La soledad de los números primos

Ya era hora de que escriba sobre uno de los tantos best-sellers que leo. Y no creo que sea un buen gesto empezar haciéndolo con uno que me gustó, sino que es mejor hacerlo con uno que detesté: La soledad de los números primos, de Paolo Giordano.

Primero quiero dejar algo en claro: por algo existen talleres de escritura muy rentables all over the world y muy pocos que son realmente valiosos. La razón es que escribir a partir de determinadas fórmulas y apuntando a determinado mercado es sencillo: hace muchos años que la publicidad demostró eso. Si no, que alguien me explique por qué Darrin Stephens, el esposo de Samantha en Hechizada, era publicista. Ahora, el punto de tratar de vender un  producto insulso como obra de arte, bueno, tampoco es novedad, no seamos inocentes. Basquiat y, más recientemente, Banksy (coincidentemente, ambos nombres comienzan con la letra B) son el epítome de esta práctica. Pero que medio mundo se arrodille acríticamente frente a una novela que no se sostiene más allá de sus primeras veinte páginas ya es preocupante; y, en este caso, no creo que el ruido de la traducción del italiano al español tenga mucho que ver en el asunto.

Para empezar, esta novela plantea una historia más aburrida que una novela de Zambra sin la decencia de tener menos de cien páginas. Dos personajes: un chico con breves habilidades sociales, que carga con la culpa de la desaparición de su hermana gemela con retardo que se mete a matemático y  una chica con aun más cortas formas de socializar que se enfoca en maltratar su cuerpo. La soledad del título se refiere a esos números como el 11 y el 13, el 17 y 19, el 41 y el 43 que, además de ser primos, tienen la particularidad de estar separados por un número par. A Giordano, físico teórico de profesión (sí, como Leonard Hofstadter), esta particularidad le sirve no para hablar del aislamiento o la alienación que condicionan a sus personajes sino para construir una novela de casi 300 páginas en las que el punto es que estos freaks son tan freaks que nunca se van a encontrar, por más que hayan construido una relación larga y se amen.

La novela, lo repito, no está mal escrita porque escribir una novela correcta no es difícil. Sin embargo, reincidir en estereotipos de gente rara y condenada al sufrimiento por el simple hecho de ser rara es un facilismo que explica el hecho del éxito de esta novela (a propósito, hay una película, aun más mala que la novela). El único peso que tienen los personajes reposa en el hecho mismo de ser extraños a su entorno y ser rechazados por casi todo el mundo.

Las escenas en las que Alice, la muchacha que no come y se corta, tiene que interactuar con su familia parecen sacadas del anecdotario de una chica demasiado expuesta al Ritalin y a Daria. Las de Mattia, el chico de los números, incapaz de decirle a Alice que la ama y tan concentrado en las cifras que se va a enseñar a un país nórdico, solo causan risa por reincidir en el clisé del intelectual aislado incapaz de expresarse más allá de su trabajo o de exponer lo que en verdad quiere decir. Como es esperable, ella se casa con otro, no logra obtener un orgasmo y Mattia, a pesar de encuentros, idas y venidas, es incapaz de penetrarla.

Es muy fácil entender por qué una novela tan elemental como esta tuvo el éxito que tuvo. Básicamente, alimenta las fantasías latentes de tanta gente que se esfuerza por parecer muy inteligente a la vez que ajena a lo que las rodea.

Me encanta la literatura de consumo. Sin embargo, este tipo de novela y el hype alrededor de ella es absurdo, innecesario y autoindulgente, desde una posición crítica y de consumidor.

Giordano, Paolo. La soledad de los números primos. Barcelona: Salamandra, 2011

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