Hace poco vi una entrevista que le hicieron a Alejandro Zambra cuando estuvo este año en la FIL de Lima. Viéndola me aburrí un poco, pero seguí, curioso y de la mano de un par de six packs de Yuengling, por la facilidad que tenía para arribar a lugares comunes. El más llamativo –obviamente por ser el más común de estos lugares- era su apreciación de la novela.

Cada tanto sale alguien por ahí –hay que recordar las declaraciones, este año nomás, poquito antes de la entrevista de la que hablo, de Tom Wolfe en Buenos Aires- intentando firmar la defunción del género; Zambra, claro está, no llega tan lejos, pero sí tiene fierros que meterle a la vapuleada novela.

Avispado él, en la entrevista, sostenía que las novelas en general están saturadas de ripios que estorban el fin, cualquiera que este sea, del texto. Entonces, decidí releer Bonsái y, de paso –total, mucho tiempo no me iba a quitar-, ver de qué se trataba su otra novela –aunque, en la misma entrevista, se muestre reticente a llamar así a estos, sus dos últimos libros-, La vida privada de los árboles.

Bonsái es una buena novela sobre el amor fracasado de un también fracasado artista adolescente. El título, salta a la vista, es un símbolo del género como lo quiere pensar Zambra: pequeño, cuidado, tallado con precisión, disciplina, trabajo y conciencia estética. La novela está escrita en un tono muy preciso y que hace de las vueltas sobre sí mismo de lo narrado un arma fundamental para llegar a completar las menos de cien páginas de las que se compone. Pasemos por alto las referencias literarias y la inocencia con que son abordadas por el narrador –al fin y al cabo, los protagonistas son lectores veinteañeros, compulsivos (mejor sería afectivos) y conocen la tradición occidental- y regresemos a los ripios que Zambra señala en el género: sobra demasiado en tan pocas páginas. Detenerse tanto en la historia de Anita y su esposo –aun cuando de ella se desprenda el cierre de la novela- hace perder la atención de la historia central. Ripio, pero no importa, porque estamos frente a una novela, y las novelas se componen, sin excepción, de ripios: su efecto proviene de la acumulación de sobras en función de la historia. Ahora, que Zambra se queje de esto, lo señale como un defecto y, sin embargo, tropiece –se perdonará el guiño a Julio Iglesias- con la misma piedra habla bien del género y mal de su boca.

Sobre La vida privada de los árboles no hay mucho que decir. Es Bonsái revisitada –la imagen del pequeño arbolito vuelve a aparecer; el tono y técnica son los mismos- sólo que unas cuantas páginas más extensa. Esto no quiere decir que se deba dejar pasar: es una prueba más del talento demostrado en Bonsái, sólo que la prosa en su segunda novela –sí, novela- no arriesga ni un paso más de lo ya encontrado. A este ritmo, sus siguientes libros pueden terminar tan gordos, aburridos y artríticos como cualquiera del boom.

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