Leo mucho. Si en lugar de leer fumara crack, ya estaría muerto hace muchos años. En las siguientes semanas voy a ordenar un poco las notas que tomé mientras leía durante el año pasado. No es un recuento, porque, para empezar, casi nadie lee esto; y, para terminar, varios de los libros son relecturas o no fueron publicados en el 2012.
No los voy a reseñar necesariamente. La mayoría van a ser notas, impresiones muy subjetivas. La idea es divertirme un poco.
Una vez que termine con la lista que tengo preparada con los libros que más me gustaron, empezaré con los que menos me llegaron y hasta molestaron, pero que, sin embargo, terminé (les evito el fastidio de exponerlos a los que tiré al piso por intragables).
Van los dos primeros: Los Lemmings, de Fabián Casas; y Stella Manhattan, de Silviano Santiago.

Los Lemmings (Fabián Casas)
Lima: estruendomudo, 2012



Lemmings

De cuando en cuando sucumbo al hype. Con más frecuencia de lo que quisiera aceptar y con menos responsabilidad de la que mi presupuesto de repatriado en Lima soporta. Así, llegué a este libro de cuentos de Fabián Casas. Olvídense de esa línea de Fogwill en la que el argentino dice que Casas es un genio, porque tampoco es para tanto; simplemente, la gente de estruendomudo sabe vender bien sus libros. Aunque no es un libro extraordinario, sí es un libro que disfruté mucho.
Casas sitúa todos los cuentos en su barrio de Boedo, en Argentina. Sigue a sus personajes desde la infancia hasta la adultez y los ve crecer, cada uno con sus líos y formas de lidiar con el crecimiento y madurez.
El cuento que estructura el libro es “El Bosque Pulenta”, en el cual aparecen casi todos los personajes que poblarán el resto de historias del libro, sobre todo uno, Máximo, el cual ocupará un lugar importante en el imaginario no sólo de los muchachos que conformarán la pandilla del libro, sino de algunas más que circularán como fantasmas en las afueras de las historias, en sus correrías adolescentes, en sus vidas adultas.
En el conjunto, el relato que sobresale notoriamente es “Asterix, el encargado”. Es una historia en la que se mezclan una pareja disfuncional, a punto de quebrarse, un conserje un tanto sórdido, un gato que prefiere la calle, y un asesino en Boedo. Ah, y la policía en busca de cerrar el caso del doble asesinato y violación en Boedo.
Sin embargo, éste es el quinto relato del conjunto y el último que vale la pena. A partir de este momento, el libro va cuesta abajo y termina empantanado en los dos “Apéndices al Bosque Pulenta”. Las cuatro historias restantes son reiterativas en estructura y tono. No hay ni rastro del narrador arriesgado de “El Bosque… ” o “Asterix…” o “Los Lemmings”. Aclaro: las historias no son malas, pero dan la sensación de estar leyendo todo de nuevo, sin ofrecer nada, sin arriesgar en lo mínimo.
No sé, tal vez sea una cuestión de formato, ego o qué será, pero yo no le hubiera encontrado problema a cerrar el libro en el quinto relato. Hubiese resultado un libro excelente.
Sin embargo, lo disfruté mucho, tanto como ese jueguito de Commodore 64, con el que comparte el nombre.

Stella Manhattan (Silviano Santiago)
Buenos Aires: Corregidor, 2004
stella-manhattan-silviano-santiago-art-14747_MLA-O-2709852520_052012

Santiago es un narrador que descubrí en los últimos seis años. Antes de eso lo había leído como crítico, pero ni por asomo, a pesar de la particularidad y agudeza de su lectura crítica, tuve la suficiente voluntad para esforzarme un poco más y encontrar sus libros de ficción.
El año que pasó leí Stella Manhattan por primera vez en español, pero, en sentido estricto, fue la segunda vez que me acerqué a esta espléndida novela. La primera vez lo hice en inglés, para una clase con el gran Bobby Chamberlain.
La novela está ambientada en 1969, a cinco años de iniciada la dictadura más grande de Sudamérica, aquella que duraría veintiún años y que iniciaría el ciclo de gobiernos autoritarios en la región. Santiago es hábil en articular las pulsiones paranoicas del poder dictatorial con las de sus enemigos guerrilleros, y las proyecta sobre el personaje del título. Eduardo, tras ser expulsado de su país por la dictadura, debido a su homosexualidad, recala en el consulado brasilero en Nueva York. Víctima del acoso del agregado militar y de los guerrilleros enemigos del funcionario, Eduardo se ve en el centro de una conjura política en la cual su sexualidad, el motivo por el cual fue expulsado de su país, es ahora de una irónica importancia en las luchas políticas por el futuro de ese mismo país. Así nace Stella Manhattan, la Estrella de Manhattan, como una opción por el escape, por el desinterés político que, en realidad, lo que señala es el poder represivo de los autoritarismos de cualquier tipo.
Algo que me hizo pensar esta segunda lectura de Stella Manhattan es la posición que ocupa Brasil y su literatura en el espectro de Latinoamérica. Cuando estudié Literatura, en Lima, no se contemplaba a la literatura brasilera dentro de América Latina. Es decir, oficialmente, sí; pero en ningún curso de Narrativa Latinoamericana o Poesía Latinoamericana o Teatro Latinoamericano iba uno a encontrar algún texto brasilero. Uno debía tener un interés muy fuerte para ir un poco más allá. Recuerdo que Biaggio D’angelo empezó a hacer algo en la UCSS, pero no tengo idea de cómo siguió eso.
Creo que la misma forma en que me he ido acercando a esta novela en particular, y a la obra de Silviano en general, es sintomática de cómo se crean e internalizan ciertos velos y miedos desde las universidades; y también de algunos saberes oxidados a los que siempre es necesario dinamizar: primero la tuve que leer en inglés y en otro país; luego, en español y en Lima. Supongo que lo leeré una tercera vez y en portugués, y alguien en alguna oficina septentrional experimentará un repentino shot de endorfinas. Al fin, ya lo cantó García varias veces: “la alegría no es sólo brasilera”.

Anuncios