para Pilar y Olguita

Una de las primeras cosas que hice cuando entré a la PUCP, en Lima y a mitad de los 90, fue conversar con la chica que vendía cassettes en el paradero de la Universitaria. Gracias a sus cintas descubrí a Atari Teenage Riot, Swans, Sylvania –donde estés, Cocó, siempre se te extrañará-, buena parte del tontipop español y tantas otras bandas que, a su manera, me metieron y, al mismo tiempo, me ayudaron a superar lo que Ozzy llamó Snowblind en el tema del mismo nombre– ; también, aprendí a detestar a Sabina, Rodríguez, Milanés, etc, y a querer a Chabuca Granda, a pesar de todo.

En ese mismo lugar, conocí, pegando afiches en el paradero –enfundado en esos shorts que se usaban para jugar fútbol en México 70–, a Ricardo Breneissen, quien en ese entonces y por algunos años más fue el vocalista de una de las más grandes bandas –y eso que hay varias– que han nacido a orillas del río Rímac: Dolores Delirio.

La mayor crítica que se le hizo a la primera etapa de Dolores –es decir, con Breneissen cantando, no con Lucho Sanguineti, como ahora: esa es otra historia y creo que tiene que ver más con Pepe y Josué– fue que eran la mejor banda limeña de los ochenta en los noventa. En sí, no es una crítica, ya que en esos años hubo una escena bastante fuerte que releyó las influencias ochenteras y afirmó el camino que, en la década anterior, ya se había insinuado, pero no consolidado. Azules Moros, Texturas, los jovencitos –en ese entonces—Catervas, el colectivo Crisálida Sónica, entre otras, fueron bandas que le dieron un refresco a la escena de Lima. (Recuerdo a Daniel F diciendo, dentro de su discurso autoconmiserativo, algo así como “qué paja que suenan los Dolores; ¿cuándo nosotros sonaremos así?” en la presentación del segundo álbum de Dolores en el estadio de Miraflores.) Esa noche –en la que convencí a mi hermano, más dado a la cumbia y al bailongo, de que Dolores era otra cosa–, junto con el regreso de la banda a los escenarios tras la muerte de Jeffrey –su guitarrista, cerebro y fundador–, en 1998, en la Nueva Helden –dos personas importantes para mí estuvieron esa noche, aun cuando no nos conocíamos y no lo haríamos hasta el año siguiente: Chauca y el mostro Richard– cerca de la Alfonso Ugarte, son dos de los momentos claves en mi educación sentimental.

Buena parte de esos años los pasé caminando por el centro y Barranco asitiendo solo a los conciertos de Dolores, en los que creí encontrar una suerte de comunidad que compartía mis intereses de ese entonces. Para mí, Dolores fue, aunque suene manido, un escape. Sus letras –de las mejores que se han escrito en el rock peruano– me movían y hacían saltar desde el primer acorde hasta el último. Cómo no pensar en Viento Satélite, ¿No ves el sol?, Vértigo, Depresión, Dame o el grito de Carmen; Locura, Juramento, A solas o Lágrima cuando pienso en esos años en los que leí, escuché y probé de todo.

Un amigo, Edgardo, una vez me dijo “Si Lucybell la hizo, fácil también estos”. En un sentido tenía razón: sus sonidos tenían muchos puntos de contacto. Pero su comentario dejaba de lado al público, el que cada noche se sacaba la mierda desde el primer acorde hasta el último y que tenía que pagar la cuenta de un cuerpo magullado, una garganta destrozada y un cerebro maltratado por la cocaína, pasta, trago barato o lo que venga primero.

Ahora puedo leer a Dolores de otra manera, alejado de la afectividad y las sustancias que la impulsaban. Igual, sus dos primeros discos, Cero y Dolores Delirio –el que algunos llaman Bajo un envenenado cielo plateado y que remite demasiado a U2 para mi gusto–, son dos piezas fundamentales para entender el rock peruano en estos momentos. Y si alguien lo niega, le recomiendo que se dé una vuelta por Huascarán y que, inmediatamente, se encierre con un pisco y una casetera –sí, casetera– y le preste atención a la garganta de Breneissen cuando maldice al calendario por la sufrida Carmen y se desgrana en pedacitos para su público.

Carmen

Viento Satélite


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