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Cuando me hablaron de Patricio Pron, lo primero que pensé fue que casi cumplía con las reglas de Aleister Crowley para componer un seudónimo. Al poco tiempo, leí El comienzo de la primavera y mi debilidad por la prosa del XIX me llevó a quedar fascinado con ella. Sin embargo, lo atractivo de un narrador como Pron es la capacidad que muestra para desarrollar sólidos personajes a partir de un puñado de motivos: memoria, identidad, escritura, familia. Éstos se repiten a lo largo de sus libros y son abordados a través de registros narrativos particulares que, vistos en conjunto, cobran sentido en un argumento mayor acerca de esos mismos motivos: la memoria es una amante difícil.

Los cuentos de El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan no son la excepción. Los personajes y las historias en las que se desenvuelven se sitúan, en mayoría, en Alemania. Todos ellos se enfrentan, ya sea directamente o -con bastante frecuencia- a través de alguna figura de autoridad, con un pasado que siempre se presenta envuelto en sombras. Así, las historias de El mundo deambulan por los corredores de la memoria o, mejor, de una memoria en permanente construcción. Si bien los personajes no demuestran conciencia de esta particularidad de la memoria, sí la intuyen y esta intuición, en muchos casos, es la causante de su descentramiento.

Agamben sostiene que no es posible desear que Auschwitz retorne eternamente, precisamente, porque nunca ha dejado de suceder; se está repitiendo siempre. Es decir, el pasado nunca es pasado. Siempre es presente, en tanto sus trazos son reinventados o vueltos a delinear, reconstruidos. Sobre todo cuando lidiamos con atrocidades que, de algún modo, fundaron un ciclo en determinado territorio. Por ello, no puede ser más acertado que Pron utilice el territorio alemán y el pasado nazi para hablar del argentino y del Proceso, y de los beneficios y peligros, las luces y sombras, que conlleva el obligatorio acercamiento a la memoria.

En “Un cuervo sobre la nieve”, la inusual llegada de los cuervos en invierno altera la vida de un campus universitario. Los cuervos, que siempre han llegado en el verano, son percibidos como una amenaza real, en tanto han quebrado un conocimiento anclado en la costumbre y la memoria. Los personajes del cuento son estudiantes universitarios. Una de ellas le cuenta al narrador la historia de cuando se le apareció el fantasma de su esposo y la definición del otro mundo que le ofreció: “El fantasma del marido pensó un momento y luego respondió que era como las espinas de un pescado. ‘Si miras al pescado no puedes imaginar que tenga espinas, pero si lo abres comprendes que sin las espinas no podría sostener su carne reunida; así es el otro mundo’” (63). Los cuervos han causado incertidumbre porque han mostrado que hay cosas del pasado que no se pueden controlar, por muy desagradables y dañinas que puedan ser, como las espinas de un pescado.

De modo similar actúa la madre de “Tu madre bajo la nevada sin mirar atrás”. En esta historia, tras morir su madre, el narrador encuentra un cuaderno, fotografías y cartas pertenecientes a la época de estudiante de su madre. Curioso por conocer quién es el remitente de algunas cartas de amor, emprende un viaje en el que descubrirá un pasado procaz, en el que su madre posaba en situaciones de fuerte carga sexual para el lente de su arrendador y profesor de la universidad. La foto en la que más se detiene, y con la que termina la historia, es una en la que la mujer está de espaldas, curvada hacia adelante, mirando el paisaje. La descripción que se hace de la fotografía remite inmediatamente al Angelus Novus de Paul Klee y a la lectura de él que hizo Walter Benjamin. Para Benjamin, el Ángel de la Historia es impulsado al futuro, al progreso, pero nunca deja de fisgonear, un tanto aterrado, el pasado que va dejando atrás. El narrador del cuento cree ver en el gesto de su madre la misma lectura que Benjamin observó en Klee: “comprenderás que tu madre habrá conservado aquel álbum que le fuera devuelto varios años antes de su muerte para que tú iniciaras un viaje en la búsqueda de una parte de quien ella había sido realmente… alguien mirando un paisaje, su espalda curvándose ligeramente hacia adelante, hacia un tiempo que no presenciará, pero en el que tampoco te soltará de la mano, porque entonces tú y yo estaremos juntos de nuevo, unidos en algo que se parecerá a la compasión, al arrepentimiento, que nada soluciona, y a la memoria” (39).

Por otra parte, el libro también muestra el rostro dañino de la memoria, el de una memoria enferma. Este se muestra en las dos versiones de “La historia del cazador y del oso # 1 y # 4”. En estos dos cuentos se narra la historia de una mujer que ya no puede recordar. En la escena central de ambos cuentos, un estudiante de enfermería, seguro de que la mujer olvidará el incidente en breve, le roba un libro muy viejo para pagar la matrícula en la escuela. La mujer lo ve, se enfurece, pero poco a poco, en minutos, olvida por qué siente impotencia y enojo, mas no deja de sentirlos. Al día siguiente, no recuerda nada. En esta narración, se puede leer la memoria enferma, o el olvido, como un acto que impide procesar el pasado, en tanto lo oculta; entonces, faculta la permisividad con el presente (ahí están las leyes de Amnistía, Punto Final, Obediencia Debida, etc.) y deja seguir, sin molestas interrupciones, un curso de la Historia.

El mundo es un conjunto de cuentos compacto y, a pesar de que los cuentos fueron escritos entre 2002 y 2010, presenta una coherencia en términos temáticos y de estilo de gran nivel. Las discusiones acerca de la construcción de identidades y memorias (y los beneficios y riesgos que enfrentar este ejercicio trae) muestran a un narrador perspicaz y capaz de extrapolar contextos y tradiciones sin que esto le impida dialogar con muchos otros.

(Publicado originalmente en: http://criticalatinoamericana.com/la-memoria-es-una-amante-dificil/)

 

 

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