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Visité la muestra “Terremoto en Lima” un día antes del conversatorio de cierre. Antes de continuar, debo confesar que me costó un poco dejar de lado algunas ideas formadas acerca del trabajo de los curadores de la muestra, Sandro Venturo y Daniela Rotalde. No obstante, el hecho de que sean, respectivamente, el Director y Gerente de proyectos de Toronja, agencia de publicidad acostumbrada a confundir ingenio con apelar a algunos de los prejuicios más rancios y arraigados en el imaginario colectivo limeño, y cuya cuenta más cuestionable es la de la minera Yanacocha, evidentemente, era un dato que no podía ser tomado a la ligera.

Menos aún si se consideran las entrevistas que en los últimos días Venturo y Rotalde brindaron a los diarios Perú 21 y La República en las que intentaron explicar las motivaciones detrás de la exposición. (Estas entrevistas, al igual que la muestra, aparecen en un momento bastante particular y que coincide con el estallido de la protesta social en Cañaris, el nuevo atropello a la familia Chaupe Acuña en Conga, el anuncio de la formación de frentes policiales en zonas de exploración y explotación minera por el ministro Pedraza, la inofensiva entrevista de Beto Ortiz a Roque Benavides. Todos estos eventos ocurridos en menos de tres semanas.)

Venturo es sociólogo, publicista y comunicador social. Por ello, las declaraciones brindadas a la prensa no son inocentes y “Terremoto en Lima” no puede ser leída sin ellas en paralelo. Aunque, para ser franco, tampoco era tan necesario que abriera tanto la boca: lo que explícitamente se lee en las páginas de los diarios es el río discursivo detrás de la muestra que terminó ayer en la sala Miró Quesada de Miraflores.

Antes de pasar a señalar algunos puntos que me interesa resaltar, quisiera mencionar dos cosas. Primero, el descuido de la muestra. No soy curador ni provengo de las artes plásticas. Mi formación es en Letras, específicamente en literatura. Sin embargo, creo poseer un mínimo criterio estético que me permite darme cuenta cuando una muestra ha sido mal curada o montada con apuro. “Terremoto en Lima” me dejó esa impresión y no creo ser el único que haya abandonado la sala pensando de ese modo.

Este apunte me lleva al segundo aspecto que quisiera mencionar por ahora: quizás Venturo y el resto de personas implicadas en la exposición tendrían, en estos momentos, una visión más amplia y crítica de su trabajo si es que hubiesen optado, como es habitual en cualquier muestra, por colocar un libro de comentarios. Tal objeto estuvo ausente en la exposición. Mi sorpresa al no encontrarlo fue tan grande que estuve tentado de dejar un recado con el personal de seguridad de la sala. La ausencia de dicho libro y el feedback de los visitantes dice mucho de lo que los curadores esperaban lograr con “Terremoto en Lima”. Más adelante, volveré sobre este aspecto.

La muestra es, por lo menos, desconcertante. Abre con el simulacro de un reportaje televisivo, propio de programa dominical, que hace un recuento de las primeras horas tras un terremoto “ocurrido” en Lima el 17 de enero de 2013, un día antes del aniversario de la ciudad. Aquí habría que notar un detalle. En los diarios se consignó que se trató de un terremoto de grado 8. Esto no es exacto. En realidad, el terremoto simulado fue de 7.9, la misma magnitud que tuvo el sismo que devastó el puerto de Pisco en 2007 y del cual la ciudad aún no ha terminado de recuperarse.

Es curioso que si, como ha señalado con insistencia la curaduría, la exposición tiene como fin generar conciencia social en Lima y superar la desconfianza que nos tenemos el uno al otro para garantizar un equilibrio que resulte en una efectiva redistribución de la riqueza que se viene generando por el anunciado crecimiento económico, se utilice una referencia tan explícita, irresuelta y cercana en el tiempo como es el desastre de Pisco. Al respecto, Venturo le decía al entrevistador de Perú 21: “Desde hace tiempo nos preguntamos qué tiene que suceder en el Perú para que salgamos de la inmediatez y veamos los problemas del fondo: no pasó con el primer gobierno de Alan, no sucedió con la caída de Fujimori, no pasó con Sendero Luminoso. ¿Qué hace falta para que nos movilicemos? Nuestra respuesta fue: quizás un terremoto sea lo suficientemente contundente para que nos detengamos a pensar hacia dónde estamos yendo, qué está pasando con nosotros.” Si se está pensando qué tiene que suceder en el Perú para una reacción a nivel de instituciones y ciudadanía, ¿es necesario recurrir a un sismo simulado en Lima si un fenómeno de esa magnitud ya ocurrió en Pisco y el desenlace de esa historia ya lo conocemos? ¿Es que acaso ya no está suficientemente claro que el discurso del centralismo, la ausencia de instituciones y la carencia de infraestructura ocasionaría que todo colapse? Creo que las respuestas van por el lado del público al que apunta la muestra (obviedad); sin embargo, aquí también existe algo más que considerar: la ausencia del libro de comentarios. Pero, otra vez, volveré sobre ello un poco más adelante.

Si Pisco, para esta muestra, sólo es un número (como lo fue para Rafael Rey y su botella de licor de uva marca 7.9), ocurre lo contrario con otros referentes. Al lado de los monitores que muestran el informe televisivo narrado por René Gastelumendi se deja ver una detallada línea de tiempo. En ella, entre muchos otros posibles, resalta con nombre propio un país con enorme experiencia sísmica: Chile. Mi punto no es jerarquizar experiencias de desastres; esa parece haber sido la tarea de la curaduría; lo que pretendo hacer notar es un sesgo que se nota inmediatamente si pensamos en qué es lo que simboliza el país del sur: inversión privada, una aparente estabilidad económica y, finalmente, los Chicago Boys. Y aquí no pouedo dejar de pensar en las entrevistas que mencioné al inicio de esta entrada, en las que la desconfianza que esta muestra plantea superar es reconocida en la oposición a proyectos como Conga, Espinar, La Parada y Mistura, todo en un mismo saco, con fenómenos naturales; los cuales, ahora, sólo podrían ser superados por los proyectos gestionados por la megainversión privada, es decir, por algunos de los clientes de Toronja y Sandro Venturo, como la minera Yanacocha.

En este punto, por fin, abordo la ausencia del libro de comentarios. Tal libro no existe porque la muestra de la sala Miró Quesada no aspira a ser una de arte. Se disfraza de una y ocupa su espacio, pero no es más que un brochure publicitario en tres dimensiones y, como tal, no requiere de opiniones inmediatas. “Terremoto en Lima” tiene un mensaje que transmitir y utiliza un medio para hacerlo. Es tan sólo un estadio más de un proyecto mayor. Como parte de una campaña publicitaria, tiene un público al cual quiere llegar: por ello, Pisco no aparece y Chile sí, en tanto este es más reconocible para el público objetivo de los curadores que aquel.

Ese público es uno netamente urbano formado por clases altas y medias, y apelan a ellos en lo que comparten: un discurso fuertemente anclado en lo familiar y lo religioso. Es por ello que las dos primeras salas simulan el living de una casa en el cual uno puede sentarse a ver la televisión, luego pasar a otro lado, en el cual se encuentran fotografías familiares quebradas e imágenes religiosas, y algo que podría funcionar como una coffee table con un número apócrifo de una revista muy popular entre este público, Caretas. En este punto, es necesario resaltar que las fotografías familiares están en el suelo y los vidrios quebrados como resultado del desastre. Entonces, el discurso que está detrás de “Terremoto en Lima” y que incide en que sólo la inversión privada podrá reconstruir un país azotado por la naturaleza, cobra ribetes de perversión, en tanto ingresa al nivel de lo íntimo, de lo familiar. Asimismo, la religiosidad se asume como católica, en tanto las imágenes de la estantería provienen del imaginario católico, cercenando, de este modo, otras expresiones de espiritualidad fuertemente ancladas en la composición de la ciudad. Discurso limeño criollo clásico y reconocible de inmediato.

Es imposible leer “Terremoto en Lima” separándola del trabajo de Venturo y Rotalde como publicistas de Yanacocha, precisamente, porque ellos mismo se han encargado de ponerlo en la discusión a través de los diarios. Además, tampoco se necesita ser muy perspicaz para darse cuenta de esto: basta con darle una leída a los tuits que aparecen en los monitores de la exposición o leer un par de páginas del número de Caretas especialmente editado para la exposición.

Bonito regalo para Lima: la empresa privada, aquella que depreda en Cajamarca, Espinar, Cerro de Pasco o Cañaris, la reconstruye a partir del día de su aniversario.

Solo faltó el Super Ratón (o tal vez Andy Kauffman) cantando “Here I come to save the day!

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