Carta abierta a los estudiantes del Departamento de Lenguas y Literaturas Hispánicas de la Universidad de Pittsburgh

Varios de ustedes conocen mis posiciones políticas frente a la carrera que hemos compartido los últimos seis años. Del mismo modo, están al tanto de que siempre tuve una posición muy crítica frente a la labor que desempeñamos. Ahora, en un espacio muy breve, quisiera mostrárselas una vez más con la voluntad de que, esto sí, pueda aportar algo a la manera en que se abordan las Humanidades en la academia norteamericana.

En primer lugar, me preocupa mucho la manera en que generalmente las personas se acercan a la carrera (no la quiero llamar literatura, porque ese es mi campo particular y sé que no es el de la mayoría del departamento). Creo que hay una ambivalencia perniciosa en la forma en que asumimos los textos, ya sean escritos, orales, visuales o lo que sea. Creo que podemos estar de acuerdo en que cada formato tiene sus particularidades. Siempre me pareció una labor muy pobre acercarse a una película o poema, digamos, son sólo ejemplos,  de la misma manera en que uno lee un diario, un manifiesto o un volante subversivo.

Me parece que, en un afán bienintencionado, hemos perdido de vista que, en la mayoría de casos, estamos ante productos culturales (ya saben, la jerga a veces es inevitable) particulares, con sus propias reglas y sus propias maneras de aportar a la discusión por entender qué pasa con el mundo. Es cierto, la escritura o la creación es un acto político desde el mismo momento de sentarse a escribir y pensar acerca de una realidad que, de algún modo, nos afecta. El problema está cuando se ven las cosas desde un punto de vista sincrónico. Hay que ser conscientes de que trabajamos sobre textos que nacen dialogando con una tradición. Y si no la conocemos, estamos vendiendo aire. Nos convertimos en fusibles, intercambiables. Esto no quiere decir que tengamos que ser una banda de conservadores. No. Es tan sólo un movimiento básico. Uno tiene que saber desde donde se salieron las cosas para poder producir algo que aporte. Yo no puedo concebir a un crítico que se centre en un solo texto sin tomar en cuenta con qué otros textos dialoga. Eso sólo produce, una vez más recurro a la literatura porque es lo que domino y no soy pretencioso, novelas como las de, otra vez, es sólo un ejemplo, César Aira o Alejando Zambra.

He rechazado la forma de hacer crítica a la que estuve expuesto en los últimos años porque me parece estéril y autocomplaciente. Nadie va a cambiar el mundo desde un escritorio en el frío norte. Para eso hay otros canales. No hay que equivocarse: somos lectores privilegiados y que, sin importar la extracción social de la que uno venga, trabajamos para las élites.

Yo ahora regresé a mi país por una cuestión ética. Las cosas que de verdad importan hay que hacerlas fuera de la institución universitaria. Hay que perderle miedo a que te tilden de conservador, liberal, letrado o burgués. En eso está la radicalidad con la que tantos se han abrigado. Todos lo somos. Y (ahora hablo desde mi campo y dirigiéndome a quienes vienen del mismo) perderlo miedo a no ser progre, a leer a Alfonso Reyes, revisar a Popper y, sobre todo leer (sí, leer, cuánta gente se llena la boca sin haberlo hecho) al viejo cascarrabias que es Marx (me robé una frase de Toño Cisneros).

Por eso me fui y no voy a ser doctor: me parece muy pobre y las luchas, en verdad, están en otro lado.

Si quieren entender un poco más de lo que hablo, lean Hacia la estación de Finlandia, de Edmund Wilson. Una gran lectura de la izquierda desde el liberalismo. Sobre todo los capítulos sobre Michelet y el viejo. Ah, y a Engels. Engels. Qué poco se le ha leido.

Eso es. Que haya buen viento y salud.

Abrazos, besos y revolcones.

f.

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