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Hace un par de semanas, salió a la venta, aunque todavía no llega a Lima, Las poseídas, de Betina González, última ganadora del Premio Tusquets de novela. A propósito de esto, rescato este textito que escribí hace varios años cuando leí su muy buena primera novela, Arte menor.  Recuerdo que lo escribí con frío en el 2007, cuando tenía otro blog que llevaba junto con mi ex esposa. Se llamaba “Diálogo de sordos” y fue algo así como una versión aun más mamarrachenta de este.

Al igual que mi matrimonio, ese blog también se fue a la mierda.

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Desde hace algunos años, el diario argentino El Clarín –que pertenece a un monstruo mediático que abarca tanto prensa escrita como televisión y radio- entrega el Premio Clarín de novela. Entre algunos de los ganadores previos figuran Claudia Piñeiro con Las viudas de los jueves y Pedro Mairal con Una noche con Sabrina Love –esta última convertida en una película horrorosa, protagonizada por Cecilia Roth y dirigida por Alejandro Agresti. La novela ganadora del año pasado fue Arte menor, de Betina González, una novela muy interesante en muchos aspectos.

Primero, algo de González: estudió Comunicaciones en la Universidad de Buenos Aires y hace poco terminó una maestría en Creative Writing en University of Texas at El Paso –el mismo programa del que egresó, hace algún tiempo, Miguel Ildefonso- y Arte menor fue su tesis. Actualmente, cursa el programa de doctorado en Literatura Hispánica de la Universidad de Pittsburgh (sí, el mismo en el que yo estoy).

Claudia Gemelli es una desertora de la carrera de Periodismo que un día, en una venta de garage, se encuentra con una pequeña escultura de bronce: una representación de Eva con manzanas incrustadas simétricamente en el cuerpo. Reconoce la pieza como la que su padre, Fabio Gemelli, escultor mediocre y mujeriego sin remedio, regalaba a todas sus amantes. A partir de ahí, comienza una búsqueda, a través de un anuncio en el diario, de las piezas y sus dueñas con el fin de reafirmar y/o confrontar la imagen que construyó, a través del filtro de la ausencia, de su padre –muerto en un extraño accidente de tránsito-, quien dejó la casa familiar cuando ella y su hermana eran aún pequeñas.

La memoria, se sabe, nunca es fiel; a cada instante altera los recuerdos y los acomoda a su antojo o conveniencia. En la novela, Claudia coteja la imagen de su padre, construida sobre los pocos recuerdos que tiene de él, con la que le entregan dos de las ex amantes (Nina, una antigua bailarina de ballet con el talento justo para sobresalir, mas no brillar; y Graciela, una aspirante adolescente a artista que termina de podóloga) y un astrólogo gay, Guillermo Durán, personaje muy cercano a otra de las mujeres de Gemelli, Liliana Fiore. Por medio de estos testimonios, la novela profundiza en los mecanismos de la memoria y en cómo esta es utilizada, muchas veces, para ordenar una vida. Así, Nina recuerda a un Gemelli con talento potencial pero que nunca, hasta que lo deja al descubrir que estaba envuelto en atentados vinculados a las Juventudes Peronistas, llega a desarrollarlo. Por su parte, Graciela, quien fuera alumna de Gemelli en un instituto, lo recuerda como un artista genial e incomprendido, ganador de premios e injustamente relegado de los círculos artísticos bonaerenses. Sin embargo, será Guillermo quien le descubra un rostro más creíble de su padre: falsificador de monedas y estafador que negocia con esculturas de artistas reconocidos, y que, cegado por alcanzar el estatus de artista, intenta construirse a sí mismo como el escultor que Graciela recuerda.

Y aquí entra el tema central de la novela: la concepción del arte y el artista como actividad y sujeto superiores. González se sirve de una serie de personajes con aspiraciones artísticas (un escultor mediocre, una bailarina apenas sobre el promedio, una escultora que termina cincelando callos y juanetes, una hija, Liliana, ensombrecida por un padre artista reconocido) para cuestionar esta idea. Como ella misma señaló en alguna entrevista, en la novela se toma la vida diaria de este escultor para desmitificar la figura del artista: Gemelli trabaja de profesor y, además de bebedor y  mujeriego (seguro convencido de que eso viene con el paquete de artista), se dedica a elaborar proyectos (abortados o estropeados por la ausencia de talento y la adicción al lugar común) que cree están destinados a ser parte del “gran arte” argentino.

Esta es una novela en la que todo refuerza la idea de lo “menor”: Claudia tiene un puestito miserable en una agencia de publicidad; Gemelli es un escultor que, mientras más se empecina en no reconocer su medianía, se revela más mediocre y que se desvive por ingresar al mundo del “arte mayor” bonaerense; una familia que vive en el conurbano, alejada del centro de Buenos Aires; Nina, Graciela, Guillermo; todos personajes y situaciones “menores” que sirven para despojar al arte de esa aura insoportablemente romantizada, apuntar la arbitrariedad del éxito en este campo, y señalar la fragilidad de los recuerdos que construye la memoria.

González, Betina. Arte menor. Buenos Aires: AGEA AGATA UTE, 2006.

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PS: Aquí, un adelanto de Las poseídas.

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