Dentro del disímil grupo de jóvenes narradores peruanos, destaca con notoriedad Alejandro Neyra. Alejado del realismo sucio que predominó en los noventa, así como del esteticismo –vacío, lamentablemente, en demasiadas ocasiones- de algunos que publicaron en el nuevo siglo, en Peruanos ilustres, Neyra entrega un conjunto de relatos en los que el humor y el ingenio configuran un discurso bastante particular –y necesario- acerca de uno de los grandes temas de la literatura peruana: la identidad nacional.

El título hace referencia a peruanos célebres, distinguidos, que, de algún modo, sirven de embajadores de la peruanidad, de imagen de lo peruano –al respecto, es significativa la inclusión del epígrafe de Luis Loayza que abre el libro y que incide en la carencia de una imagen del peruano que pueda reemplazar a aquella de las plumas y el taparrabo-. De este modo, se plantea una aparente contradicción: hablamos de sujetos que resaltan por su singularidad, por su carácter poco común y que, sin embargo, son presentados al lector como representantes de una comunidad. La pregunta es clara e inmediata: ¿cómo puede un sujeto que se define como diferente del grueso de sus congéneres erigirse como representante de esa misma colectividad? Una respuesta puede ser que, en realidad, esos sujetos, los “peruanos ilustres” del título, en lo esencial, no se diferencian mucho del resto de peruanos. Y este es el punto central del libro de Neyra.

Hace poco más de tres años, gran parte de la ciudadanía y los medios de comunicación reaccionaron indignados luego de que se hiciera pública la proyección de un video promocional acerca del Perú en los vuelos de LAN, línea aérea impulsada por capitales chilenos. Titulares, editoriales e informes periodísticos se dedicaron a descalificar el video porque, se decía, no representaba al Perú, debido a que mostraba imágenes en las que el protagonista era un país sucio, descuidado y peligroso. En apariencia, uno tendría que estar de acuerdo, casi instantáneamente, con esta descalificación, pero, si se ven las cosas con un poco de calma, se notará que mucho de lo que se mostraba en él constituye, en realidad, parte de lo que es el país y que tanto el gobierno –pienso, por ejemplo, en la reciente cumbre de la Unión Europea y Latinoamérica celebrada en Lima y en el afán de Alan García de encerrar a la ciudad en sus casas para mostrar un orden inexistente- como los ciudadanos nos empeñamos en negar.

De manera similar, Neyra incorpora elementos que, muchas veces, son dejados de lado a la hora de definir “lo peruano” desde los discursos oficiales, pero que son indesligables de la identidad nacional. Los personajes de Peruanos ilustres no son los que se esperarían de un libro con un título tal: en él, los peruanos acumulan, disciplinadamente, defectos y conductas reprobadas por autoridades legales, morales y éticas. De este modo, nos encontramos con delincuentes, estafadores, vividores, impostores, dipsómanos, promiscuos, simpatizantes de Mussollini, provocadores del ensañamiento nazi contra los judíos, etc. Por otra parte, muchos de sus personajes –Allan García (sí, con doble l), Genaro Nieri, Alejandro Serrano, Teodoro Vargas, etc.- presentan perfiles en los que se conjugan un logro o servicios notables –un pionero de la industria hollywoodense, un campeón mundial de fútbol, un precursor del expresionismo alemán, entre otros- con las más inmorales triquiñuelas en las que caen para lograr sus éxitos.

Otro rasgo resaltante, siempre en función de la línea principal del libro, tiene que ver con el registro utilizado por el autor. A menudo, los cuentos de Neyra se presentan como avances de una investigación o de un artículo académico, lo que implica que asumen algunas de las convenciones de estos textos –la inclusión de notas a pie de página; la disposición de la información; la referencia a diversas fuentes-. En este punto, es inevitable la alusión a Jorge Luis Borges: en algunos de sus cuentos, el narrador argentino se apropia de una forma de escritura que le sirve para cuestionar una serie de discursos enunciados , precisamente, por los textos cuyo estilo asimila; es decir, busca desestabilizar o desautorizar un discurso utilizando las mismas herramientas que lo construyeron. Neyra realiza una operación análoga y se apropia del estilo de textos revestidos de autoridad desde los que se ha creado la imagen de lo peruano. Así, lo que intenta es cuestionar una representación –al mismo tiempo que hace lo propio con la autoridad atribuida a los textos subvertidos- en la que, prácticamente, sólo se brinda cabida a rasgos positivos y que rechaza la carga negativa –si se quiere- de la identidad nacional –otro video es sintómatico de ello: Peru: The Royal Tour, emitido en 2004 por Travel Channel, que tuvo el respaldo del entonces Presidente de la República, Alejandro Toledo, y cuya imagen del país es la antípoda de la que aparece en el video de LAN-.

Armado de un apreciable sentido del humor y la parodia, de un manejo estilístico y técnico notable, y de un discurso político cuestionador, Neyra, diplomático de carrera, ofrece diez relatos que lo acercan a lo más estimulante de la literatura latinoamericana –a la vertiente que comienza con Quiroga, Herrnández y Borges y se prolonga, por lo menos, hasta (no, no voy a escribir Bolaño) Fresán- y lo alejan de la peruana –al interior de la cual, quizás, sus únicos compañeros de ruta sean, justamente, tres borgeanos convictos y confesos, Luis Loayza, Enrique Prochazka y Carlos Herrera, el último de los cuales firma –en literatura, las coincidencias no existen- unas líneas de presentación en la contratapa. Una contradicción irónica, como el título del libro.

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