Un hombre viejo, con la memoria muy debilitada, Mr. Blank, se encuentra en tratamiento y encerrado en una habitación en la que todos los objetos presentan etiquetas con sus respectivos nombres. Encima de un escritorio se encuentran dos manuscritos y una pila de polaroids. Mr. Blank recibe la visita de varios hombres y mujeres, personajes de novelas previas de Auster (Anna Blume, Daniel Quinn, entre otros), quienes, de alguna manera, tienen que ver con su encierro y tratamiento. Lo único que hace Mr. Blank en la novela es leer los manuscritos, recibir visitas e ir articulando poco a poco su memoria.

Los distintos personajes que visitan a Mr. Blank están ligados al pasado de este: en varias ocasiones, se menciona que fueron enviados por él a distintas misiones de las que no siempre salieron bien librados. Si bien al inicio, la atmósfera claustrofóbica y de disciplina (Mr. Blank es fotografiado y grabado a cada instante, incluso en el baño, por cámaras y grabadoras) y la lectura de una historia de espías incompleta hacen pensar que, en el pasado, Mr. Blank fue un agente de inteligencia, hacia el final de la novela, en un par de páginas, se revela que las misiones a las que habían sido enviados los visitantes, no eran más que las historias que un escritor, Mr. Blank, inventaba para sus personajes. Y, con este giro, aparece el tema central de Travels in the Scriptorium (TITS): el escritor como dios que ordena un mundo y dispone de los destinos de sus habitantes, ese viejo tópico tan propio del siglo XIX y parte del XX, está de vuelta.

El narrador de la novela resulta ser otro de sus personajes, Fanshawe, quien firma el segundo manuscrito que Mr. Blank comienza a leer y abandona por considerarlo absurdo al reconocerse en el texto (este lleva el mismo título de la novela y reproduce palabra por palabra el inicio de la misma). Fanshawe escribe en los párrafos finales: “Sin él no somos nada, pero la paradoja es que nosotros, las invenciones de la mente de otro, sobreviviremos a la mente que nos creó… nuestras historias seguirán contándose, aun después de que estemos muertos… Mr. Blank está viejo y debilitado, pero mientras se mantenga en la habitación, con la ventana clausurada y la puerta con llave, nunca morirá, nunca desaparecerá, nunca será nada más que las palabras que escribo en esta página.”(144) La fugacidad de la vida contra la inmortalidad de los libros: mientras Mr. Blank permanezca encerrado en el texto, vivirá.

En Deconstructing Harry, Woody Allen (con quien Auster comparte no solo su vínculo con Nueva York sino su mayor popularidad en Europa que en Estados Unidos, además del premio Príncipe de Asturias) ya había utilizado la interpelación de personajes a su creador para reflexionar sobre el proceso creativo. Los paralelos entre esta película y TITS no son pocos. Aunque son narraciones con tonos distintos, ambas obras reflejan en los nombres de los protagonistas la situación por la que estos pasan: Harry Bloch, un escritor de best-sellers en pleno proceso de bloqueo; y Mr. Blank, un escritor sin memoria, es decir, sin materia de escritura. En los dos casos, son los personajes ficcionales los que se enfrentan a su creador e intentan ayudarlo a entender el proceso que determina su existencia, aunque con distintas consecuencias: para Bloch, el desbloqueo es resultado del reconocimento y agradecimiento de sus personajes; Mr. Blank, en cambio, es increpado por ellos y condenado “no como una forma de castigo, sino como un acto de suprema justicia y compasión” (144), a convertirse en una ficción más.

TITS es interesante en tanto reflexiona sobre el acto de escritura, mas, en este intento, cae con no poca frecuencia en lugares comunes, y la narración, en muchos pasajes, se vuelve reiterativa e intrascendente. Esta novela, la número trece de Auster, confirma (como algunas de las últimas películas de Allen) que, a determinada edad, hasta los más talentosos corren el peligro de comenzar a mirarse el ombligo.

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