia. Mis errores y mis dudas forman parte de mí tanto como mis certidumbres. Como no soy historiador, no me he ayudado de notas ni de libros y, de todos modos, el retrato que presento es el mío, con mis convicciones, mis vacilaciones, mis reiteraciones y mis lagunas, con mis verdades y mis mentiras, en una palabra: mi memoria.

Buñuel, Luis. Mi último suspiro. Ana María de la Fuente, trad. Barcelona: DeBolsillo, 2012 pp. 13 – 16.

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