Hoy tuve una clase con John Beverley en la que se discutió un poco sobre la película de Jorge Sanjinés, Yawar Mallku (La Sangre del Cóndor) –que vimos en clase la semana anterior-, y me quedé con algunas ideas en la cabeza.

La película se centra en el asesinato, por manos de la policía, de Ignacio Mallku, líder de una comunidad indígena boliviana y en los motivos de este crimen: Mallku lideró un ajusticiamiento contra un grupo de estadounidenses, miembros de los Cuerpos de Paz, que regentaban una clínica en la cual se praticaron esterilizaciones ilegales de mujeres indígenas. Los gringos fueron condenados a un castramiento. De más está decir que en la médula del filme están los conflictos entre tradición y modernidad, campo y ciudad, barbarie y civilización, etc.

Ahora sólo quiero anotar un par de puntos. El primero se refiere a la recepción. Tengo poco más de dos años viviendo en Estados Unidos y aún no termino de tragarme el tono entre entusiasta y culposo, y, por esto mismo, reivindicador de minorías –sobre todo de las pertenecientes a coordenadas bastante alejadas de este territorio- de la intelectualidad gringa. Pareciera que la mera exposición de un rostro netamente indígena –hablo de cine, pero lo mismo se puede decir, en el registro escrito, del testimonio- es garantía de agencia. Tampoco llego a entender, y esto no es exclusividad de los gringos, cómo se puede hablar de documentalidad en un filme que, desde un inicio –tomando en cuenta, también, los manifiestos y declaraciones firmados por Sanjinés, en los que reivindica su educación cinematográfica formal frente al cine que llama panfletario (le debo esta información a la presentación en clase de Mildred López)- se presenta como ficción; ficción ideologizada y bienintencionada, sí, pero ficción al fin y al cabo. En este sentido, no porque Sanjinés incluya entre sus actores a gente perteneciente a comunidades andinas está haciendo algo diferente. No; como director, guionista y responsable de la visión estética del filme, el que habla es él, no los habitantes de la comunidad. Y así llego al segundo punto: el indigenismo.

En la discusión a la que me refiero, Mildred presentó unas ideas en relación a que muchas de las taras del indigenismo de la primera mitad del siglo XX están presentes en Yawar Mallku: su visión exotista y paternalista del mundo andino está ahí; también los proyectos saturados de buenas intenciones, pero incapaces de ver que su visión, en el fondo, no es muy distinta de la que pretenden superar. Por eso, es más que relevante el paralelo que se puede hacer entre la película y El mundo es ancho y ajeno, una de las novelas claves del indigenismo.

Al final de la película, Sixto, hermano de Mallku, quien vive en la ciudad y trata de borrar sus marcas indígenas –lengua, vestimenta, prácticas sociales-, tras la muerte de su hermano, regresa a su comunidad vestido como cualquier poblador de esa zona y con una mirada desafiante. El siguiente cuadro muestra varios rifles al aire sostenidos por puños fuertes. Así acaba la película.

¿Cómo no pensar en la novela de Ciro Alegría y en Rendón Wilka, quien vuelve de Lima, la ciudad –lugar de donde proviene mucha de la carga que puedan haber asimilado tanto Alegría como Sanjinés en su visión de las desigualdades-, para liderar a Rumi, pueblo que sufre el despojo por parte de los terratenientes, tras la muerte de Rosendo Maqui, líder de la comunidad y representante de la sabiduría andina, en manos de este poder que se quiere combatir? La novela de Alegría –además de compartir una misma estructura con la película de Sanjinés- adolece de la misma visión que Yawar Mallku: ambas no pueden salir de su visión del mundo; por más que las dos obras sientan que sí, nunca pueden superar la voluntad de increparle a su público el dramático error en el que reinciden, ellos y los receptores. Eso sí, ubicándose en el lado correcto. ¿Puede hablar el subalterno –con todo lo que me jode usar esa palabra? Esa pregunta se cae de pura absurda y demagógica.

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