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Tres eventos ocurrieron en los últimos días para que me decidiera a escribir esto. El primero fue el largo fin de semana último, en el que me sumergí en una imposible laguna de botellas que hacía mucho no veía crecer tan velozmente sobre las mesas en que me sentaba. El segundo, fue leer un pequeño y ridículo libro de poemas en prosa de Patti Smith, El mar de coral, escrito poco después de la muerte de Robert Mapplethorpe, antiguo amante y compañero de Smith, y publicado originalmente en 1996. Puede parecer que este hecho no tiene nada de relevante, pero Smith y su carrera han sido muy importantes para mi formación y para dos o tres eventos en mi vida, y para uno en especial en los últimos diez años.

La cuestión es que me hizo recordar al tercero, su libro de memorias, Just Kids, de 2010, en el que, como en este de poemas, da vueltas alrededor de su antiguo amante. Ese libro, que sí es muy bueno, lo leí cuando aún estudiaba en Pittsburgh, y fue uno de los responsables de un episodio similar al del fin de semana pasado, sólo que más intenso, extenso y en New York, hospedado en el Chelsea, por no recuerdo bien cuántos días y sin salir para nada de ese, el hermoso barrio gay de la ciudad en la que tanta gente moriría por vivir y a la que yo jamás regresaría. Por lo menos no por más de dos o tres días y solo para visitar a tres de mis grandes amigos. La cuestión, es que revisé el Just Kids y, al abrirlo, estaba marcado en una foto de Smith y Mapplethorpe jóvenes, ella con un corte a lo Keith Richards, él con uno a lo Vincent de La Bella y la Bestia. El marcador era la receta de mis antidepresivos y pastillas para dormir firmada por el psiquiatra que me atendía durante ese tiempo, el Dr. Handler, cuyo apellido podría traducirse como “manejador” y que  se convirtió en una broma a soportar por muchos minutos al regresar a casa con el abrigo repleto de pastillas y encontrar a mi novia de entonces cocinando tofu, porque si yo iba a bares después de clases y la biblioteca, era insomne y estaba medicado, pues ella tenía que ser vegetariana, comer tofu y hacer yoga.

En fin, me desvié como siempre. El punto es que El mar de coral es malísimo y sobre eso voy a continuar, tan solo porque el largo fin de semana, el libro, Just Kids y la receta médica me hicieron pensar en el Chelsea, en Handler, Pittsburgh, NYC, el tofu, en el poster de Mao que compre en ese viaje, en el Quijote al lado del Chelsea, en tantas cosas. Sigo.

Es obvio que el problema no es que Smitn no sepa escribir. Tal vez sea que el luto por la muerte de Mapplethorpe (compañero de tantos años y, sobre todo, de formación), perturbó la visión de Smith al escribir. El resultado: un libro de poemas en prosa que relata un viaje (primer lugar común) en dos partes del personaje central M (segundo lugar común, una inicial) en viaje mortuorio hacia la Cruz del Sur. Para rematar todo, M es retratado en diversas etapas de su vida, desde su infancia, hasta su muerte; en todas ellas, se hace referencia explícita al “adulto que nunca olvidó al niño” (sigue con otro, que hay para todos). Para Smith (se deja leer, aunque nunca lo dice) en eso radica el carácter y la visión como artista de Mapplethorpe. Un poco más allá y ya me lo imaginaba como una de esas insufribles ilustraciones de Fito Espinosa (y ahí sí que cerraba para siempre el Patti Smith Stadium y que Dios me la tenga en su Glooooria!).

Otro más de los lugares comunes en los que se regodea mi adorada Patti es el de la predestinación del artista. En uno de los pasajes (que recuerda mucho a la escena de la masturbación frente al San Sebastián en Confesiones de una máscara de Mishima), un visualmente precoz M, de niño, ordena una enorme biblioteca según un patrón de colores, creando un arcoíris de empastes de cuero, empleando carísimas primeras ediciones e incunables. En este mismo episodio, tan solo en las primeras oraciones, vuelve a tropezar con el clisé del artista: “Su destino era estar enfermo, muy enfermo. Aunque no fuera evidente.” (39) Destino, precocidad, enfermedad, talento enorme e innato. Sólo le faltó matarlo de tuberculosis y en París.

Ya dije que es probable que haya sido el luto el que la haya hecho escribir eso sobre Mapplethorpe, un artista que no necesita esa sarta de adornos para brillar por su cuenta. Just Kids puede ser una prueba de qué tanto pudo nublarla creativamente la muerte de su gran amigo. En ese libro, Mapplthorpe es evaluado mejor, quizá por la distancia que ofrece el tiempo. Igual, la relación retratada en esa memoria es más de aprendizaje. En este libro, me parece, Smith quiere curarse creando un Mapplethorpe que la pueda ayudar a sobrellevar su muerte. Y lo hace creándose un fantoche, casi un troll de llavero, hecho con retazos de lugares comunes para señoritas y señoritos sin espíritu crítico y que abrazan con amor al lugar común. No para Patti Smith y Robert Mapplethorpe.

El que sí es bueno, pero no por los textos sino por el sonido, es un álbum doble llamado The Coral Sea en el que Smith recita/canta los textos de este libro y quien improvisa en la guitarra es nada más y nada menos que Kevin Shields, el líder de My Bloody Valentine. Ese sí vale algo la pena.

Smith, Patti. El mar de coral. Rosa Pérez Pérez, trad. Barcelona: Random House Mondadori, 2012

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