NINJA 2009
Marzo 26, 2009

Durante este verano del norte, Nine Inch Nails va a salir de gira junto con la formación original de Jane’s Addiction y una banda más de Tom Morello, Street Sweeper. En medio de éste, el NINJA 2009 Tour, llegarán por acá el 10 de junio para tocar en el Post-Gazette Pavillion.
Para promocionar la gira, han creado un website desde el cual, de manera similar a como NIN publicó The Slip el año pasado, se puede descargar –gratuita y legalmente– el NINJA 2009 Tour Sampler, un EP que incluye seis temas, dos por cada banda: “Chip Away” y “Whores”, de Jane’s Addiction, dos tracks que aparecieron originalmente en el debut (1987) que comparte el nombre con la banda, pero que ahora son presentados en versiones grabadas en estudio; “Not so Pretty Now” y “Non-Entity”, ambos de NIN, pertenecientes a las grabaciones de With Teeth (2005), aunque no aparecen en el álbum; y, finalmente, “Clap for the Killers” y “The Oath”, los temas aportados por Street Sweeper. En cuanto a estos últimos, en el primero, la guitarra de Morello aparece inconfundible, cortada con mucha precisión, al lado del fraseo de un vocalista que, por momentos, se parece a un Zach De la Rocha sedado; en el segundo, la banda apuesta por un lado más pop y la voz se siente mucho más en ambiente que en el tema anterior. Pueden bajárselo desde aquí.
Además de la descarga del EP, también se pueden escuchar en línea algunos temas más de las tres bandas.
para Pilar y Olguita
Una de las primeras cosas que hice cuando entré a la PUCP, en Lima y a mitad de los 90, fue conversar con la chica que vendía cassettes en el paradero de la Universitaria. Gracias a sus cintas descubrí a Atari Teenage Riot, Swans, Sylvania –donde estés, Cocó, siempre se te extrañará-, buena parte del tontipop español y tantas otras bandas que, a su manera, me metieron y, al mismo tiempo, me ayudaron a superar lo que Ozzy llamó Snowblind en el tema del mismo nombre– ; también, aprendí a detestar a Sabina, Rodríguez, Milanés, etc, y a querer a Chabuca Granda, a pesar de todo.
En ese mismo lugar, conocí, pegando afiches en el paradero –enfundado en esos shorts que se usaban para jugar fútbol en México 70–, a Ricardo Breneissen, quien en ese entonces y por algunos años más fue el vocalista de una de las más grandes bandas –y eso que hay varias– que han nacido a orillas del río Rímac: Dolores Delirio.
La mayor crítica que se le hizo a la primera etapa de Dolores –es decir, con Breneissen cantando, no con Lucho Sanguineti, como ahora: esa es otra historia y creo que tiene que ver más con Pepe y Josué– fue que eran la mejor banda limeña de los ochenta en los noventa. En sí, no es una crítica, ya que en esos años hubo una escena bastante fuerte que releyó las influencias ochenteras y afirmó el camino que, en la década anterior, ya se había insinuado, pero no consolidado. Azules Moros, Texturas, los jovencitos –en ese entonces—Catervas, el colectivo Crisálida Sónica, entre otras, fueron bandas que le dieron un refresco a la escena de Lima. (Recuerdo a Daniel F diciendo, dentro de su discurso autoconmiserativo, algo así como “qué paja que suenan los Dolores; ¿cuándo nosotros sonaremos así?” en la presentación del segundo álbum de Dolores en el estadio de Miraflores.) Esa noche –en la que convencí a mi hermano, más dado a la cumbia y al bailongo, de que Dolores era otra cosa–, junto con el regreso de la banda a los escenarios tras la muerte de Jeffrey –su guitarrista, cerebro y fundador–, en 1998, en la Nueva Helden –dos personas importantes para mí estuvieron esa noche, aun cuando no nos conocíamos y no lo haríamos hasta el año siguiente: Chauca y el mostro Richard– cerca de la Alfonso Ugarte, son dos de los momentos claves en mi educación sentimental.
Buena parte de esos años los pasé caminando por el centro y Barranco asitiendo solo a los conciertos de Dolores, en los que creí encontrar una suerte de comunidad que compartía mis intereses de ese entonces. Para mí, Dolores fue, aunque suene manido, un escape. Sus letras –de las mejores que se han escrito en el rock peruano– me movían y hacían saltar desde el primer acorde hasta el último. Cómo no pensar en Viento Satélite, ¿No ves el sol?, Vértigo, Depresión, Dame o el grito de Carmen; Locura, Juramento, A solas o Lágrima cuando pienso en esos años en los que leí, escuché y probé de todo.
Un amigo, Edgardo, una vez me dijo “Si Lucybell la hizo, fácil también estos”. En un sentido tenía razón: sus sonidos tenían muchos puntos de contacto. Pero su comentario dejaba de lado al público, el que cada noche se sacaba la mierda desde el primer acorde hasta el último y que tenía que pagar la cuenta de un cuerpo magullado, una garganta destrozada y un cerebro maltratado por la cocaína, pasta, trago barato o lo que venga primero.
Ahora puedo leer a Dolores de otra manera, alejado de la afectividad y las sustancias que la impulsaban. Igual, sus dos primeros discos, Cero y Dolores Delirio –el que algunos llaman Bajo un envenenado cielo plateado y que remite demasiado a U2 para mi gusto–, son dos piezas fundamentales para entender el rock peruano en estos momentos. Y si alguien lo niega, le recomiendo que se dé una vuelta por Huascarán y que, inmediatamente, se encierre con un pisco y una casetera –sí, casetera– y le preste atención a la garganta de Breneissen cuando maldice al calendario por la sufrida Carmen y se desgrana en pedacitos para su público.
Carmen
Viento Satélite
Morrissey en Pittsburgh, PA (Carnegie Music Hall 17/03/2009)
Marzo 20, 2009

En general, la gente en Pittsburgh se toma muy a pecho todo lo que tenga que ver con la ciudad. Desde sus tres equipos profesionales de fútbol americano, hockey y béisbol –los Steelers, Penguins y Pirates respectivamente—, hasta las declaraciones de actrices como Sienna Miller –la que, hace algún tiempo, pasó una temporada en la ciudad grabando la adaptación de la correcta novela de Michael Chabon, The Mysteries of Pittsburgh—quien, respondiendo a las preguntas de un reportero de la Rolling Stone, se quejó de lo aburrida que puede llegar a ser la ciudad y se permitió un pequeño juego de palabras en el que reemplazó el “Pitt” del nombre por “Shit”. Para terminar de redondear la faena, durante esta misma estadía, protagonizó un escandaloso incidente en un bar local en el que, en el colmo de la falta de respeto, le pidieron identificación cuando quiso comprar un trago. Al final, tras una avalancha de editoriales en los diarios, hasta el alcalde salió a ofrecerse como guía para demostrarle los atractivos de la ciudad.
Algo similar pasó con Morrissey. Su última visita fue aún con los Smiths en Agosto de 1986, lo cual no significa que Pittsburgh no haya estado en la lista de lugares a visitar por Moz. Lo que sucedió fue que, después de desintegrada la banda e iniciada su exitosa carrera solista, Morrissey canceló a última hora sus dos visitas programadas para 1991 y 2000 –una de ellas, incluso, cuando ya la gente estaba en el local esperando el inicio del show—debido a migrañas, dolores de espalda y hasta por la súbita lluvia que suele sorprender a quienes vivimos acá. Hasta ahí, todo bien. Sin embargo, la sensibilidad de la ciudad y sus habitantes se vio afectada por las palabras de Morrissey frente a su público en Boston, un par de días después de cancelado el show de 2000, quien amenazó con infectarlos con los letales virus que lo perseguían desde Pittsburgh, PA. Pero ahí no termina la cosa: para rematar, en Ringleader of the Tormentors, su buen álbum de 2006, se incluye “On the Streets I Ran” en cuya letra le pide a Dios que no lo deje morir, que se lleve a cualquiera antes que a él, incluso a alguien de Pittsburgh, Pennsylvania. Esta cuestión, se puede adivinar, fue motivo una vez más de artículos en los diarios y las cartas de indignación de lectores locales no demoraron en llegar. A todo esto, además, habría que añadirle la cancelación de cinco de las siete primeras fechas de la gira que actualmente realiza por Estados Unidos.
Por todo ello, la paranoia de la cancelación fue el fantasma que no dejó dormir a los cientos de fans, entre los que me incluyo, que compramos entradas para verlo, justo en el día de San Patricio, en el Carnegie Music Hall. A pesar de todo esto, el Moz brilló la noche del martes en medio del campus de la Universidad de Pittsburgh, en el que tal vez haya sido el primer día de primavera tras largos meses de frío intenso.
Morrissey trajo como teloneros a una banda joven que me llamó la atención, pero que aún tiene mucho trabajo que realizar para encontrar un sonido propio: Red Cortez, de Los Angeles. Cada uno de sus temas sonaba distinto al anterior –lo cual no siempre es bueno—y dejaba traslucir influencias tan disímiles como Coldplay –un poco temprano para hablar de influencias en este caso–, Libertines, Springsteen y el U2 pre-Joshua Tree. La sorpresa fue su tema dedicado al patrono del pueblo irlandés: fue una canción tradicional mexicana cantada con un reconocible acento charro. Igual, es una buena banda y merece atención a futuro.
Y, por fin, Morrissey. La lista de canciones fue muy parecida, casi idéntica, a la que ha venido tocando en ésta, la gira de promoción de Years of Refusal, álbum que presenta una nueva banda en la cual el único sobreviviente de su formación clásica es el maestro Boz Boorer –con quien, a estas alturas, Moz lleva más tiempo trabajando que con Johnny Marr—y que, entre otros, incluye a Matt Walker en la batería, quien reemplazó a Jimmy Chamberlin en los tambores de los Smashing Pumpkins tras su escandalosa salida en 1996 durante la gira del Mellon Collie and the Infinite Sadness, y que, además, fue miembro de la intrascendente Filter.
Durante los 90, escuché con reverencia los álbumes de los Smiths y en solitario de Morrissey ; años más tarde, ya en esta década, bailaría varios de sus temas en las largas y espolvoreadas noches del centro de Lima. Muchos de esos no estuvieron en la noche de San Patricio, hace tres días. De los Smiths, se mandó con “This Charming Man”, “How Soon is Now?”, “Ask” y las sorpresas de la gira, “Death of a Disco Dancer” y “I Keep Mine Hidden”. De sus discos en solitario, no estuvieron “Everyday is Like Sunday”, ni “Suedehead”, ni “The Last of the Famous International Playboys”, ni “Hairdresser on Fire”, ni “Interesting Drug”, ni “The More you Ignore me, the Closer I get”. Pero sí estuvo la genial “Billy Budd”, tema que siguió a “This Charming Man” –éste último con el que abrió la noche tras un sencillo saludo con el que se metió a la gente al bolsillo: “After one hundred years… Hello!–, y con esas, tan sólo las dos primeras canciones de la noche, fue suficiente para saldar cuentas, que fue, al fin y al cabo, para lo que asistí. Sin embargo, cosa inevitable y que celebro, salí con una deuda más grande que la anterior.
El show se basó, como era obvio, en su último disco, Years of Refusal –del cual tocó seis temas, incluido el primer single del álbum, “I’m Throwing my Arms Around Paris” – y no creo que alguien haya salido decepcionado, a pesar del eventual gallo que soltó en una o dos ocasiones –y tras los cuales se disculpó inmediatamente. De You are the Quarry presentó cinco temas, incluyendo “Irish Blood, English Heart” –en el cual cambió, populista él, la letra para decir “there is no one in Pittsburgh I’m afraid of…”– “The World is Full of Crashing Bores” y “First of the Gang to Die”, con la que cerró la noche. El resto de la noche fue un piqueo de casi toda su discografía, con temas como “Best Friend on the Payroll” de Southpaw Grammar y “Seasick, Yet Still Docked” de Your Arsenal.
Durante la noche, Morrissey se portó encantador con su público, el cual no dejó de reverenciarlo y arroparlo con fuertes gritos y aplausos tras cada canción –a lo que Moz respondía con un juguetón y cargado de ego “Really?”–, además de tres o cuatro incursiones al escenario para abrazarlo y besarlo.
La que sigue es la lista de temas de la noche:
This Charming Man / Billy Budd / Black Cloud / How Soon Is Now? / Let Me Kiss You / Irish Blood, English Heart / That’s How People Grow Up / I’m Throwing My Arms Around Paris / Ask / How Can Anybody Possibly Know How I Feel? / The World Is Full Of Crashing Bores / The Loop / Death Of A Disco Dancer / Seasick, Yet Still Docked / Why Don’t You Find Out For Yourself? / Best Friend On The Payroll / Sorry Doesn’t Help / I Keep Mine Hidden / Something Is Squeezing My Skull / I’m OK By Myself / First Of The Gang To Die
Obituario o “de lo inexacto me alimento”
Marzo 13, 2009

Ayer, en Lima, con el peso de sus 82 años, un hijo tempranamente perdido y un ex esposo al que, en alguna ocasión, llamó “vaca sagrada”, murió Blanca Varela.
El que sigue es uno de los poemas de ella que siempre me fascinaron:
Malevitch en su ventana
1
ah mon maitre
me has engañado como el sol a sus criaturas
prometiéndome un día eterno todos los días
de lo inexacto me alimento
y toda el agua de los cielos es incapaz de lavar
esta ínfima y rebelde herida de tiempo que soy
polvo rebelde sí
con los cabellos de polvo desordenado
para siempre jamás por un peregrino pensamiento
persigo toda sagrada inexactitud
suave violencia del sueño
palabra escrita palabra borrada
palabra desterrada
voz arrojada del paraíso
catástrofe en el cielo de la página
hinchada de silencios
aquí el ojo comienza a desteñirse
a no ser
y la voz se quiebra inaudita
( alguien ha perdido definitivamente su balsa )
a la deriva sobre el océano
sopla el viento de la indiferencia
por la puerta entreabierta llega la aurora
más silenciosa y pálida que nunca
es el día sobreviviente con su carreta vacía
sigue brillando la lámpara penitente
pero no creo en su luz
ni compro la muerte con nombre de pez
ni es cierto que bajo su escama mortecina
dios nos contempla
2
sí señores
éste es otro día inevitable
en que me alimento de lo inexacto
de la monstruosa fruta que aletea
de la huella en el aire
del recuerdo
del azogue perdido en alguna alcantarilla
de lo irrecuperable que se acumula y agiganta
en afiebrados cristales
y cruza el aire como una llama
recién nacida
flamante cuerpo en pugna con el sol
la farsa diaria desaparece tras una mano
que enciende y apaga a voluntad
su propia luz
penitente claridad
arde el oscuro aceite de la conciencia
sobre esta mesa que es todo el mundo
al otro lado de la ventana
alguien ha resuelto el enigma
para entrar en la vida basta un puerta
el otro lado sigue igual
nada que la luz no atraviese y oculte
nada que no sea la antigua y sagrada inexactitud
que golpea maderos bate alas
e incendia gargantas y corazones
3
hoy me despierta
con su delgado resplandor abstracto la esperanza
la oscuridad del naufragio
se escapa como un gato por la ventana
y alguien vuelve
sí
alguien vuelve desvelado y sin prisa
con un pequeño rectángulo de eternidad entre las manos
(Tomado de Ejercicios Materiales. Lima: Jaime Campodónico, 1995)
De cómo nació mi obsesión por REM
Marzo 13, 2009

Corría 1982 cuando se editó Chronic Town, el EP debut de REM, y yo tenía cuatro o cinco años. En 1991 –segundo de secundaria, 13 años y devoto seguidor de los Pistols y The Clash– la banda sacó a la venta Out of Time, el que sería el álbum que les daría reconocimiento popular fuera de la unión americana, y pude escucharlos, como medio mundo, por primera vez. En verdad, este álbum nunca fue uno de mis favoritos, no sé por qué, ya que hay temas imprescindibles –Half a World Away, Country Feedback, Texarkana–. Sin embargo, y aquí empieza a cobrar sentido el título allá arriba, fue con Automatic for the People (1992) que me propuse escucharlos seriamente.
Out of Time y Automatic for the People, con su base eminentemente acústica y folk, le dieron a REM fama mundial, pero también los estigmatizaron como una banda reposada, poseedora de un talento enorme para la melodía pop, pero sin mucha fuerza. A esto se le tendria que añadir la imagen pública que Michael Stipe asumió a partir de los 90, pasando de ser un frontman tímido y huraño que balbuceaba sus elaboradas letras, a ser algo así como el hermano perdido, pero con más clase, de Bono. En resumen, REM no era, para mucha gente, una banda de rock, sino tan sólo a bunch of liberal airheads.
Durante esos años, en Lima era muy difícil, prácticamente imposible, conseguir los discos de la primera etapa de la banda, grabados para IRS. Por ello, no fue hasta algunos años después –segunda mitad de los 90, Fujimori dictador, universidad y noviecita–, que pude acercarme a las primeras grabaciones de REM. No recuerdo el orden en que las obtuve, pero sí claramente cuando me senté a escuchar Murmur, su primer álbum, grabado en 1983 en el sur del país, en su Athens, GA natal. Murmur, el disco que le cierra la boca a cualquier detractor de la banda.
El disco comienza con una genialidad, Radio Free Europe en una versión que carece de la intensidad y fuerza del single original –una pieza de coleccionista, pero que se puede oír en Eponymous (1987), su primer recopilatorio–, pero a la que Stipe, con sus balbuceos, le añade la chispa que en la primera versión reposaba en la velocidad. Luego siguen once irrefutables temas que van desde tracks que invitan a saltar como un desaforado (Sitting Still, 9-9, Catapult: en estas, el trabajo de guitarras de Peter Buck, si bien no es el de un virtuoso, aporta su propia versión del DIY, pensamiento guía de la estética punk en la que la banda se formó); bailar sin tener una gota de alcohol en el cuerpo (Radio Free Europe, Laughing, Shaking Through: inevitable sentir nostalgia por la precisión de Bill Berry en la batería); sentarse a adivinar, con los estados ligeramente alterados, qué diablos dice Stipe encima de melodías muy bien trabajadas (Perfect Circle, Talk About the Passion), en las que se tiene que agradecer infinitamente a la segunda voz de Mike Mills. En general, en Murmur se siente a una banda con mucho talento, con un sonido maduro y definido, y que, sobre todo, la está pasando bien en el estudio.
El año pasado el álbum cumplió 25 años y IRS sacó a la venta una edición conmemorativa (lo mínimo que se merece un álbum tan sólido y básico para la evolución del rock as we know it). Se incluyó la mezcla original (lo cual siempre se agradece: ¿en qué mierda piensa la gente que quiere remasterizarlo todo?) y un disco extra que es de escucha obligatoria para quienes olvidan que REM fue, es y será –esencialmente– una banda de rock: un concierto de 1983 en Toronto en el que muestran toda la fuerza y entusiasmo de esos años iniciales y en el que aparecen temas de Chronic Town (la imprescindible Gardening at Night, 1,000,000, Carnival of Sorts (Box Cars)); algunos que serían grabados posteriormente, en 1984, para Reckoning (Harborcoat, 7 Chinese Bros.); y un cover de The Velvet Underground (There she goes again), último vínculo con sus inicios como banda de bares. Y si esto no es suficiente para reconocer ese filón injustamente soslayado de REM (un gran amigo una vez me dijo “No jodas, Ferna, REM no puede tocar The Passenger: les faltan huevos”), pues el año pasado también salió su último álbum, Accelerate, en el cual se acordaron de lo que hacían en los 80, especialmente en temas como These Days y I Believe incluidos en Life’s Rich Pageant (1986).
Van Radio Free Europe en su debut en TV nacional con Letterman y una excelente versión de mi tema favorito de REM, I Believe.
Playlist
Febrero 7, 2009
Desde que me acuerdo, me despierto todos los días con una canción en la cabeza de la cual no me puedo deshacer por horas. Esa costumbre no se quita ni con el frío de Pittsburgh: en las últimas tres semanas, anoté esas canciones en una libreta en un experimento bastante pueril y sin ningún fin discernible. Desde el tema de “El festival de los robots” hasta The Black Keys; de un cover medio mamarrachento de la Velvet perpetrado por REM a “Mississippi” de Dylan; desde los Turbopotamos hasta “Thunder Road” del Jefe. El exceso de REM es sólo un reflejo de mis debilidades. Atención a The Black Keys.
¿Qué pasó con los discos cristianos de Dylan? Habrá que esperar. Sólo vuelvo a decir lo mismo: Saved es una obra maestra y lo probaré.
Van los temas con su link más.
18/1/09: Mr. Big: Green-tinted Sixties Mind
19/1/09: The Hold Steady: Constructive Summer
20/1/09: Elvis Costello and The Attractions: No Action
21/1/09: The Arcade Fire: Neighborhood # 3 (Power Out)
22/1/09: The Black Keys: I Got Mine
23/1/09: Bob Dylan: Mississippi
24/1/09: The Beach Boys: Here Today
25/1/09: REM: 7 Chinese Bros.
26/1/09: Morrissey: First of the Gang to Die
27/1/09: REM (The Velvet Underground cover): There she goes again
28/1/09: Bunbury: De mayor
29/1/09: REM: (Don’t go back to) Rockville
30/1/09: REM: Supernatural Superserious
31/1/09: New York Dolls: Human Being
1/2/09: Bruce Springsteen and the E Street Band: Girls in Their Summer Clothes
2/2/09: Bob Dylan and The Band: Going to Acapulco
3/2/09: Turbopótamos: No Love
4/2/09: Bruce Springsteen and the E Street Band: Thunder Road
(No hay mejor canción con la que despertarse en el cumpleaños de Ale)
5/2/09: El Festival de los Robots
6/2/09: REM: West of the Fields
7/2/09: Thin Lizzy: Whiskey in a Jar
Palabras, palabras, palabras
Diciembre 25, 2008
Escribo después de casi dos meses gracias a que un buen amigo me hizo recordar que cerré el anterior, pero éste blog aún no. Lo que voy a hacer en los siguientes posts es reseñar algunos de mis discos favoritos del maestro Zimmermann. Es obvio que, acá, la actualización regular queda únicamente en sincera voluntad, así que sólo prometo que la primera será, para estar a tono con estos días, de Saved, su gran disco cristiano, pero todavía no sé cuándo la escribiré.
(*) El video es un extracto de I’m not there. Batman cantando Pressing on.
Bob Dylan: Tell Tale Signs
Noviembre 2, 2008
Tell Tale Signs, el nuevo disco de Dylan, no es nuevo: incluye temas descartados y algunas tomas en vivo que cubren el periodo 1989 – 2006. Es un lugar común decir que después de los 70 Dylan se fue al diablo. Como yo veo las cosas, esto no es exacto. En los 80, en líneas generales, puede ser cierto –su conversión al cristianismo tiene mucho que ver en el asunto-, separando Saved –su disco más cristiano- y Oh Mercy. Pero hacia fines de los 90 grabó Time out of Mind, un disco bastante bueno y que marcaba las líneas que exploraría en Love and Theft y en el imperdible Modern Times. Y eso es lo que se escucha en Tell Tale Signs, volumen 8 de su serie de bootlegs –todos son imprescindibles, pero mis favoritos son el 5 y el 4: el primero es un concierto con The Rolling Thunder Revue del 75 –la banda incluía a Joan Baez y al Spider from Mars Mick Ronson-; y el segundo, el mítico concierto en el Royal Albert Hall, en el 66 en Manchester, durante lo que después se llamaria el Judas Tour-. Rockabilly por todos lados y temas muy pausados en los que el fraseo de Dylan aporta un elemento de perturbación. Este disco doble, formado por sobras de otros álbumes, debería callarle la boca –aunque después de Modern Times no creo que sea necesario- a quienes niegan el aporte tangible de Dylan a la música popular contemporánea. Recomendadas: las dos versiones de Mississippi –sobre todo la que abre el primer disco-, Red River Shore, Tell Ol’ Bill, God knows, Dignity, The Lonesome River…
Una última recomendación: vi a Dylan hace unos meses en Pittsburgh y puedo decir que él y su banda están en muy buena forma. Hay que verlo. Y escucharlo. Se aprende.
Yo también me llamo Perú
Septiembre 13, 2008
Dentro del disímil grupo de jóvenes narradores peruanos, destaca con notoriedad Alejandro Neyra. Alejado del realismo sucio que predominó en los noventa, así como del esteticismo –vacío, lamentablemente, en demasiadas ocasiones- de algunos que publicaron en el nuevo siglo, en Peruanos ilustres, Neyra entrega un conjunto de relatos en los que el humor y el ingenio configuran un discurso bastante particular –y necesario- acerca de uno de los grandes temas de la literatura peruana: la identidad nacional.
El título hace referencia a peruanos célebres, distinguidos, que, de algún modo, sirven de embajadores de la peruanidad, de imagen de lo peruano –al respecto, es significativa la inclusión del epígrafe de Luis Loayza que abre el libro y que incide en la carencia de una imagen del peruano que pueda reemplazar a aquella de las plumas y el taparrabo-. De este modo, se plantea una aparente contradicción: hablamos de sujetos que resaltan por su singularidad, por su carácter poco común y que, sin embargo, son presentados al lector como representantes de una comunidad. La pregunta es clara e inmediata: ¿cómo puede un sujeto que se define como diferente del grueso de sus congéneres erigirse como representante de esa misma colectividad? Una respuesta puede ser que, en realidad, esos sujetos, los “peruanos ilustres” del título, en lo esencial, no se diferencian mucho del resto de peruanos. Y este es el punto central del libro de Neyra.
Hace poco más de tres años, gran parte de la ciudadanía y los medios de comunicación reaccionaron indignados luego de que se hiciera pública la proyección de un video promocional acerca del Perú en los vuelos de LAN, línea aérea impulsada por capitales chilenos. Titulares, editoriales e informes periodísticos se dedicaron a descalificar el video porque, se decía, no representaba al Perú, debido a que mostraba imágenes en las que el protagonista era un país sucio, descuidado y peligroso. En apariencia, uno tendría que estar de acuerdo, casi instantáneamente, con esta descalificación, pero, si se ven las cosas con un poco de calma, se notará que mucho de lo que se mostraba en él constituye, en realidad, parte de lo que es el país y que tanto el gobierno –pienso, por ejemplo, en la reciente cumbre de la Unión Europea y Latinoamérica celebrada en Lima y en el afán de Alan García de encerrar a la ciudad en sus casas para mostrar un orden inexistente- como los ciudadanos nos empeñamos en negar.
De manera similar, Neyra incorpora elementos que, muchas veces, son dejados de lado a la hora de definir “lo peruano” desde los discursos oficiales, pero que son indesligables de la identidad nacional. Los personajes de Peruanos ilustres no son los que se esperarían de un libro con un título tal: en él, los peruanos acumulan, disciplinadamente, defectos y conductas reprobadas por autoridades legales, morales y éticas. De este modo, nos encontramos con delincuentes, estafadores, vividores, impostores, dipsómanos, promiscuos, simpatizantes de Mussollini, provocadores del ensañamiento nazi contra los judíos, etc. Por otra parte, muchos de sus personajes –Allan García (sí, con doble l), Genaro Nieri, Alejandro Serrano, Teodoro Vargas, etc.- presentan perfiles en los que se conjugan un logro o servicios notables –un pionero de la industria hollywoodense, un campeón mundial de fútbol, un precursor del expresionismo alemán, entre otros- con las más inmorales triquiñuelas en las que caen para lograr sus éxitos.
Otro rasgo resaltante, siempre en función de la línea principal del libro, tiene que ver con el registro utilizado por el autor. A menudo, los cuentos de Neyra se presentan como avances de una investigación o de un artículo académico, lo que implica que asumen algunas de las convenciones de estos textos –la inclusión de notas a pie de página; la disposición de la información; la referencia a diversas fuentes-. En este punto, es inevitable la alusión a Jorge Luis Borges: en algunos de sus cuentos, el narrador argentino se apropia de una forma de escritura que le sirve para cuestionar una serie de discursos enunciados , precisamente, por los textos cuyo estilo asimila; es decir, busca desestabilizar o desautorizar un discurso utilizando las mismas herramientas que lo construyeron. Neyra realiza una operación análoga y se apropia del estilo de textos revestidos de autoridad desde los que se ha creado la imagen de lo peruano. Así, lo que intenta es cuestionar una representación –al mismo tiempo que hace lo propio con la autoridad atribuida a los textos subvertidos- en la que, prácticamente, sólo se brinda cabida a rasgos positivos y que rechaza la carga negativa –si se quiere- de la identidad nacional –otro video es sintómatico de ello: Peru: The Royal Tour, emitido en 2004 por Travel Channel, que tuvo el respaldo del entonces Presidente de la República, Alejandro Toledo, y cuya imagen del país es la antípoda de la que aparece en el video de LAN-.
Armado de un apreciable sentido del humor y la parodia, de un manejo estilístico y técnico notable, y de un discurso político cuestionador, Neyra, diplomático de carrera, ofrece diez relatos que lo acercan a lo más estimulante de la literatura latinoamericana –a la vertiente que comienza con Quiroga, Herrnández y Borges y se prolonga, por lo menos, hasta (no, no voy a escribir Bolaño) Fresán- y lo alejan de la peruana –al interior de la cual, quizás, sus únicos compañeros de ruta sean, justamente, tres borgeanos convictos y confesos, Luis Loayza, Enrique Prochazka y Carlos Herrera, el último de los cuales firma –en literatura, las coincidencias no existen- unas líneas de presentación en la contratapa. Una contradicción irónica, como el título del libro.
Un infierno empedrado de buenas intenciones
Septiembre 11, 2008
Hoy tuve una clase con John Beverley en la que se discutió un poco sobre la película de Jorge Sanjinés, Yawar Mallku (La Sangre del Cóndor) –que vimos en clase la semana anterior-, y me quedé con algunas ideas en la cabeza.
La película se centra en el asesinato, por manos de la policía, de Ignacio Mallku, líder de una comunidad indígena boliviana y en los motivos de este crimen: Mallku lideró un ajusticiamiento contra un grupo de estadounidenses, miembros de los Cuerpos de Paz, que regentaban una clínica en la cual se praticaron esterilizaciones ilegales de mujeres indígenas. Los gringos fueron condenados a un castramiento. De más está decir que en la médula del filme están los conflictos entre tradición y modernidad, campo y ciudad, barbarie y civilización, etc.
Ahora sólo quiero anotar un par de puntos. El primero se refiere a la recepción. Tengo poco más de dos años viviendo en Estados Unidos y aún no termino de tragarme el tono entre entusiasta y culposo, y, por esto mismo, reivindicador de minorías –sobre todo de las pertenecientes a coordenadas bastante alejadas de este territorio- de la intelectualidad gringa. Pareciera que la mera exposición de un rostro netamente indígena –hablo de cine, pero lo mismo se puede decir, en el registro escrito, del testimonio- es garantía de agencia. Tampoco llego a entender, y esto no es exclusividad de los gringos, cómo se puede hablar de documentalidad en un filme que, desde un inicio –tomando en cuenta, también, los manifiestos y declaraciones firmados por Sanjinés, en los que reivindica su educación cinematográfica formal frente al cine que llama panfletario (le debo esta información a la presentación en clase de Mildred López)- se presenta como ficción; ficción ideologizada y bienintencionada, sí, pero ficción al fin y al cabo. En este sentido, no porque Sanjinés incluya entre sus actores a gente perteneciente a comunidades andinas está haciendo algo diferente. No; como director, guionista y responsable de la visión estética del filme, el que habla es él, no los habitantes de la comunidad. Y así llego al segundo punto: el indigenismo.
En la discusión a la que me refiero, Mildred presentó unas ideas en relación a que muchas de las taras del indigenismo de la primera mitad del siglo XX están presentes en Yawar Mallku: su visión exotista y paternalista del mundo andino está ahí; también los proyectos saturados de buenas intenciones, pero incapaces de ver que su visión, en el fondo, no es muy distinta de la que pretenden superar. Por eso, es más que relevante el paralelo que se puede hacer entre la película y El mundo es ancho y ajeno, una de las novelas claves del indigenismo.
Al final de la película, Sixto, hermano de Mallku, quien vive en la ciudad y trata de borrar sus marcas indígenas –lengua, vestimenta, prácticas sociales-, tras la muerte de su hermano, regresa a su comunidad vestido como cualquier poblador de esa zona y con una mirada desafiante. El siguiente cuadro muestra varios rifles al aire sostenidos por puños fuertes. Así acaba la película.
¿Cómo no pensar en la novela de Ciro Alegría y en Rendón Wilka, quien vuelve de Lima, la ciudad –lugar de donde proviene mucha de la carga que puedan haber asimilado tanto Alegría como Sanjinés en su visión de las desigualdades-, para liderar a Rumi, pueblo que sufre el despojo por parte de los terratenientes, tras la muerte de Rosendo Maqui, líder de la comunidad y representante de la sabiduría andina, en manos de este poder que se quiere combatir? La novela de Alegría –además de compartir una misma estructura con la película de Sanjinés- adolece de la misma visión que Yawar Mallku: ambas no pueden salir de su visión del mundo; por más que las dos obras sientan que sí, nunca pueden superar la voluntad de increparle a su público el dramático error en el que reinciden, ellos y los receptores. Eso sí, ubicándose en el lado correcto. ¿Puede hablar el subalterno –con todo lo que me jode usar esa palabra? Esa pregunta se cae de pura absurda y demagógica.


