Cámara_semaforo

Voy a empezar a colgar ficción de cuando en cuando por acá. Primero, va un cuento que tiene demasiado tiempo de escrito.

Semáforos de madrugada

Es probable que para alguien más no sean un problema, pero yo jamás he soportado los semáforos. Si alguno de mis colegas, alguno de esos miles de taxistas que recorren la ciudad como si fueran un espesa corriente de sangre cargada de colesterol, me escuchara, se reiría y empezaría a hacer burlas acerca mi nula disposición para el trabajo real y apoyaría su sentencia en un veloz repaso de mis labios inexistentes, casi cortados con gilette, mi nariz recta y los ojos que heredé de mi madre. (Aunque no lo diría, se lo leería en la mirada y en alguna de las comisuras de la boca, levantándose apenas como para señalar, en breve, que no, pues, Miguelito, tu culo es muy rosado como para que estés esperando.)

Si se diera ese caso, me vería obligado a repetir lo que siempre le digo a mi mujer acerca de esas luces que estructuran cada uno de mis días desde hace más de quince años: cuando está en rojo –y yo inmóvil—, el semáforo, aunque por pocos segundos, me expulsa de la inercia que produce conducir interminablemente por las calles de Lima en busca de pasajeros o de alguna dirección a la cual, a pesar del tiempo que llevo en esto y que la experiencia me diga que las esquivas probabilidades con frecuencia se estrellan con las coincidencias, estoy seguro de que nunca regresaré. En esos segundos, que sumados por días, meses y años acumulan un tiempo respetable, pienso. Más que pensar, recuerdo las circunstancias que me depositaron en este asiento, frente a este volante, el mismo lugar que ocupaba mi padre al llevarnos a Chaclacayo en invierno, o al sur, en verano, para un fin de semana en una playa tranquila, a muchas horas del desorden de Lima, ese caos en el que, desde el 93, es en lo único que me puedo sumergir. Por eso, luego de intentar todos los horarios posibles, decidí que las madrugadas eran lo mejor: en ellas, los semáforos están en un permanente oscilar rojo que no significa nada más que es muy tarde y que, a estas horas, la ley puede permitirse un descanso.

Como ahora, que manejo por Javier Prado y doblo a la izquierda en Camino Real siguiendo rumbo hacia Miraflores, al encuentro de los bares, primero, del Óvalo Gutiérrez y, si no hay suerte, hacia Comandante Espinar, para luego doblar en Pardo y llegar al Parque Central, en busca de muchachos y muchachas que, como yo hace ya varios años, dilapidan su tiempo, afectos y dinero en los establecimientos de Berlín y Larco. Ahora las cosas ya no van tan bien como hace un tiempo, cuando empecé en este negocio y el flamante auto de mi padre inspiraba una incuestionable confianza en los clientes de esos años: un delincuente, pensarían, no puede permitirse un auto así; debe ser buena gente, de confianza. Por estos días, las cosas ya no son tanto así. Luego de algunos choques que afearon su fisonomía, el mío es un taxi más que ha absorbido los olores que suelen emanar los clientes de madrugada. Y ya se sabe: cuando algo huele mal, la confianza no es posible.

Sí, ahora necesito mucha suerte. En estos días, ella, y ya no Cristo, es mi copiloto. Sobre todo ahora que no quiero volver a casa.

Hay suerte. Un brazo de mujer se estira en la esquina del Bohemia y Comandante Espinar. Me detengo y la pareja (recién ahora reconozco a un hombre al lado) se acerca un tanto vacilante.

“¿Cuánto hasta Las Casuarinas y de ahí una carrera a San Borja Sur?”, dice el hombre, relajando las erres y estirando las eses hasta que casi suenan a zumbido.

“Todo, cincuenta soles.”, contesto mientras trato de ver su rostro y encontrar un gesto que me permita, a mí también, distinguir algo de tranquilidad en un ebrio de madrugada.

“Mucho ,maestro.”, responde tratando de mostrar una calle que a toda evidencia no posee.

“Es lo justo, hermano. Está un poco lejos y mira la hora que es.”

“30 está bien”, interviene la mujer desde un rincón de la ventanilla. No la veo, pero su voz queda resonándome en la cabeza e intento darme una idea de su rostro –su cuerpo, pude apreciarlo al verla detener el taxi en esa esquina pobremente iluminada, parece ser delgado y conserva (aunque no podría decirse que es una jovencita) firmes los músculos de los muslos y brazos.

“No, ni hablar. 40 y quedamos así.”

Intercambian unas miradas y el hombre le contesta que lo tomen, está cansado y sólo quiere echarse a dormir. Finalmente aceptan y entran al taxi. Segundos después, rodeo el Óvalo y ya estamos en camino.

Una de las mayores curiosidades que uno desarrolla en este oficio es la de tratar de reconocer los gestos de los pasajeros por el retrovisor. La carrera de hoy no es una excepción y lo hago con sigilo, un curioso roedor rondando los restos que alguien, con descuido, dejó en el piso de la cocina. De primera impresión, no son tan diferentes a los pasajeros que a estas horas y por esta zona recojo habitualmente. No se les ve con claridad, pero sé que su piel es tan blanca como la mía. Y en ese instante, cuando me siento más cerca de ellos, aunque separado por el par de asientos que se levantan como una muralla que selecciona y coloca a cada uno en su lugar, la reconozco.

Al principio no me di cuenta de que era ella, total, la última vez que la vi fue pocos días antes de la mudanza, hace más de quince años. Mi padre había perdido pocos meses atrás el empleo que nos mantenía muy cómodos a todos y no había sido capaz de obtener otro. Los ahorros que habían logrado que sobreviviéramos con el mismo ritmo de vida y gastos habían llegado a un punto en el cual se hacía impostergable la mudanza a una casa más chica, sin lujos y que nos permitiera seguir viviendo juntos. El inicio, para mí, fue duro. Dejar la universidad apenas habiéndola comenzado y tener que subirme al auto familiar para llevar un  poco de dinero a casa de mis padres no estaba en mis planes de egresado del Markham: como sucedió con muchos de mis compañeros de colegio, mi destino estaba en una gran oficina en la gerencia de un banco, desde la cual tomaría decisiones que afectarían la vida de la gente que, como yo ahora, trabajaba todo el día para ganar lo que yo iba a pagar por un almuerzo.

Pero sí, era ella, Sofía, la muchacha de grandes ojos café y piel acariciable y blanca, dueña de ese par de piernas que se apoderaron de muchos de los sueños de los jóvenes herederos del barrio  de clase alta en el que vivimos casi uno al lado del otro por tantos años. Sí, era Sofía. Los recuerdos no podían estarme jugando una pasada. Era ella, en el lugar donde siempre la quise, en ese asiento de atrás abrazada a mí y siempre hablando con esa voz –claro, la voz, ahí estaba la clave— que arrullaba aún cuando insultaba.

Pero aquél no era yo.

Yo soy un taxista y ella la que me paga. Me convertí en otra persona, un sujeto que trabaja día a día para sobrevivir y, al parecer, ella no; ella seguía igual, sin los surcos en la cara que son la señal de tantas horas de mala noche llevando de aquí para allá a gente que se despreocupa de sus labores en las madrugadas y se entrega al torrente nocturno de reacciones impulsadas por el alcohol y esa otra embriaguez, más permanente que la alcohólica, aquella que viene sólo con una buena posición en una empresa grande o de un marido que ocupa el confortable sillón en el que yo, si las cosas no se hubieran quebrado con tanta radicalidad desde ese 1992, debería estar tomando decisiones más importantes que la ruta menos larga para llegar de un punto a otro de la ciudad.

Continúo observándola desde el pequeño espejo. A él lo escucho en un concierto de consonantes resbalando con fricción desde su boca, a cada cual más delirante. Que la empresa va bien, que una nueva casa, más grande que la que habitaba y más moderna, con al menos tres autos en una cochera para cinco; ese era el siguiente paso en su carrera iluminada por billetes que ya no se devalúan, como en el 92, con una feroz velocidad. Hasta ahora no ha sucedido, pero es inevitable que ocurra: nuestros ojos se encontrarán y sé que ella me mirará con reproche.

Es entonces que decido emprender el juego y la llamo como lo hacía en ese entonces, cuando, al igual que los otros chicos del barrio y del Markham, su cuerpo joven, de piernas blancas con un leve matiz rosa, me quitaba el sueño y convertía mis noches en un agitado insomnio.

“Sofi”, llamo su atención. “¿Eres tú, Sofi?”

Sofía se queda con la mirada prendida de esos ojos que, ella no lo sabe pero así ha sido, la vienen mirando desde que ella y su alcoholizado acompañante decidieron subir a mi taxi.

“Soy Miguel, Urdanivia. Fuimos vecinos hace mucho tiempo. ¿Vivías en Las Lomas, no?”

Se toma un tiempo breve, en el cual no pestañea. Finalmente contesta.

“¿Miguel? ¿Miki? ¡Dios santo, no te reconocí!”

“Si, bueno –río–, he cambiado un poco”, le respondo y guardo un silencio que me incomoda. “Pero tú estás igualita.”

“¡Qué dices! He cambiado mucho. Ya casi no puedo comer nada porque me engordo como no tienes idea. ¡Ay, que malcriada!” –exclama y deja de verme por el espejo para fijar los ojos en el borracho que lleva al lado. “Te presento a Alfredo, mi novio. Mi amor, Miki y yo crecimos en el mismo barrio, allá en Las Lomas, ¿te acuerdas cuando empezamos?”

“Ah. Mucho gusto.”, responde con sequedad.

“Qué tal, Alfredo.”

“Alfredo vive en Las Casuarinas, en esa casa grandota que era de los Stucchi, ¿te acuerdas?”

“Claro, muy linda era.”

“Ahora lo llevo para allá porque así como está no puede manejar.”, deja soltar una sonrisa coqueta. Luego vuelve a dirigirse a Alfredo.

“¿Ves, mi amor, que ya puedes irte tranquilo sin que me pase nada? Miki me va a llevar muy segura a casa. ¿No es verdad?”

“Por supuesto. Es una suerte que haya sido yo y no otro, uno de esos que asaltan a la gente y venden borrachos en las madrugadas.”

“¡Ay, qué cosas dices, Miki! Así lo vas a volver a asustar.”

“No, en serio, es para tranquilizarlo. Conozco este negocio y sé que hay peligros. Sobre todo a estas horas.”

Durante todo el tiempo que hablamos he mirado su rostro, intermitentemente, en la semi penumbra del asiento de atrás. No he dejado de pensar en Sofi y cuánto de ella, es una lástima, no ha cambiado. Esas pequeñas exclamaciones, las risas de niña. No voy a negar que sigue siendo muy linda, pero hay algo en esa forma de perennizar el pasado que me incomoda hasta ponerme de mal humor. Debe ser, pienso, que me recuerda a mi padre diciendo que tenemos que vender la casa y mudarnos a otra más pequeña, en uno de esos distritos con la población más concentrada. O tal vez a los gritos de mi madre al enterarse de que mi padre había perdido el dinero de la venta de la casa, lo último que nos quedaba, en una mala jugada en la bolsa. O, mejor, el día en que le pedí a mi padre las llaves del auto, no para salir con alguna chica, sino para debutar en este oficio en el que me he mantenido más de quince años, y pude descubrir un relámpago de fracaso en su manera de descomponerse mientras buscaba el llavero en cada uno de los bolsillos del traje, para encontrarlo, finalmente, donde siempre lo llevaba, en el bolsillo derecho del pantalón.

Lima es una ciudad muy particular; en cuestión de minutos –y esto lo sé gracias al oficio que tengo— puede pasar de una impactante hermosura a una sordidez que atrae a la gente como una vela a los zancudos en verano. Transcurrimos varios kilómetros de la ciudad en silencio. En realidad, no es silencio, sino más bien ese vacío que aparece como consecuencia de conversar sobre trivialidades. “Cómo ha cambiado la ciudad, Miki. Ya no es como antes, tú lo debes saber.” “Sí, así es, pero ya sabes, uno se las ingenia y sigue vivo.” Tras mucho de esta cháchara llegamos finalmente a la puerta de esa gran urbanización en que se ha convertido Las Casuarinas. Está protegida por rejas en cada una de sus entradas principales. A la que llego la protegen dos guardias de seguridad armados. Uno de ellos, bajo pero fornido, me pregunta hacia dónde nos dirigimos.

“Hola, López.”, dice Alfredo inclinándose hacia mi ventanilla desde el asiento de atrás.

“Ah, señor Marcone, como está.”, contesta el guardia cambiando el tono; luego, se dirige a Sofi, acompañando el saludo con un respetuoso movimiento de cabeza, “Señorita…”

Después de este intercambio, avanzo y, tras unos diez minutos recorriendo las sinuosas calles de la urbanización –guiado sin necesidad por las confusas direcciones de Alfredo— llegamos a la antigua residencia de los Stucchi, en la que pasé varias tardes felices, comiendo helado y tortas, primero, durante las fiestas de cumpleaños; y bebiendo los tragos de don Augusto Stucchi, después, durante los últimos años en que asistí a esas mismas fiestas de los gemelos.

Al detenernos, Alfredo besa a Sofi con la pasión etílica propia de estas horas. Después se dirige a mí.

“Gracias, flaco”, dice a la vez que me entrega un billete de 50. “Te la encargo mucho, ¿eh?”

Hago el gesto de buscar el cambio en el monedero que llevo detrás del volante.

“No, no, no te preocupes por el vuelto. Sólo llévamela tranquila y a salvo.”

“Gracias.”, le contesto para luego seguir observando, por algunos segundos más, el beso desaforado que le encaja a Sofi, casi haciéndola desaparecer del retrovisor, cubierta por el enorme cuerpo de Alfredo Marcone.

Desciende del auto y camina tambaleante hacia una puerta tras la cual desaparece luego de probar varias de las llaves que lleva en el bolsillo. Arranco y, segundos después, le pregunto a Sofi:

“¿Y hace cuánto que están juntos?”

“¡Uyyy! Hace cinco años más o menos.”

“Eso es casi un record. Cinco años sin casarse y seguir de novios es de respetarse, por lo menos para los que vivimos acá, ¿no?”

Sofía se ríe y dice:

“¿Sí, no?

Luego hace una pausa que se quiebra con una pregunta que, por el tono de su voz, parece que le ha estado rondando la cabeza desde que supo quién era el taxista que la estaba llevando a casa.

“¿Qué pasó contigo, Miki? Cuando regresé a Lima la primera vez, tú ya no estabas en el barrio.”

Suelto una risotada y le cuento todo: mi padre trabajaba en una importante sociedad de auditoría. Si bien no era el dueño, era parte de la gerencia y sus decisiones afectaban visiblemente el desempeño de todos y las ganancias de la compañía. El problema es que la mayoría de esas decisiones –y, en consecuencia, los trabajos que obtenía la sociedad— tenían que ver con empresas del Estado. Y entonces llegó el golpe del 92  y, entre muchas más cosas que sucedieron, la Contraloría fue intervenida. Después de eso no hubo mucho trabajo, ni dinero, ni puestos. La sociedad se disolvió y mi padre quedó sin empleo. Nunca más volvió a trabajar.

No tengo ninguna seguridad de que me esté escuchando, pero Sofi trata de mostrar (“Qué triste, Miki. Cuánto lo siento.”) una despreocupada empatía, eso sí, sin dejar de retocarse frente a un pequeño espejo dorado.

“Sí, fue duro. Pero al menos no me morí.”

Recorremos un tramo extenso en silencio. Ella abstraída en no llegar menos bella de lo que salió a casa; yo pensando cada vez menos en la Sofi de mi adolescencia y, progresivamente, más en la mujer que, si bien no espera por mí –eso lo tengo claro—, al menos sigue compartiendo la misma cama que yo.

“Oye, Miki, ¿te puedo pedir un favor?”, me dice luego de devolver el espejito a su bolso.

“Mientras no sea dinero, todo bien.”

“No, no es eso, tonto, cómo podría… En vez de ir a San Borja Sur, vamos a Javier Prado con la Arequipa. Es más cerca y no vas a gastar más gasolina.”

“Claro, tú eres la cliente.”

“Gracias, Miki, eres lo máximo.”

El resto del camino hacia la nueva dirección lo hicimos hablando tonterías. De vez en cuando en la radio sonaba alguna canción que estuvo de moda durante el tiempo que compartimos espacios y experiencias, dentro de esa gran burbuja que nuestros padres compusieron para nosotros. Y las cantamos.

Finalmente llegamos al cruce.

En la esquina del Banco de la Nación reconozco la silueta de un hombre, un cigarrillo encendido en la mano.

“Aquí nomás déjame, Miki.”

Obedezco y me detengo. El hombre se acerca a mi viejo auto y abre la puerta. Sofi desciende y le da un enorme beso, cargado de la misma fuerza que el que le acababa de dar a Alfredo Marcone hacía unos pocos minutos. Luego, ella se acerca a la ventanilla y me mira detenidamente antes de despedirse.

“Chau, Miki. Qué bueno encontrarte. Tal vez te vea de nuevo alguna otra noche.”

Miro sus ojos y sé que es mentira. Que los sonidos que emite son sólo unas palabras de compromiso, aquellas que se le dan, como limosna, a alguien que no puede evitar sentirse en picada desde hace mucho tiempo, sin visos de que un piso de mármol lo detenga. Le contestó con un “Claro, Sofi, ya sabes por dónde y a qué hora encontrarme.” Ella sonríe y vuelve a despedirse.

En ese instante, cuando sus ojos ya no me ven y su sonrisa, ahora, se dirige hacia la persona que la espera en la esquina, me decido.

“Flaco”, le digo al hombre que fuma. “Todavía no me han cancelado la carrera.”

El hombre se acerca y con mirada inquisitiva pide que le repita lo que dije.

“La señorita”, la señalo con un movimiento de cabeza, “todavía no me ha cancelado.”

El tipo voltea a verla. Ella dirige su mirada hacia el auto –por la oscuridad es imposible que lo haga hacia mí—. Luego se acerca y me dice unas cuantas palabras en voz baja. Su mirada se vuelve cruel y me increpa lo que estoy haciendo.

“No me ha pagado, señorita. Y venimos desde muy lejos”, digo en una voz más alta de lo normal, como para que él me escuche. Ella sigue sin creer lo que digo y, sin apartar sus ojos de los míos, también levanta un poco la voz. Finalmente, voltea y escucho que le dice, con una voz envuelta en mimos de niña que, a su edad, ya dan un poco de vergüenza:

“Págale, mi amor. Son 30 soles.”

Al escucharla, me asomo más hacia la ventanilla del copiloto.

“No, señorita, es el doble. ¿Se acuerda que fueron dos carreras?”

Sofi no voltea. Sólo le dice que sí, mi amor, ya sabes cuán despistada soy a veces, son 60 soles.

El tipo me paga, regresa hacia ella y, juntos, emprenden, abrazados, el camino hacia Miraflores por la Arequipa. Los veo caminar y pienso que con esto ya puedo ir a dormir más temprano a casa. Continúo un rato más viendo sus siluetas deshacerse en la noche.

Arranco.

“Viéndola bien, es una pena que de espaldas ahora se parezca tanto a su madre.”, pienso.
 

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